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El final de la Sagrada Familia

Las difíciles relaciones históricas entre el templo y el Ayuntamiento dificultan la culminación de la obra

"¿Verdad que para los Juegos Olímpicos hubo un acuerdo por el que administraciones en manos de diferentes partidos hicieron un plan de trabajo conjunto para las obras, que supusieron derribar muchas casas y trasladar a miles de vecinos? Pues si entonces funcionó, ¿por qué ahora no se puede plantear un plan de acción similar para la Sagrada Familia?" Esteve Camps, presidente delegado de la junta constructora del templo, lo dice, como una opinión personal, al final de un largo encuentro en el que ha insistido muchas veces en que el aspecto urbanístico es un problema del Ayuntamiento y que ellos bastante tienen con terminar las obras en su solar.

Un solar, hay que decirlo, que ha funcionado como un estado independiente durante muchos años, hasta el punto que en el Ayuntamiento no había entrado ningún plano hasta este 2017. La obra más emblemática de la ciudad, el edificio más grande y que será el más alto cuando se acabe la torre central de 172,5 metros se ha hecho sin que los inspectores municipales hayan revisado las obras. Y eso que hoy hace 135 años que se puso la primera piedra. En todos estos años, las relaciones entre el templo, propiedad del arzobispado de Barcelona, y los diferentes consistorios municipales han variado en función de su color político. Esto no tenía mucha importancia durante el franquismo, cuando las obras se hacían lentamente a partir de los donativos de los fieles, pero con la eclosión turística postolímpica la situación cambió brutalmente y las obras sufrieron una aceleración espectacular que cogió la ciudad con el paso cambiado. El objetivo de la junta es terminar toda la parte arquitectónica en 2026, dentro de nueve años, pero todavía no hay un plan claro sobre cómo culminar el acceso a la fachada principal, que puede suponer el derribo de pisos y la reubicación de cientos de personas.

"El problema es que los consistorios sólo duran cuatro años, y cuando se produce el cambio, el nuevo que llega no quiere saber nada de lo que ha hecho el otro -explica Camps-. Los nuevos, y lo encuentro lógico, quieren estudiar el tema antes de tomar una decisión y, como el tema es complejo, cuando lo tienen medio negociado hay otro cambio". Él, de hecho, cuenta que cuando accedió al cargo hace seis años, su antecesor, Joan Rigol, le aseguró que lo tenía casi todo cerrado con el consistorio socialista. Después, Camps pactó otro plan con el gobierno municipal convergente, también hasta el extremo de que estaban a punto de convocar un concurso internacional. Pero con la llegada de los comunes las negociaciones han vuelto a empezar de cero. Y aquí es donde estamos.

Los comunes dicen que de momento el tema urbanístico y el planeamiento de la parte afectada por el acceso a la fachada de la Gloria "no es prioritario". Este es el mantra. Mientras tanto, eso sí, se han decidido a poner orden finalmente a la construcción. Y es que el mito de que la Sagrada Familia no tenía licencia de obras es cierto, aunque en 1885 se pidió un permiso en el antiguo Ayuntamiento de Sant Martí de Provençals. No obtuvieron respuesta y por ello la junta dice que las obras no son "ilegales" sino que están en una situación "anómala".

En noviembre del año pasado, el Ayuntamiento y el templo acordaron crear una comisión técnica de trabajo para "normalizar" la situación con un proyecto de obras que diera cobertura técnica y jurídica a la licencia. Según explica Janet Sanz, teniente de alcalde de Urbanismo, hasta ahora ya se han hecho dos sesiones de la comisión, y los equipos técnicos del consistorio y de la junta estudian no sólo el proceso para tener la licencia sino también el estado los trabajos que se están ejecutando actualmente. "La voluntad compartida es encontrar la mejor solución tanto para la ciudad como para la continuidad de las obras", dice Sanz.

"Cuando tenga la licencia me dirán que toca pagar, pero hay que tener en cuenta que hay bonificaciones en función del acuerdo con la Santa Sede sobre la construcción de templos", avisa Camps. El presidente delegado de la junta se subleva cuando le recuerdan las acusaciones de que el templo no paga impuestos. "Estamos dispuestos a pagar todos los impuestos que nos correspondan por ley -dice-. Pero el IBI no lo tenemos que pagar porque somos una fundación, y el IVA de las entradas tampoco porque está bien claro en el boleto que es un donativo para la construcción del templo, y eso está certificado por la Agencia Tributaria. Lo que sí pagamos es el IVA de todo lo que vendemos en la tienda, y cuando toque pagaremos la licencia".

De hacerse cargo del realojo de los vecinos afectados tampoco quiere oír hablar. Al menos de momento, hasta que no haya una negociación más clara sobre el tema. "Es la Sagrada Familia quien debe tener la iniciativa y mover pieza si tiene interés en hacer la escalinata. Nosotros, por ahora, sólo nos centramos en regularizar el tema de la licencia", explica Montserrat Ballarín, concejala del distrito y negociadora con unos vecinos que reclaman pacificar una zona agobiada por la avalancha de turistas. "La ciudad se quiere implicar y, aunque confiamos en los arquitectos de la Sagrada Familia, pensamos que debe haber un control público por parte de los servicios técnicos municipales sobre lo que está pasando. Y ahora ellos están dispuestos a colaborar".

Quien los espera con ansia es Daniel Mòdol, el concejal de Arquitectura que comparó el templo con una mona de Pascua -un símil, por otra parte, que ya había hecho el mismo Dalí-. Mòdol explica que las futuras actuaciones en el templo deberán pasar por una renovada comisión municipal de calidad arquitectónica que será vinculante. No será retroactiva, sin embargo, y sólo se centrará en lo que se haga en el futuro en un templo que, para él, hace ya muchos años que dejó de ser de Gaudí.

Pero tanto si hay acuerdo final o no, las obras no se detendrán. Esto es seguro. "Podemos terminar el edificio en 2026 si se mantiene el ritmo actual de ingresos -dice Camps-. Y lo podemos hacer todo en casa sin necesidad de ocupar más espacio. Sería un disparate, porque se perderá la perspectiva, pero la basílica podría funcionar perfectamente", añade. Cuando le preguntaban cuándo se acabaría el templo, Gaudí decía que su cliente, Dios, "no tiene prisa". Sus representantes en la Tierra, sin embargo, ya hace tiempo que la tienen. Y mucha. Y no parece preocuparles si la ciudad no llega a tiempo.

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