Bielorrusia, el 'paraíso' soviético donde criticar a Lukashenko te puede costar el trabajo

El control del régimen sobre la economía es el principal obstáculo de la oposición

Trabajadores de la fábrica estatal de tractores se dirigen a la estación de metro después de acabar su jornada laboral en Minsk / VASILY FEDOSENKO / REUTERS

Maksim Stashulionak vive encima del parque de bomberos, en un edificio de cuatro plantas y fachada de color beige que se eleva justo encima de la nave donde aparcan los camiones para apagar incendios en el suroeste de Minsk, la capital de Bielorrusia. Se instaló allí con su familia hace cuatro años. Los tres primeros residió en un dormitorio minúsculo -la cocina y el baño eran comunitarios, pero se acabó acostumbrando-, y el año pasado tuvo la suerte de trasladarse a un pequeño palacio: un apartamento de 47 metros cuadrados, situado en el mismo edificio y que también sufraga el gobierno.

Pero el 8 de septiembre Maksim se negó a descolgar una bandera de la oposición y cavó así su propia tumba. Porque ahora los bomberos en Minsk también se dedican a eso, a quitar de la vía pública las banderas de color blanco y rojo que tanto caracterizan a las manifestaciones que llenan las calles de la capital bielorrusa cada fin de semana para exigir que se repitan las elecciones presidenciales, porque las que se celebraron el pasado 9 de agosto fueron un fraude: Aleksandr Lukashenko ganó por sexta vez consecutiva con el 80% de los votos. Y eso no se lo cree nadie. Ya lleva 26 años en el poder de forma ininterrumpida.

“Me hicieron volver a casa antes de que acabara la jornada laboral”, recuerda el bombero, de 29 años, sentado con su mujer en uno de los dormitorios del apartamento que la pareja también utiliza como sala de estar porque el espacio es tan reducido que hay que aprovecharlo como sea. Al día siguiente, le llegó la carta de despido: después de “ocho años, tres meses y dos días” de servicio –según detalla él mismo-, lo echaron a la calle por no querer quitar una simple bandera. “Me siento insultado”, dice el hombre con cara incrédula. Y lo peor es que no sólo se ha quedado sin trabajo, sino también sin casa. Como ya no es funcionario público, ya no puede vivir en un piso del estado. Es igual que tenga un hijo de tres años y que su mujer esté embarazada. Lukashenko las gasta así: o estás con él o estás contra él.

Sin banderas de la oposición 

La verdad es que en las calles de Minsk es difícil encontrar en la actualidad banderas de la oposición (tal vez es porque los bomberos hacen muy bien su trabajo…). Tan sólo en el interior de algún apartamento se puede ver una bandera roja y blanca a través del cristal de una ventana; o lacitos de esos dos colores en alguna baranda, similares a los amarillos que hay en Cataluña por los presos políticos. Pero es casi como buscar una aguja en un pajar.

Minsk es una ciudad enorme, con anchas avenidas de cuatro carriles por cada sentido, impresionantes edificios de arquitectura estalinista y bloques mastodónticos de apartamentos soviéticos de hasta 25 plantas de altura que parecen colmenas. Llama la atención de que la ciudad está limpísima, tiene infinidad de parques bien cuidados, y casi no se ven indigentes ni gente mendigando por la calle. Y no, no hay banderas de la oposición, pero es que tampoco se ven casi banderas oficiales ni fotografías del presidente. Lukashenko es un líder autoritario que, a diferencia de otros, no estampa su retrato en cada esquina.

Eso sí, en una estación de metro es posible encontrar un busto de Lenin o una escultura de la mítica hoz y martillo de la Unión Soviética. Porque, de hecho, Bielorrusia es el único país de la antigua órbita soviética que no experimentó una privatización generalizada cuando se descompuso la URSS, según explica el investigador del centro económico BEROC, Lev L’vovski. Y de esos polvos, estos lodos. En la actualidad  la mitad de la economía del país continúa dependiendo del gobierno, asegura el experto desde su casa en Minsk, y pone algunos ejemplos.

