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Las telarañas del yo

Ya no nos preguntamos qué seremos cuando seamos mayores porque sabemos que nunca llegaremos a tener la respuesta. En lugar de eso, añoramos el yo que éramos o que hubiéramos podido ser

Me he comido la telaraña enganchada en las pestañas

Anna Gual

Dice Zygmunt Bauman, en su libro póstumo Retrotopias, que una de las utopías a las que desesperadamente intentamos volver es el yo. Tirando del hilo de su idea, podríamos decir que ya no nos preguntamos qué seremos cuando seamos mayores porque sabemos que nunca llegaremos a tener la respuesta. En lugar de eso, añoramos el yo que éramos o que hubiéramos podido ser. De ahí el éxito literario de la autoficción o la ficción aún más terrible de la emprendeduría, como relato de un éxito que siempre está en proyecto y nunca se llega a realizar del todo.

TELARAÑA. Frente a este regreso del yo como arcadia perdida, me gusta recordar las irónicas palabras que Denis Diderot hace decir a uno de sus personajes, un D'Alembert ficticio, en pleno delirio nocturno, con la conciencia capturada entre el estado febril y el éxtasis erótico. Es decir, cuando es menos un yo. Su preocupada amante le pregunta: ¿y cómo puedo saber que yo soy yo y tú eres tú, si todos somos parte de un mismo flujo de materia viva? D'Alembert le responde: el yo es ese lugar al que más veces vuelves. Y utiliza la imagen de la telaraña y la araña, con su movimiento de ir y venir. El yo no es la araña y el mundo la telaraña, como se podría malinterpretar. El yo es la relación de ir y venir entre la araña y la telaraña. El animal camina sobre la nada utilizando la red que él mismo ha creado y sin la cual no sería nada. Enlazada a la ramita de un árbol o en la esquina tranquila de un tejado, la telaraña relaciona mundos. Sólo así la araña puede caminar y vivir. No sabe quién es. No se busca a sí misma. Crea y recrea sus relaciones.

JAULA. En la novela de Carson McCullers Frankie y la boda se repite una conversación similar. Frankie, una chica que se pasa toda la novela yendo arriba y abajo por las calles de su ciudad, en pleno verano, esperando la boda de su hermano, le pregunta a la criada negra que trabaja en su casa por qué cada una de ellas sigue siendo ella misma aunque podrían, incluso, intercambiarse los nombres. La criada, con toda la corporalidad que le da la racialización de su color, le dice: todos estamos encarcelados, pero yo lo estoy de una manera peor que tú. Frankie deambula entre las vidas desenlazadas de la ciudad y las cárceles del cada uno. Finalmente, se inventa una escapatoria: el nosotros. El nosotros de mí, como dice ella. Aquellos que, a través de su boda esperada, la vinculan a una vida que no es la suya pero de la que ella, de alguna manera, podrá participar, aunque sea sólo comprando un traje ridículo. Frankie no sabe quién es. No se busca a sí misma, tampoco. Pero para no estar encarcelada se hace capaz de abrazar un nosotros. Como es de imaginar, este nosotros no le corresponderá el abrazo. Pero ella no ha renunciado a la capacidad de hacer de su prisión una telaraña.

ESPEJO. Hay un tipo de prisioneros más prisioneros aún que Frankie y su criada: los que han hecho de su telaraña su espejo. Se miran en el mundo buscando su imagen y hacen de lo que ven el reflejo de su conciencia. No caminan sobre el vacío y no enlazan mundos, porque no van y vienen. A estos sí que les importa saber quiénes son y se buscan a sí mismos. Pero no se encuentran. Imponen lo que creen que son sobre lo que ven. Por eso están solos sin querer estar solos y sus abrazos no abrazan: no reconocen nada ni nadie que contradiga su imagen. Parecen buenos, pero pueden hacer mucho daño porque protegen, por encima de todo, su telaraña-espejo. Una telaraña siempre se puede volver a hacer. El espejo, una vez roto, nos deja sin rostro. Estas arañas atrapadas en su espejo son hoy las que, según la descripción de Bauman, corren desesperadas detrás el yo perdido. No saben bailar sobre la nada. Su brújula es su centro vacío.

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