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El día en que José Manuel Maza pasó a ser Mazinger Z

El fiscal general preparaba la retirada cuando fue nombrado

En el mundillo de fiscales y jueces, al fiscal general del Estado, José Manuel Maza, se le llama, aprovechando su apellido, por el nombre del personaje de aquella serie de manga japonesa Mazinger Z, el primer robot gigante, creado en 1972, que lucha por cuenta de un grupo de científicos contra las fuerzas del mal del Doctor Infierno.

Maza, precisamente, ingresó en la carrera judicial en 1975 cuando Mazinger Z ya llevaba tres años de vida. Fue primero juez de distrito, ese juez y fiscal muy de película americana, pero no tanto por su glamour sino porque, según fuentes jurídicas,  si para ganar la oposición a juez de primera instancia, por ejemplo, había que prepararse cuatrocientos temas, la de juez de distrito exigía, un suponer, 150.

Segoviano militante, ciudad en la que sigue viviendo, veinte minutos de Ave mediante, Maza obtuvo la licenciatura de Derecho por la Universidad Complutense de Madrid en 1973. Le quedó un sueño pendiente: el doctorado. Con 33 años de juez y 15 en la Sala Segunda del Tribunal Supremo –la cúspide del derecho penal-, Maza presentó el pasado mes de julio su tesis doctoral en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma el pasado mes de julio.

Los cinco examinadores tenían ante sí no solo al juez sino, ahora, en julio, a un aspirante que llevaba solo algunos meses en el cargo de fiscal General del Estado. Le dieron al hombre del sombrero Panamá primero el sobresaliente y enseguida, por unanimidad, la calificación de cum laude.

Llegó Maza al Tribunal Supremo en 2002 para cubrir la vacante de un magistrado, gran amigo e influyente, que había sido nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) a propuesta del Partido Popular. Ambos coincidían también en otro oficio: el de segovianos. Así, que desde el CGPJ, Prego apoyó el nombramiento de Maza en el Supremo.

Mira por dónde, la amistad perdurable con Prego le depararía mientras concebía un próximo retiro, la sorpresa de su vida, el broche de oro a su carrera: la fiscalía General del Estado.

Prego, ahora abogado de María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, en sus litigios con el ex tesorero del partido, Luis Bárcenas, vio con ojo clínico que Consuelo Madrigal podía ser apartada de la mirada benevolente del ministro Rafael Catalá, cuando parecía que iba a ser la fiscal general del Estado de la nueva legislatura de Mariano Rajoy.

Catalá se lo había prometido, pero en veinticiuatro horas, un día de noviembre de 2016, el ministro cambió de criterio. Fue Prego, según fuentes fidedignas, quien le sugirió la visión: no vuelvas a repetir Rafa el error de Alberto Ruiz-Gallardón. No nombres a nadie de la carrera fiscal. Haz lo que el PSOE, que nombró a Cándido Conde –Pumpido, elige a alguien del Supremo.

Pero ¿quién? Porque Manuel Marchena, el actual presidente de la Sala Segunda del Supremo, había rechazado la oferta.

Yo tengo la persona, aseguró Prego: José Manuel Maza.

Catalá, pues, canceló su promesa a Madrigal. Y Maza fue fiscal general del Estado.

Nombró a Manuel Moix fiscal jefe de la Fiscalía Anticorrupción pese a que le llevaron las transcripciones en las cuales el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, fardaba con el ex ministro del PP, Eduardo Zaplana, que Moix era la persona ideal para el puesto.

Maza dijo que no tenía importancia. Y cuando Moix cayó al abismo por su participación en una empresa registrada en Panamá, el fiscal general del Estado explicó que el fiscal jefe Anticorrupción dimitía pese a sus esfuerzos para que siguiera en su puesto.

Cataluña, pues, podía convertirse en las aguas del Jordán del error de nombrar a Moix y defenderle hasta el último minuto. Cataluña podía ser, por tanto, el camino de tránsito entre Maza y Mazinger Z. Quizá por aquello de que el robo tenía un doble carácter, el de benefactor o destructor, un Dios o un Demonio, según el uso que se le diera.

Maza hizo elaborar en sus secretaría técnica las querellas contra el Govern y contra la Mesa del Parlament y con una mano se las extendió  al fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, José María Romero de Tejada, para que hiciera lo mínimo: elevarlas. Y con la otra mano, dio orden a Romero de Tejada para que citara a más de 700 alcaldes bajo amenaza de conducirles por la fuerza si se negaban a acudir al TSJC.

¿Para qué? Ese fue el lado Mazinger Z destructor de Maza. Porque según el artículo 773 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal cuando sobre unos mismos hechos hay una actuación judicial el fiscal debe cesar en su actuación. Maza había propiciado la intervención de la justicia y Maza hizo citar a los alcaldes por la

“Cesara el fiscal- dice la ley- en sus diligencias tan pronto como tenga conocimiento de la existencia de un procedimiento judicial sobre los mismos hechos”.

Finalmente, tanto espectáculo para que en la operación estrella del juez Juan Antonio Ramírez Sunyer, titular del juzgado 13 de Barcelona, y la Guardia Civil – los ocho registros y catorce detenciones que ha tenido lugar ayer- que lleva horneándose desde hace al menos dos semanas, la Fiscalía ni estuviera ni se le esperara.

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