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Catalunya está empoderada, quién la desempoderará...

Si el movimiento social pierde fuerza no solo será derrotado por los intereses centralistas sino que la sociedad catalana quedará hundida moralmente para bastante tiempo

La idea de empoderamiento traída del mundo anglosajón viene muy al caso para comprender lo que ha ocurrido y ocurre en Catalunya, un caso ejemplar de empoderamiento.

Presionada y acorralada por el estado mismo y sus instituciones y poderes identificados y radicados en Madrid, la sociedad catalana se ha tenido que empoderar para no perecer y, de ese modo Catalunya se está realizando como nación.

El proyecto histórico nacional catalán se adaptó a las estructuras y límites del estado de las autonomías conformado definitivamente tras el 23-F y fue interpretado por la burguesía que pactó con la oligarquía del Estado. El proyecto nacionalista en su conjunto durante los años de autonomía fue un proyecto limitador en su concepción de la comunidad nacional y limitado políticamente pues renunció a la pretensión de soberanía.

Aunque ese nacionalismo no era etnicista -cosa de lo que lo acusó siempre el nacionalismo español- sino político, no incluía en el proyecto de país de un modo legítimo a una parte importante de la sociedad. Lógicamente, esa burguesía sentía que por historia era su destino natural gobernar el país y su elitismo y su actitud hacia esos otros sectores era de paternalismo, cosa que era percibida por el resto de la sociedad. El lenguaje de clases está mucho más claro en la sociedad catalana que en la española en general.

Fue la sedimentación de décadas de cambios sociales desde los cincuenta a la actualidad lo que desencadenó un primer empoderamiento de una parte de la sociedad que se robusteció, clases medias en parte formadas por aquellos nuevos catalanes de los años sesenta y sus hijos y nietos y, en general, una ciudadanía muy particular, con un nivel de culturización e implicación cívica como no existe en España. Esa inflexión social se expresó en la pretensión de disputarle el poder a la minoría dominante tradicionalmente. Lo formuló bien Carod Rovira, que interpretó el proyecto nacional catalán de un modo abierto: se trataba de ofrecer un proyecto nacional no de catalanistas sino de la ciudadanía catalana. Es decir, abierto a quien quisiese compartirlo.

Con la demanda de un nuevo Estatut se inició una serie de ataques políticos y de desprecios públicos a la propia sociedad catalana, ese ataque desde el exterior hizo que muchas tensiones previas se catalizasen en una demanda colectiva. Lo que fue inicialmente rabia cívica pasó a un estado de debate, de reflexión colectiva. Y el conjunto de la sociedad, especialmente los sectores más dinámicos, llegaron a punto mínimo de consenso: la exigencia de reconocimiento nacional, es decir, poder decidir su relación con España. Pedir ese referéndum es en si mismo una exigencia de soberanía.

La fortaleza de ese torrente cívico del proceso catalán cambió el mapa político catalán, y todos los partidos tienen miedo a moverse por si una opinión pública muy movilizada se enfada

El proceso político catalán creo que es inédito, un movimiento político de fondo del que la protagonista y poseedora de una intención política es la ciudadanía y no las organizaciones políticas. Lo que lo hace frágil es precisamente ese no estar dirigido por los partidos sino que haya un equilibrio entre la sociedad y las organizaciones políticas. Al ser un movimiento esencialmente cívico y, además, casi improvisado no tiene otro programa político desarrollado que no sea hacer ese referéndum. La fortaleza de ese torrente cívico cambió completamente el mapa político catalán, y todos los partidos tienen miedo a moverse por si una opinión pública muy movilizada se enfada.

El empoderamiento del conjunto de la sociedad catalana es la clave del proceso, los partidos están obligados a darle forma política a esa demanda tan abierta y ambigua pero vigorosa. Pero si el movimiento social pierde fuerza no solo no se obtendrán beneficios políticos y será derrotado por los intereses centralistas sino que, lo más grave, la sociedad catalana quedará hundida moralmente para bastante tiempo.

Hay partidos que inicialmente cabalgaron a lomos de la demanda ciudadana de referéndum y que ahora, sin dar una explicación pública clara, están renuncinado a ello. Saben que eso supone tener que convencer a una parte de sus bases porque abandonar esa exigencia tiene como consecuencia dejar en minoría esa posición política, que es el aglutinante de todo el proceso de empoderamiento político nacional. Una vez que se ha formulado esa demanda, y respaldada y suscrita por varias fuerzas políticas, no se puede abandonar esa exigencia en medio de un conflicto, como es el que lleva dando entre El estado y la sociedad catalana a través de sus instituciones. El daño que se hace no es a otros partidos, sino al centro y al conjunto de la sociedad.

El federalismo, si es de verdad y no una muleta de torero, es articular el poder mediante pactos de poder entre partes. Y cuando el estado, de una parte, no actúa lealmente sino que utiliza todas las armas legales e ilegales contra un proceso político hay que escoger de que parte se está y decirlo claramente, lo demás es engañar a la ciudadanía.

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