"Cuando conocí a mi padre, le vi en la cara que era un asesino"

Los hijos de las mujeres violadas durante el conflicto de los Balcanes buscan respuestas

Les llaman "los niños invisibles". Fueron concebidos en el marco de una estrategia de limpieza étnica y de humillación del enemigo: tierra quemada; conquistar, destrozar, sembrar el cuerpo de las mujeres con una semilla que no sólo sirviera para traer al mundo más niños con sangre serbia, sino también para dejar aquellos territorios humanos y geográficos devastados para siempre.

Muchas de las madres que fueron víctimas de violaciones como arma de guerra intentaban abortar o mataban a los recién nacidos para acabar con lo que les supondría de por vida el recuerdo de la barbarie y de la maldad humana. La mayoría de las que parieron en un hospital dieron a sus hijos en adopción o los abandonaron y emigraron a otro país. Veintidós años después, buena parte de estos niños desconocen sus padres biológicos y, al mismo tiempo, siguen siendo un estigma social, sin ningún tipo de reconocimiento. La Asociación de Mujeres Víctimas de la Guerra, con sede en Sarajevo, tiene documentados 63 casos, pero se calcula que hay cientos de ellos que desconocen sus orígenes.

"Durante años me sentí dolido y avergonzado", explica Alen Muhic, un chico nacido en febrero de 1993 en el Kantonalna Bolnica Gorazde, el hospital donde su madre lo dejó en adopción. La joven pudo llegar a Gorazde huyendo de la localidad de Foca, donde había sido torturada y violada reiteradamente por un soldado serbio durante la primavera de 1992. Posteriormente pudo huir como refugiada a Estados Unidos, donde se casó y tuvo dos hijos. Tras pasar unos meses en el hospital sin que nadie se hiciera cargo de la criatura, Muharem Muhic, que trabajaba de conserje en el centro, se llevó al niño a su casa, a pesar del riesgo que esto suponía y del rechazo de muchos vecinos.

"Las tropas serbias sitiaron y aislaron la ciudad durante más de tres años y medio. No había alimentos ni medicamentos. Mis padres adoptivos ya tenían dos hijas, y tuvieron que hacer muchos esfuerzos para poder sobrevivir. Nunca nadie les ha reconocido el gesto que tuvieron conmigo", nos cuenta Alen Muhic mientras nos enseña los restos de las mini centrales eléctricas que los ciudadanos de Gorazde construían artesanalmente con chatarra para poder tener un poco de electricidad. Ahora forman parte de un rudimentario museo de la guerra a la orilla del Drina, el río que sirvió de muralla para que los serbios no acabaran de conquistar la ciudad.

¿Cuándo empezó para ti la guerra y cuando terminó?

Para mí la guerra comenzó el día que supe que era adoptado. Ya tenía diez años y, en una pelea en el patio de la escuela, un niño me llamó "chetnik bastardo" y me dijo que yo, en realidad, no era hijo de mis padres. Ese día llegué llorando a casa, y mis padres adoptivos me explicaron que, efectivamente, me habían recogido del hospital. Un periodista bosnio se interesó por mi historia y cuando fui mayor me ayudó a recopilar la información que me permitió saber quién era mi madre biológica -que pudo llegar a los Estados Unidos como refugiada- y, más adelante, conocerla. Ahora puedo decir que, para mí, la guerra aún no ha terminado.

¿Qué idea te habías hecho de tu madre biológica y cómo fue vuestro encuentro?

No me había hecho una idea concreta de mi madre. Sólo pensaba en cómo sería el día en que nos veríamos cara a cara, de qué hablaríamos, si lloraríamos, etc. Hace dos años, desde la Asociación de Mujeres Víctimas de la Guerra en Bosnia y Herzegovina, me llamaron para decirme que mi madre había viajado hasta Sarajevo y que me quería conocer. Dejé el trabajo y me fui sin pensarlo. Pero no pasó nada de lo que yo había imaginado. Son sensaciones que no se pueden describir con palabras. Físicamente no nos parecemos en nada y, en cambio, sí tenemos rasgos de carácter similares.

¿Sigues en contacto con tu madre biológica después de aquel primer encuentro?

Durante una época estuvimos en contacto, pero de repente me di cuenta de que nos estábamos distanciando de alguna manera, y yo lo entiendo. Su marido sabe que fue violada por un soldado serbio y todo lo que pasó, pero este es un episodio que ella debe querer olvidar, tal vez para proteger a sus otros dos hijos, que ya nacieron en los Estados Unidos. Me imagino que sufrió mucho para tratar de superar todo este proceso. Yo la llamé por teléfono y le dije que ya no quería interferir más en su vida. Habíamos cumplido nuestra misión, nos habíamos conocido y ahora ya no tenía ningún sentido seguir en contacto. Yo no quería causarle ningún daño, no quería hacerla sufrir de nuevo y que yo fuera su recuerdo de la guerra.

