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Besos de una madre, lo más grande del mundo

Mi madre se sienta junto a la cama, me coge la mano, me da besos dulces. Y de repente tengo menos miedo, siento menos dolor

Perdonad la intimidad, en este día de reflexión. En las últimas sesiones de radioterapia, ya superadas, una serie de efectos secundarios combinados me tumbaron, físicamente. No le pasa a todo el mundo, pero a mí me dejaron en la cama, baldado. Vas sabiendo cómo eres de fuerte cuando te ponen a prueba. El aliciente que tenía era no fallar a esta cita, al artículo diario.

Y entonces llamó mi madre. Desde que mi padre tuvo un infarto conduciendo en la Meridiana de Barcelona, volviendo de ver los cuatro nietos, han decidido que sólo pisan esta avenida y la ciudad por causas mayores, como el 11-S. Y mi madre dijo: queremos venir a cuidarte, tomamos el tren y venimos, ya está decidido. Tiene 77 años, está dolorida, se recupera de una operación de prótesis en la rodilla. Le cuesta todo, pero encuentran la fuerza, cogen el tren (valorad el mérito, es la R3, la línea más maltratada por Renfe) y se presentan en casa.

Al principio se me hace extraño, incómodo. Ahora me tocaría cuidarlos yo a ellos, tengo 50 años, joder. Pero mi madre se sienta junto a la cama, me coge la mano, me da besos dulces. Y de repente tengo menos miedo, siento menos dolor. Nos caen lágrimas. De emoción. Hará 35 años que mi madre no me curaba. Se acuerda, es un don que no se pierde, un instinto animal infalible. Magia pura. Me vienen a la cabeza las veces que me había curado de dolores de estómago inocentes poniéndome la mano con delicadeza. Ahora necesito la radio y la cirugía y la quimio: la cosa maloliente que tengo que echar fuera del vientre es un cáncer. Pero también necesito besos que curan. Qué suerte que estés, madre.

Y agradezco de verdad la oportunidad deliciosa que esta puta enfermedad nos ha dado para volvernos a sentir tan intensamente madre e hijo.

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