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LA OBSERVADORA

Las mujeres y los días

La igualdad de género está en manos de mujeres y de hombres capaces de hacer un mundo más justo. Ellas, sin embargo, deben hacer los deberes que les tocan

Este es un artículo que habla de personas y dirigido a personas y es a la vez un llamamiento a la revuelta. No me entretendré en la racionalidad que dice que la igualdad de género tiene un sentido económico, ni en la justificación de por qué existe y se eterniza la brecha salarial y cómo las horas de trabajo de cuidado familiar no remunerado económicamente inciden en la carrera profesional y revierten en ingresos y pensiones más bajos para las mujeres. Todos los argumentos son conocidos e impresionan poco los que quieren fijar la mirada en los avances para disculparse. Es obvio que hemos avanzado. Una mujer que ahora tenga 80 años necesitaba la firma del marido o el padre para abrir una cuenta corriente y tener pasaporte, y no se atrevía conducir una vespa para no contravenir la rancia moralidad franquista. No hay duda de que los tiempos han cambiado. Pero quedan muchas batallas diarias que no afectan sólo a las mujeres. Esta es una cuestión de personas, no exclusivamente de género.

Para decirlo en palabras de otro, en los años 30 su "distinguida amiga" María Luz Morales le preguntó a Gaziel en un reportaje para el diario El Sol: "¿Qué deben leer las mujeres?" El escritor le respondió: "no hay ninguna razón capital para que las mujeres no lean lo mismo que los hombres". Y comparaba la pregunta con un "¿De qué se deben alimentar las mujeres?" Pues, evidentemente, de lo mismo que los hombres. Gaziel afirmaba que las "diferencias en todo caso serán individuales y relativas, pero nunca genéticas y absolutas". Pocos años después, cuando las cosas se habían complicado mucho y estalló la Guerra Civil, Gaziel se exilió y fue una mujer, precisamente María Luz Morales, quien lo relevó en la dirección de La Vanguardia.

LOS HOMBRES Y LOS DÍAS

Comparto la idea de que las diferencias entre hombres y mujeres son básicamente entre personas y no exclusivamente de género, y que la solución para el progreso social vendrá de la alianza entre los hombres y las mujeres dispuestos a compartir la vida y evitar la discriminación de género. Todos tenemos alrededor mujeres genuinamente machistas y algunos hombres a los que repugna la discriminación de las mujeres.

A ellos les dedicamos el reportaje del dossier de este domingo, en el que mujeres profesionalmente relevantes explican casos en que han vivido la mirada humillante del otro y explicamos los resultados del muro de participación de la web, donde lectores y lectoras nos han relatado situaciones sorprendentes. Lo planteamos como anécdotas y nos hemos encontrado con relatos que son de todo menos anecdóticos. La soltura con que se expresa el machismo cada día es todavía hoy impactante. ¿Cómo puede ser que un profesor de ingeniería diga a las alumnas si van a la facultad a buscar marido y nadie, nadie, le pare los pies? ¿Cómo puede ser que un político padre de gemelos augure el final de su carrera a una mujer política embarazada de gemelos? El dossier es una buena guía para los hombres civilizados que a menudo no entienden lo que significa el micromachismo. Es, por ejemplo, que en una reunión la interlocución se establezca entre los hombres sin mirar a sus colegas igual o más competentes, o la bromita machista que cosifica una igual o una superior para cohesionarse entre primates.

La experiencia de muchas mujeres confirma que si en algún momento peligra realmente la igualdad de oportunidades es con la maternidad. Todos estamos rodeados de mujeres cansadas, agotadas por mantener los estándares que les marcan socialmente y que se marcan personalmente.

NUESTRAS TRAMPAS

En el libro de Rebecca Solnit Los hombres me explican cosas se puede encontrar una cita interesante para el ejército de mujeres cansadas. Se trata del discurso Profesiones for women, de Virginia Woolf, que describe de manera feroz la necesidad de matar al Ángel de la Casa, la mujer ideal que satisface las necesidades y expectativas de los demás. "Hice todo lo que pude para matarla. Mi excusa, si tuviera que exponerla en un juzgado, sería que actué en defensa propia. Matar al Ángel de la Casa era parte de las ocupaciones de una escritora. Una vez muerto el Ángel, ¿qué quedó? Se podría decir que lo que quedó fue un objeto común y bien simple, una mujer joven en un dormitorio con un tintero. Es decir, ahora que se había liberado de la falsedad, esa mujer joven sólo tenía que ser ella misma. Ah, ¿pero qué es «ella misma»? Quiero decir, ¿qué es una mujer? Os aseguro que no lo sé. No creo que vosotros lo sepáis".

La igualdad de género está en manos de mujeres y de hombres capaces de hacer un mundo más justo. Ellas, sin embargo, deben hacer los deberes que les tocan. Como el poder no se comparte, deberán tomarlo. Salir a la plaza pública, responder con seguridad y no dejarse atrapar en la telaraña de los estereotipos. Luchar contra la Barbie que socialmente llevan dentro.

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