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Rutger Bregman: "Dejemos que trabajen los robots y ocupémonos de lo que importa"

Historiador, periodista y autor del manifiesto 'Utopía para realistas'

Tiene 28 años, una elocuencia poco habitual a su edad y una clarividencia que te hace poner en guardia. El holandés Rutger Bregman defiende que sin utopía la humanidad se marchita, se vuelve miedosa y eso quiere decir talento aplastado en nombre de trabajos "de mierda" que no aportan valor a la sociedad, pero también significa fronteras cerradas y xenofobia. El antídoto: una renta básica y universal para acabar con la pobreza, reducir la jornada laboral hasta las 15 horas semanales para que la gente se ocupe de cosas "realmente importantes" y abrir las fronteras para que la economía mejore. Lo tiene todo escrito en Utopía para realistas, un ensayo-manifiesto publicado por Empúries que ha sacudido el debate político y filosófico en Holanda.

Todo lo que propone suena tan bien que no sé si me lo creo...

No se trata de proposiciones ideológicas sino de evidencias científicas. Está demostrado que la pobreza es muy cara y que la solución pasa por dar dinero gratis.

Sería maravilloso, pero ¿nos lo podemos permitir?

Sí, y existen muchos ejemplos que lo prueban. En los años 70, por ejemplo, en un pueblo canadiense llamado Dauphin hicieron un experimento muy interesante que consistía en pagar una renta básica a todos los ciudadanos. La criminalidad bajó, también la violencia doméstica, y los problemas relacionados con las enfermedades mentales disminuyeron.

¿Y eso era más rentable?

Salía mucho más barato pagar esta renta mínima para acabar con la pobreza y permitir que los ciudadanos eligieran con más libertad a lo que querían dedicarse que pagar el sobrecoste sanitario y de seguridad que genera el modelo capitalista. Además, ¿de qué sirve que el 40% de la gente tenga un trabajo de mierda, inútil, que no aporta valor social? Muchos trabajan sólo por el sueldo y, si pudieran, lo dejarían. Hablo, por ejemplo, de gente joven y brillante que acaba dedicándose a crear productos financieros tóxicos.

¿Es lo que ocurrió en el pueblo canadiense?

En algunos casos sí. Hubo los que dejaron su antiguo trabajo para dedicarse a cosas que les interesaban más, pero también hubo gente que continuó haciendo lo mismo. La cuestión es que, contrariamente a lo que muchos creían, la gente continuó siendo muy activa. De hecho, sólo las mujeres que acababan de tener hijos y los estudiantes trabajaban menos.

¿Qué rol deberían jugar los robots en una sociedad como la de Dauphin?

Yo creo que, precisamente, nos deberían permitir trabajar menos en lo que no nos interesa y dedicar más tiempo a lo que realmente importa. El economista John Maynard Keynes hizo una profecía según la cual los hombres acabarían reduciendo su jornada laboral hasta las 15 horas semanales y los robots se encargarían del resto. Actualmente, ya hacen el 30% de las tareas que antes sólo hacían los humanos y dentro de unos años este porcentaje será del 70%. Tenemos que dejar que trabajen los robots, dejemos que nos roben el trabajo y ocupémonos de las cosas importantes, como cuidar a nuestros hijos y los ancianos, luchar contra el cambio climático y el cáncer o escuchar música.

No me imagino las grandes empresas y los políticos defendiendo estas tesis...

Los gobiernos siempre son los últimos en defender los cambios y las ideas revolucionarias. Te dirán que es una locura pero también lo decían cuando la gente protestaba contra el racismo o defendía la igualdad de género. Las revoluciones transforman lo que es imposible en realidad. Siempre ha sido así y no veo por qué ahora debería ser diferente.

La otra revolución que propone el libro es la apertura de las fronteras.

Sí, porque si miramos los últimos siglos de la historia de la humanidad veremos que, desde el Imperio Romano hasta los EEUU, la inmigración ha sido un elemento clave de la prosperidad económica. La inmigración es la herramienta más poderosa para luchar contra la pobreza, pero no hay muchos políticos dispuestos a defender esta idea.

Más bien hay políticos como el ultraderechista holandés Geert Wilders que ganan peso, y políticas migratorias restrictivas como las de la UE...

Justamente, son políticas restrictivas por miedo a la posibilidad de que personajes como Geert Wilders ganen votos y poder. Pero, como te decía, la política siempre es la última pieza de la cadena, y la revolución de un mundo sin fronteras también comienza con la gente loca de la calle.

¿Queda bastante gente loca?

No mucho, la verdad es que andamos cortos de pensamiento utópico.

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