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Recuerdo del laberinto

Al llegar por primera vez a Creta me di cuenta hasta qué punto somos guiados por las ideas e imágenes que tenemos respecto a un lugar: yo tenía delante las impresionantes montañas que coronan la isla pero en realidad miraba hacia el pasado, en busca de recuerdos y de palabras adheridas a los recuerdos. Creta, por encima de todo, era para mí la voz de un lejano profesor del colegio y las páginas de los libros de Nikos Kazantzakis. La voz era de uno de los mejores profesores que tuve en el colegio, un cura alto, delgado y pálido que, al parecer, estaba enamorado de la cultura minoica si, hoy, debo juzgar por el fervor que demostró al hablar de Cnosos, el Rey Minos y el Minotauro. No ha sido infrecuente en mi vida encontrar amantes de lo griego pero no abundan los de lo minoico, refinados catadores del mundo antiguo. La silueta de ese profesor, cuyo nombre he olvidado, se superponía con el perfil de las montañas cretenses.

La otra silueta que dominaba era la de Kazantzakis, esta sí omnipresente en la isla, empezando por el pequeño aeropuerto de Heraklion que lleva su nombre. En su momento leí dos libros de Kazantzakis que me entusiasmaron: El cristo de nuevo crucificado y Alexis Zorba. Eran novelas poderosas, con una capacidad casi tolstoyana de descripción de los escenarios y de construcción ética. Kazantzakis reflejaba una vitalidad desmesurada, muy cretense, y una atormentada visión del mundo que le rodeaba. Era corrosivamente crítico con la religión pero no podía escapar al remolino de lo religioso, contradicción en la que me reconocía durante su lectura, a mis 18 o 20 años.

Con el paso del tiempo volví a leer Alexis Zorba. Me volvió a parecer una gran novela, si bien entonces ya no pude evitar la interferencia cinematográfica de Zorba, el Griego, la película basada en la obra, con la prodigiosa interpretación de Anthony Quinn y la eléctrica presencia de Irene Papas. Como acostumbra a suceder la película reducía la complejidad de la novela pero se apropiaba de sus identidades. En adelante Zorba fue Anthony Quinn, con su alegría, con su dureza, con sus excesos contagiosos. De modo que al llegar por primera vez a Creta buscaba en sus pueblecitos a Quinn y en sus valles, repletos de olivos y cipreses, al magnífico y triste monstruo, el Minotauro, condenado por los poetas a ser prisionero de un laberinto.

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