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Hipersensibilidad electromagnética, un trastorno desconocido que va al alza

Las radiaciones del wifi son la principal causa de una afectación que ya ha registrado más de mil casos en el Clínic

A la misma velocidad que aumenta la presencia de ondas electromagnéticas en el entorno -emitidas por antenas de telefonía, líneas de alta tensión o redes wifi- lo hace también la actividad de la consulta del doctor Joaquín Fernández Solà, coordinador de la unidad de fatiga crónica del Hospital Clínic de Barcelona. Fernández Solà es uno de los pioneros en el tratamiento de la hipersensibilidad electromagnética en el Estado, un trastorno no reconocido como enfermedad pero que cada día afecta a más personas. En el Clínic ya han superado el millar de casos atendidos, el 60% de los cuales están causados por las redes wifi.

"La electrosensibilidad está teniendo cada vez más impacto. Empezamos hace diez años a recibir casos aislados y ahora ya es habitual -describe Fernández Solà-. Actualmente vivimos expuestos a una enorme cantidad de radiaciones, de las que no se ha demostrado la inocuidad. Es decir, estamos haciendo un experimento biológico y social porque estamos exponiendo un montón de gente en una cosa para la que no hay un principio de seguridad -explica-. Es más, ya sabemos que no hay seguridad porque están apareciendo personas con muchos síntomas ", añade.

La OMS no ve peligro

La convicción de Fernández Solà, sin embargo, choca con una parte de la comunidad científica, que niega el peligro de estas radiaciones. Esta es la línea que mantiene la Organización Mundial de la Salud (OMS), que no considera que la electrosensibilidad sea una enfermedad. "No está reconocida médicamente por intereses. Estas ondas las emiten las empresas que están en lo alto de todos los índices bursátiles", sostiene el médico.

La hipersensibilidad electromagnética afecta a una de cada mil personas en el mundo, con una incidencia hasta ocho veces superior en mujeres que en hombres por causas, sobre todo, hormonales. Los síntomas son múltiples, habitualmente irritativos o consistentes en fuertes dolores de cabeza y náuseas, entre otros. Y la dificultad para detectar la problemática radica, principalmente, en el hecho de que puede dar los mismos síntomas que muchos otros tipos de afecciones, como un simple resfriado.

Por esta misma razón, Minerva Palomar fue durante una década de médico en médico para descubrir qué le estaba pasando. "Empecé a estar enferma en 1997, pero me diagnosticaron y explicaron con claridad lo que me pasaba casi diez años después, y al principio no me lo creía porque soy muy escéptica", recuerda. Actualmente es la presidenta de la asociación Electrosensibles por el Derecho a la Salud, creada a finales de 2012 ante el constante aumento de casos y la falta de lugares donde dirigirse para encontrar respuestas. "En este tiempo cerca de 3.000 personas de toda España se han dirigido a nosotros con consultas", afirma.

En los últimos años jueces de todo el mundo han reconocido casos de incapacidad laboral a varias personas afectadas por la electrosensibilidad. En el Estado el primer caso se dio en agosto, cuando el Tribunal Superior de Justicia de Madrid otorgó a un ingeniero de telecomunicaciones una prestación por incapacidad. En varios puntos del planeta, además, han proliferado comunidades de refugiados tecnológicos. Una de las más conocidas está en Estados Unidos, en el pueblo de Green Bank, en el estado de Virginia, donde no hay ni teléfonos móviles ni redes wifi por la presencia en ese punto de uno de los radiotelescopios más grandes del mundo. Si se ve afectado por las ondas emitidas por estos aparatos, el radiotelescopio no funciona correctamente y, por tanto, se han prohibido.

Antena de telefonía

Para Montse Ferrer sí fue relativamente sencillo descubrir el origen de su mal. En 2007 comenzó a sufrir sudoración extrema mientras dormía por las noches y fuertes dolores de cabeza. "Era como si me abrieran la cabeza por la mitad, era un dolor extremo", recuerda. La causa: la instalación de una antena de telefonía a poco más de 20 metros de su dormitorio, en un quinto piso de un edificio situado en Mataró. Montse midió las radiaciones y eran diez veces superiores a las que recomienda el Consejo de Europa. "Desde entonces dormimos en el comedor y hemos tenido que instalar una persiana y un forro de aluminio en la ventana que da a la antena para rebajar el impacto", explica.

"Debemos evitar que con estas radiaciones pase lo mismo que con el tabaco, que hemos estado 500 años viendo sus efectos tóxicos y no lo reconocimos hasta que no fue un desastre mundial con cánceres por todas partes y un agravio económico y social importantísimo", reivindica Fernández Solà, que advierte que estas radiaciones pueden ser una causa del aumento de tumores cerebrales. De hecho, el Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL) de Barcelona lideró un estudio internacional en 2015 en el que, por primera vez, se observaba una correlación positiva entre el riesgo de desarrollar un tumor cerebral y el nivel de exposición laboral a campos magnéticos de frecuencia extremadamente baja (ELF, por sus siglas en inglés).

El médico, además, alerta del peligro de las altas exposiciones a radiaciones de este tipo para los niños. "Hay niños que están 12 horas al día conectados a algún aparato electrónico y esto es una barbaridad para un cerebro que está en crecimiento -advierte-. Hay que racionalizar el uso de las tecnologías", concluye.

"Al final el problema lo hemos tenido que solucionar solos mi marido y yo"

"Empecé a notar que pasaba algo raro porque me sentaba frente al televisor y empezaba a sudar y a ponerme nerviosa y no entendía el motivo -expresa Mari Carmen Sánchez-. Al principio no le di importancia, pero más tarde cuando hablaba por el móvil notaba un dolor fortísimo, como si me atravesara un rayo, y la cosa era cada vez peor", añade.

Mari Carmen Sánchez padece hipersensibilidad electromagnética y química desde 2007. Pero como en la mayoría de los casos no lo supo hasta más adelante. Se encontraba mal, pero nadie sabía qué le provocaba aquel estado que la dejó prácticamente un año entero en la cama. Cuando descubrió la causa de los males, además, la única solución que le ofrecieron los médicos fue que viviera aislada. Y eso era difícil de asimilar para una persona laboralmente activa hasta ese momento y con cuatro hijos.

No fue hasta que encontró en Madrid la Fundación Alborada, que trabaja con patologías ambientales, que notó ciertas mejoras. "En casa tuve que hacer un control ambiental total, y eliminé ambientadores, jabón, suavizantes o productos de limpieza. Y en el hospital me trataron con vitaminas y vacunas que me ayudaron a reducir mi hipersensibilidad", explica.

Actualmente vive en una zona residencial cerca de Torredembarra, junto a un bosque, en un lugar con baja población y con pocas antenas de telefonía y redes wifi. "Al final el problema lo hemos tenido que solucionar solos mi marido y yo, adaptando la vida a mi patología, ya que todavía hay mucho desconocimiento de esta enfermedad -lamenta-. Es muy duro tanto económica como socialmente. Yo no quiero vivir aislada", sentencia.

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