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"No podré", "no sabré"... ¿Por qué el cerebro nos envía mensajes negativos?

Aunque el mundo no tiene nada que ver con el de nuestros ancestros, continuamos aplicando sus respuestas ante peligros que, en la mayoría de casos, son imaginarios

"No podré", "no sabré", "soy demasiado mayor", "¿y si...?"... El cerebro es experto en hacernos boicot, en organizar actos de sabotaje contra nosotros mismos, en decirnos que no lo conseguiremos . Nos hace ver riesgos y peligros donde no los hay. Nos hace estar preocupados o asustados por cosas que pueden pasar en el futuro... pero que probablemente nunca tendrán lugar. No podemos dejar de pensar en ese examen, esa entrevista de trabajo, un encuentro con alguien, una intervención que tenemos que hacer en público, un viaje en avión... Y, al no poder detener estos pensamientos, abrimos la puerta al estrés, a l miedo, a la ansiedad y al pánico. El cerebro tiene una extraordinaria capacidad para enviarnos mensajes negativos. ¿Por qué lo hace? Y ¿qué podemos hacer, nosotros, para contrarrestarlo?

Nuestros ancestros vivían en un ambiente muy hostil y peligroso. Para sobrevivir era imprescindible reaccionar de manera rápida y decidida. Nuestro mundo no tiene nada que ver con el de ellos, pero nuestros cerebros, programados entonces, todavía reaccionan de la misma manera. El resultado de esta falta de adaptación a las circunstancias actuales nos hace enfermar. Si nos encontramos con un animal salvaje podemos huir o matarlo, como hacían los primeros humanos. Pero no es posible salir corriendo ni pasar al ataque ante la mayoría de cosas que nos preocupan y nos generan estrés y ansiedad.

El cerebro es el encargado de recibir, evaluar y responder a las señales de peligro. Pero aquí empiezan los problemas, porque aunque un tsunami que viene hacia nosotros es peligroso, no siempre el peligro es real y objetivo. Y, real o irreal, si el cerebro percibe una amenaza ordena que se segregue adrenalina. Es nuestro córtex prefrontal el que está siempre alerta. Cuando identifica un posible peligro envía la información al hipocampo, y es éste quien se encarga de evaluarla. Lo hace recurriendo a una base de datos impresionante, la memoria, que le permite saber cómo actuar. Si cree que no hay peligro, ignorará el aviso, pero si cree que sí, va a poner en marcha la respuesta del estrés.

Preocupación

Problemas laborales, económicos, sentimentales... Hay una larga lista de motivos que pueden generar preocupación. La preocupación es parte de la vida. Siempre habrá momentos en los que nos sentiremos intranquilos, incómodos. Aunque nos pueda resultar extraño admitirlo, esta preocupación es a menudo positiva, porque nos impulsa a actuar, a encontrar una solución a los problemas. Ahora bien, si nos quedamos prisioneros de una narrativa fatalista, si esta preocupación es muy intensa, o si perdura en el tiempo, entonces derivará en ansiedad.

Ansiedad

La ansiedad es un estado de alerta, una táctica de supervivencia que nos hace estar vigilantes. Su razón de ser es garantizar nuestra seguridad, forzándonos a buscar una salida a un peligro, lo que pone en marcha una reacción corporal: el pulso se acelera, los sentidos se agudizan, los músculos se tensan... Nos preparamos por si hay que actuar, por si hay que luchar o salir corriendo. Pero, ¿qué pasa cuando la ansiedad se activa no ante un peligro real, sino imaginario?

Imaginemos que estamos en la cama, de noche, y oímos un ruido extraño que proviene de la ventana. El cerebro nos hace prestar atención para saber qué pasa y actuar en consecuencia: si no identificamos el ruido o si hay un intruso nos pondremos en alerta, pero si es el viento o la lluvia nos relajaremos. El problema es que el cerebro no da nunca la orden de relajarse cuando imaginamos que en el futuro pasarán cosas negativas porque nuestra mente es incapaz de diferenciar entre un hecho real y uno imaginado de forma viva e intensa.

