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Wittgenstein en Lesbos

Decimos Europa y se nos hace pequeña la boca. Nos falta aliento. Se ha apagado la idea

Una de las imágenes más potentes para entender qué es Europa es la del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein escribiendo el Tractatus en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, en la que se había enrolado voluntariamente. El Tractatus logico-philosophicus es un libro que persigue, en el fondo y en la forma, la certeza inequívoca del lenguaje: ¿hasta donde podemos hablar sin que nuestras palabras proyecten sombra? La claridad cristalina en el lenguaje mientras la noche del siglo abría paso en el campo de batalla. Esto es Europa: luz y oscuridad, o mejor dicho, el corte entre la luz y la oscuridad.

El Tractatus contiene aún otra pregunta: ¿y si sabemos cuáles son los límites de lo que podemos decir, por qué siempre queremos ir más allá? Wittgenstein nos invita al silencio, a callar sobre lo que no podemos decir. Pero es un silencio doloroso y anhelante, el deseo de un más allá desde la guerra por el más acá. Doble corte del alma europea: entre la luz y la oscuridad, entre el arriba y el abajo. Quizás ésta y sólo ésta es la verdadera geografía de Europa.

Continentalmente, Europa se define sólo por ser el pequeño extremo recortado de la gran masa de tierra euroasiática. Desde el punto de vista cultural, religioso e histórico, ¿dónde empieza y termina Europa? ¿Por qué situamos en Grecia y no en Mesopotamia el origen de nuestra cultura? ¿Por qué nos hemos quedado, sólo, con el imaginario de la Roma de la orilla norte? ¿Por qué separamos el cristianismo del resto de religiones bíblicas? En cada una de estas preguntas se esconde un corte, una discontinuidad que separa todo lo que nos ha hecho como somos (lenguas, religiones, comercio, sistemas políticos, etc.) de la idea de lo que creemos que somos. Leed el sueño de la reina en Los persas de Esquilo: dos hermanas se separan, la griega y la persa, porque la primera quiere ser libre y no se deja poner el yugo imperial que la otra luce con orgullo. Nosotros somos la libertad, ellos (sean quienes sean), la servidumbre. Así se explica la guerra. Y esta es todavía la idea de Europa que dibuja, con fronteras y trincheras, el mapa del mundo.

¿Alguien podría imaginar a Wittgenstein, hoy, escribiendo el Tractatus en Lesbos? Lesbos, como Ceuta, como Melilla, como el sur de Italia es nuestra frontera, es nuestra trinchera. La Primera Guerra Mundial dejó un trauma. La Segunda, un "nunca más". Esta guerra, que no tiene ni número porque no la queremos contar entre las nuestras pero es tan mundial y tan nuestra como las anteriores, sólo genera vergüenza y la vergüenza no tiene palabras. Es la cara oscura del Tractatus. Wittgenstein, en Lesbos, se tiraría al mar. A socorrer o a ahogar su vergüenza. No lo sabremos nunca.

Lo que sí podemos saber es que hoy, a nosotros, lejos o cerca de Lesbos, la vergüenza nos ahoga aunque no nos lanzamos al mar. Decimos Europa y se nos hace pequeña la boca. Nos falta aliento. Se ha apagado la idea. Metros abajo, el mar es muy oscuro. Europa, sin idea de ella misma, sin luz y sin más allá, no es nada. El extremo de un continente, una mezcla de lenguas, culturas y religiones. Y una población que envejece, con miedo, añorando lo que no ha llegado a ser nunca: libre.

Dice María Zambrano, en su ensayo La agonía de Europa, que Agustín de Hipona fue el arquitecto de Europa. Desde la orilla sur del Mediterráneo, hijo de madre bereber, dio forma al corte: abajo la ciudad del hombre, arriba la ciudad de Dios. El sentido, y con él el camino, estaba trazado. Hoy, sin embargo, los jóvenes arquitectos de nuestro tiempo están descubriendo que para construir no hay que mirar tan arriba, que proyectar es aprender a tratar la materia del mundo y que la luz nace en la relación entre las cosas. Wittgenstein desistió de la idea y en sus últimos escritos describía el lenguaje como una vieja ciudad a la que se adjuntan nuevos barrios mientras se rehacen los antiguos. No tiene murallas ni contornos claros, tiene caminos de llegada y de salida. Restaurar Europa no es volver a proyectar la ciudad ideal, sino rehacer y dejar crecer, acogiendo, la vieja ciudad que muere, cosiendo trincheras y fronteras.

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