Todos los seguros médicos son estatales, todas las compañías de internet también dependen de un proveedor público, y el agua, el gas, la electricidad y el transporte público están subvencionados por el gobierno. Hay fábricas estatales que dan trabajo a miles de trabajadores –Bielorrusia destaca en la producción de tractores y camiones; tiene el récord de fabricar el camión más grande del mundo-, y en el campo continúan operando los antiguos koljoz soviéticos, de trabajo colectivo de la tierra. La foto fija final es que “el gobierno tiene mucha influencia en la economía”, admite L’vovski.    

Centenares de despidos 

Así que el bombero Maksim no es el único que se ha quedado sin trabajo en las últimas semanas. De hecho, existe una página web – Gente honesta, se llama; fue promovida por uno de los aspirantes a presentarse a las elecciones presidenciales, que al final no puedo hacerlo porque fue detenido- que recopila anuncios de personas que han sido despedidas después de los comicios y buscan trabajo o ayuda. “Despedido de la policía por negarme a cumplir órdenes ilegales”, “despedida del hospital por participar en una manifestación de protesta”, “despedido de la televisión pública por hacer huelga”… Los anuncios se cuentan por decenas. Otros, en cambio, prefieren curarse en salud para no perder el trabajo.

En el sureste de Minsk se sitúan algunas de las principales fábricas estatales. Se puede ir hasta en metro, la línea 2 enlaza algunas de ellas. En el caso de la mítica fábrica de tractores MTZ, donde trabajan hasta 17.000 personas, la boca del metro está a menos de 100 metros de la entrada de la factoría. A las 15.20 horas, los empleados del turno de la mañana acaban su jornada laboral y, como si alguien diera un pistoletazo de salida, la puerta de la fábrica empieza a escupir una riada de operarios, que no dejan de salir durante más de media hora. La mayoría son hombres, pero también hay algunas mujeres. Y todos se dirigen a la estación de metro como autómatas, sin muchas ganas de hablar. Los convoyes pasan con mucha frecuencia, cada minuto.

“Yo trabajo aquí desde hace 18 años y tengo 36”, explica uno de los poquísimos trabajadores que se queda a charlar un rato con otros compañeros en el exterior de la fábrica y accede a hablar con esta periodista con la condición de mantener el anonimato. “¿Seguro que no estás grabando ni llevas una cámara?”, pregunta otro operario, receloso. Los dos admiten que están en contra del gobierno. “No puede ser que la policía pegue así a la gente”, argumentan, en referencia a la violencia con la que los agentes reprimen las manifestaciones de protesta. Sin embargo, ellos aseguran que nunca han ido a una movilización ni piensan ir. La razón es obvia: no quieren perder el trabajo.

Una delegación en Cataluña 

Se da la circunstancia de que un grupo de directivos de la fábrica MTZ visitó Lleida la semana pasada parar participar en la feria agraria de Sant Miquel, con el propósito de abrir mercado para sus tractores en España y el sur de Europa. La Asociación Razam Bielorrusos de Cataluña mostró su más total rechazo: no entienden que, mientras la Unión Europea condena el régimen de Lukashenko, no reconoce el resultado de las elecciones presidenciales y acaba de imponer sanciones a cuarenta de sus cargos, en Cataluña se intente hacer negocio con el gobierno de la considerada última dictadura de Europa.

Sergei Gultsov sí que está dispuesto a hablar. Es representante del comité de huelga de otra fábrica estatal, MAZ, fundada en 1944 y con 15.000 trabajadores. Está especializada en la producción de autobuses y camiones, que vende básicamente a Rusia y Ucrania. Gultsov trabajó allí durante siete años pero ahora tiene otro empleo en el sector tecnológico y, además, muy bien pagado. Por eso precisamente no tiene ningún inconveniente en hablar y en reunirse con una periodista. El encuentro tiene lugar en una bonita cafetería en Minsk, donde no se mantiene distancia de seguridad alguna ni hay restricción de ocupación porque en Bielorrusia parece que no exista pandemia. Nadie lleva mascarilla –sólo algunos en el metro- y las cifras de víctimas son una incógnita.  