Miedo

Si el estado de ansiedad perdura acaba derivando en una emoción especialmente perniciosa: el miedo. Como el resto de emociones, el miedo también existe para protegernos; en este caso nos prepara para hacer frente a la amenaza o bien para huir. Ante el miedo, el organismo activa una serie de funciones: respirar de forma acelerada (para coger más oxígeno), acelerar el ritmo cardíaco (para hacer llegar más sangre a los músculos), sudar (para refrescar el cuerpo)... El problema es que este sistema está pensado para garantizarnos la supervivencia, para hacer frente a una situación concreta, puntual, no para mantenernos en un estado de alerta constante. Y eso es justamente lo que ocurre cuando el peligro no es real sino imaginado, cuando la amenaza no está situada en el presente sino en el futuro. Es la incertidumbre la que nos genera miedo: tenemos miedo porque no sabemos si seremos capaces de superarla.

El miedo está diseñado para captar nuestra atención. El cerebro quiere que reaccionemos ante un peligro o amenaza, y no tolera que nuestra atención se desvíe, razón por la que acabamos bloqueados, cerrados en nuestro interior. No podemos apartar la mirada, dejar de escuchar, dejar de pensar en ello... Un mecanismo natural que, desgraciadamente, crea un círculo vicioso del que cuesta salir.

Pánico

Cuando el miedo se descontrola llega el pánico. En este momento nos sentimos desbordados y tenemos la sensación de falta de control. Muchas personas, al sufrir un ataque de pánico, tienen problemas para respirar y pueden tener una taquicardia tan intensa que la confunden con un ataque al corazón. El pánico es uno más de los automatismos de supervivencia pero es tan intenso que nos puede llegar a desbordar. Pero el pánico no llega sólo ante situaciones extremas -una riada, un incendio- sino que se puede activar también en situaciones de estrés muy intensas.

Las consecuencias físicas

Todos estos mecanismos están destinados a ponerse en funcionamiento de forma puntual ante situaciones de peligro concreto; una vez superadas, se desactivan. Pero, ¿qué pasa si estos estados se alargan en el tiempo? Pues que comienzan una serie de reacciones físicas que pueden tener consecuencias negativas en el sistema inmunológico, provocar problemas cardiovasculares y afectar a los huesos. De forma inmediata los síntomas son respiración irregular, palpitaciones, náuseas, problemas intestinales. A la larga, problemas cardíacos, hipertensión, inflamación de órganos... Además, la segregación habitual de hormonas como la adrenalina o el cortisol pueden llegar a provocar cambios irreversibles en el sistema nervioso e incluso en el cerebro.

¿Qué podemos hacer?

No es fácil detener la avalancha de pensamientos catastrofistas que ponen en marcha las reacciones para sobrevivir a un peligro. No es fácil dejar de tener miedo. Miedo de lo que va a pasar, lo que los demás dirán de nosotros, de no conseguir superarlo. Los psicólogos recomiendan no perder de vista que la mayoría de cosas que nos preocupan acaban por no pasar nunca y que muchas se pueden solucionar si las identificamos de forma correcta, lo que nos ayudará a ponerlas en contexto y a trazar un plan de acción. Por lo demás, se trata de imaginarse qué es lo peor que nos puede pasar, y darnos cuenta de que lo que tanto nos preocupa no nos matará.

La ansiedad, el miedo y el pánico son emociones y, por tanto, resultan muy difíciles de controlar. Una vez en marcha, no es fácil detenerlos. Lo que tenemos que intentar es actuar cuando todavía estamos a tiempo, en el primer estadio. A diferencia de los demás, la preocupación es un pensamiento. Y los pensamientos sí se pueden controlar. ¿Cómo? Dejando de especular y siendo más realistas; organizando bien nuestro tiempo para no estresarnos; actuar ante un problema y no ignorarlos.

Comer bien, relacionarse con los demás, hacer ejercicio y practicar 'mindfulness' nos ayudan en muchos aspectos de la vida, y lo hacen de forma especialmente notoria a la hora de controlar el estrés y la ansiedad. En el capítulo de la dieta, hay que evitar los excesos de azúcar y limitar el consumo de bebidas con cafeína y de alcohol. En cuanto al 'mindfulness', su práctica nos ayudará a centrarnos en la realidad, evitando las especulaciones estériles que terminan activando el estrés.

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