SERIE VENEZUELA (10/10)

Atrapados en Venezuela en un callejón sin salida electoral

Buena parte de los venezolanos tenemos claro lo que no queremos, pero no lo que queremos

La abstención fue tan alta que incluso en Barcelona Nicolás Maduro ganó: "Por primera vez!", dijo el cónsul Ricardo Capella levantando las manos, en un momento distendido, el día después de las elecciones. De los más de 30.000 venezolanos que hay en Cataluña -y ya puede ir sumando más- sólo unos 7.000 estaban registrados para votar, y de estos 7.000 sólo participaron 95. Maduro obtuvo 48 votos; el líder de la oposición, Henri Falcón, 29, y Javier Bertucci, el pastor evangélico, 10. Ningún fraude.

El día antes, en la manifestación que tuvo lugar a pocas calles del centro de votación, una venezolana escribió sobre una pancarta: "En medio de cualquier batalla, la mejor arma es la oración". Rezar, ¿es esto lo que nos queda? ¿Rezar para que la oposición tarde más de 10 minutos -o 10 votos- a dividirse o que la comunidad internacional, en la que buena parte de la oposición venezolana ha depositado su destino, tenga algo que decir sobre nuestro futuro? El verdadero fraude no se celebró en Barcelona, donde los ingenuos que votamos sabíamos que nuestro voto no tendría ningún peso real. Aquí la votación es manual y siempre hemos podido verificar el resultado papeleta a papeleta. El verdadero fraude es que en Venezuela, cada vez que votamos, acabamos teniendo menos democracia.

Hacía tiempo que no creíamos en el sistema electoral, automatizado desde 2004. Pero quien tiene el poder tiene la legitimidad. Y la lección la aprendimos cuando nos sembraron todo tipo de dudas razonables en torno al sistema electoral y decidimos no votar en las parlamentarias de 2005, creyendo que de esta manera los chavistas quedarían solos y no podrían gobernar. Error de cálculo. La oposición dio masticado al gobierno todo el poder del legislativo.

Después, en 2007, votamos contra la reforma constitucional que Chávez propuso para, entre otras cosas, ampliar su mandato. Ganamos. Pero dos años más tarde, en 2009, el presidente impulsó una enmienda constitucional que le permitió hacer lo mismo igualmente. El capítulo siguiente fue la alteración de los circuitos electorales, en teoría para favorecer la representación de las minorías, pero en realidad para parir un caso muy nuestro de 'gerrymandering'. Y así, hasta el día de hoy.

A estas alturas, buena parte de los venezolanos nos sentimos peor que el GIF de John Travolta en 'Pulp fiction'. Perdidos. Estas elecciones, sin embargo, a pesar de la sensación de idiotas que nos quedó a los que participamos, han servido para demostrar que la crisis económica pasa factura a la maquinaria del gobierno: Maduro ha obtenido 1.700.000 votos menos que cuando venció a Henrique Capriles, y 2.200.000 votos menos que cuando ganó para formar una Asamblea Nacional Constituyente el pasado verano. El chavismo no suma, resta.

Panorama desolador

Creo en estas cifras con la fuerza de la fe que hay detrás de los votos del evangélico Bertucci. Creo, hermanos. Pero el panorama es aún más desolador al aceptar que, a pesar de todo el desbarajuste económico y social en Venezuela, no existe un verdadero proyecto de país que nos pueda unir a todos. En Venezuela, las alternativas siempre se han planteado en negativo: cualquier cosa que no sea Hugo Chávez, cualquier cosa que no sea Nicolás Maduro. Después de 20 años, buena parte de los venezolanos quizás tenemos claro lo que no queremos, pero no hemos sido capaces de definir ni lo que somos y aún menos lo que queremos. Y, desgraciadamente, hablar de un "nosotros" en términos de todos los venezolanos -menos Maduro- sigue siendo una idea peligrosa. Me miran con cara de idiota cuando lo planteo. Todo el mundo tiene una herida, un duelo, un muerto.

Analizando los datos, creo que sin una negociación -y he aquí otra palabra peligrosa- los venezolanos estaremos para siempre atrapados en un callejón sin salida electoral: haciendo caso de resultados en los que no participan todas las partes implicadas. El cónsul Ricardo Capella dice que es un tema sociológico, de percepción, el hecho de que sintamos que la democracia pierde en Venezuela después de cada elección. Pero los problemas en el país no son ninguna percepción, sino muy reales, y no los estamos sufriendo los que vivimos en Barcelona, con luz, agua, comida, y un bienestar que parece de privilegiado, en comparación a la vida de cualquiera de nuestros familiares en Venezuela.

Tal vez nos queda rezar, porque con las sanciones que le esperan a mi país vendrá el agravamiento de las condiciones de vida de todos los que viven allí, menos de Maduro, claro. Finalmente, catalanes, ¿estáis hasta el culo de los venezolanos? Os entiendo. Me pasa lo mismo. Pero he de decir que si tenéis un amigo venezolano, vigilad, tendréis más. Si aún no lo tenéis, prepararos, que todo llegará.

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