Pocos trabajadores en huelga 

“Después de las elecciones, los trabajadores plantearon hacer huelga y presentaron sus reivindicaciones: que cesara la violencia policial, que se dejara en libertad a los presos políticos y que Lukashenko dejara el poder”, empieza explicando Gultsov. Hicieron huelga tres días, asegura. Pero sólo se sumaron el 10% de los trabajadores, una miseria. Aun así Gultsov lo considera todo un éxito: no habían hecho huelga desde 1991, cuando colapsó la URSS y la crisis económica acechaba, y en el país no existe ni un solo sindicato independiente. Así que un 10% de los operarios se organizaran para parar la producción ya fue un milagro.

Bielorrusia es un país industrial, pero también agrícola. Produce sobre todo leche y trigo. De hecho, en cuanto se sale de Minsk, se empiezan a ver campos de trigo perfectamente segados y balas de paja apiladas. El terreno es especialmente plano y las carreteras parecen dibujadas con regla y cartabón: son rectas infinitas, sin apenas curvas.

Bogushevichi está a 130 kilómetros al sureste de Minsk. Es un pequeño pueblo de 500 habitantes donde existe un koljoz. La sede es una casa de dos plantas donde tres mujeres matan el tiempo leyendo la prensa. Ellas aseguran que apoyan totalmente al gobierno de Lukashenko porque, argumentan, rehabilitó el pueblo hace dos décadas y le devolvió la vida. De hecho, llama la atención que muchas casas de la aldea son idénticas, como si las hubieran construido en serie. No hay, sin embargo, ni una sola tienda. Un camión recorre la zona vendiendo aquello que los vecinos no pueden obtener de la tierra.

 

"Lukashenko es un demócrata"

El director del koljoz, Anatoly Tolkach, corrobora que ellos no tienen ningún problema con el régimen, sino todo lo contrario. “Vendemos toda la producción al gobierno, así que la demanda y los precios son estables”, argumenta. Y añade: “Tenemos un presidente demócrata. Los que se manifiestan son unos vagos. Me gustaría verlos aquí trabajando y madrugando cada día”.

Pero el analista del Instituto Bielorruso de Estudios Estratégicos Vadim Mojeiko, que de esto sabe, destaca que Lukashenko tiene muy poco de demócrata. Concentra todo el poder, el Parlamento en Bielorrusia es un simple “teatro”, y en el país es casi misión imposible registrar un nuevo partido, enumera. Eso sí, admite que tampoco son ninguna gran alternativa los tres candidatos que aspiraban a competir con Lukashenko en las últimas elecciones y que al final no pudieron presentarse porque fueron encarcelados o no aceptada su candidatura.

Las alternativas 

“Sergei Tikhanovsky [su mujer, Svetlana Tikhanovskaya, fue quien finalmente encabezó la candidatura porque él fue detenido] se había ganado el favor del electorado tradicional de Lukashenko, es decir la gente del campo y los trabajadores de las fábricas, pero no tenía ningún programa electoral más allá de exigir que Lukashenko se retirara”, pone como ejemplo. Según Mojeiko, “Bielorrusia tampoco será un paraíso si Lukashenko deja el poder. Habrán problemas económicos”. Pero destaca: “Ningún presidente escogido en una democracia es el presidente perfecto, pero tienes la oportunidad de volver a elegir otro”. En cambio, en Bielorrusia, de momento eso es una quimera.

El domingo por la tarde, como cada fin de semana desde la celebración de las elecciones, hay una manifestación multitudinaria en Minsk para exigir la repetición de los comicios. Por la avenida Independencia, que cruza la capital de nordeste a suroeste, decenas de camiones prisión y autobuses cargados con policías –irónicamente fabricados en la factoría del gobierno- circulan a toda velocidad en dirección al centro de la ciudad. En la manifestación hay tantas y tantas banderas de la oposición que ni un regimiento entero de bomberos sería suficiente para deshacerse de ellas. 

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