Alen enciende un cigarrillo tras otro. Paseamos por el puente que permite acceder desde la carretera al centro de la ciudad, y nos enseña "el puente bajo el puente”, una estructura precaria de madera y barras de encofrar que los habitantes de Gorazde construyeron para poder cruzar sin ser vistos por los francotiradores, situados entonces en las colinas que rodean la ciudad. En la estructura, ahora dañada por la humedad y el paso del tiempo, hay colgadas fotografías descoloridas de cómo sobrevivían durante la guerra los habitantes de este enclave.

¿Y qué sabes de tu padre biológico?

En 2006 hubo un juicio contra varios criminales de guerra y mi padre fue uno de los procesados. En ese momento también supe que vivía en Foca, sólo a 30 kilómetros de aquí. Hace un par de veranos, el director de un centro islámico me propuso ir a hacer la oración especial de los viernes cerca de Foca. De manera totalmente improvisada, sin meditarlo mucho, tomé la decisión de pasar por su casa, pensando que no le encontraría. Pero llamé a la puerta y apareció. ¡En ese momento me vi reflejado en mí mismo dentro de 30 años, porque nos parecemos mucho físicamente!

¿Y qué le dijiste?

Él me reconoció, porque mi foto había salido en los medios de comunicación locales, conocía mi historia. Me invitó a pasar, pero yo preferí que conversáramos desde el porche. Desde el primer momento negó que hubiera violado mi madre. Yo le dije que había seguido el juicio en el que él había reconocido, a través de una prueba de ADN, que había violado a esa mujer y que, efectivamente, era mi padre. Con toda la sangre fría del mundo me contestó que sólo había reconocido la prueba de ADN y los hechos para que le sirviera de atenuante. En ese momento nos pusimos a discutir y allí me di cuenta de que nunca más quería tener nada que ver con esa persona. Le vi en la cara que era un asesino.

¿Qué es lo que querrías pedirle a tu padre biológico?

¡Que regrese a la cárcel! Ese es el lugar que le corresponde, y en el que debería estar.

El padre biológico de Alen, Radmilo Vukovic, fue juzgado por violación repetida y violenta y condenado a cinco años y medio de prisión por un tribunal local, pero un testigo aportado por la defensa va alegó que Vukovik y la madre de Alen ya habían tenido una relación previa a la guerra, y eso sirvió como atenuante. Tras cumplir 18 meses de prisión, Vukovic quedó en libertad. Como Radmilo Vukovic, muchos criminales de guerra no sólo siguen viviendo impunemente en sus localidades de origen, sino que fueron rehabilitados como funcionarios o miembros de la policía o de otros cuerpos públicos. Este es uno de los principales obstáculos que impiden a las mujeres víctimas de violaciones durante la guerra volver a sus poblaciones de origen.

En pleno 2018, Alen Muhic se siente decepcionado por las autoridades judiciales y también por el actual gobierno de Bosnia y Herzegovina. "No se ha hecho justicia, y esto hace difícil la reconciliación. Mientras tengamos los presidentes de los partidos que tenemos, el conflicto no acabará. En Bosnia tenemos recursos naturales, posibilidad de desarrollarnos económicamente a través del turismo, tenemos parques naturales, unos ríos preciosos, etc. Pero desgraciadamente no se está haciendo nada para favorecer este desarrollo, porque tenemos el sistema político que tenemos, impuesto por los Acuerdos de Dayton, que no hacen más que dividirnos. Hay muchos jóvenes que se están marchando de aquí, porque están hartos de este sistema que no permite desatascar la situación actual. Aquí la juventud no ve ninguna opción de futuro. Los partidos y el gobierno todavía juegan con el nacionalismo para ganar votos y eso, a la gente que ha sufrido tanto, le hace mucho daño ".

Tomamos un café en el Hotel Behar, con grandes ventanales que dan al río y que permiten observar la ciudad industrial a medio gas. Con cerca de 37.500 habitantes antes de la guerra, un 70% de los cuales eran musulmanes, la ciudad vio cómo de la noche al día las familias serbias, amigos y vecinos de toda la vida, huían a otras poblaciones con mayoría serbia, o se añadían a las milicias radicales y a los grupos de francotiradores que disparaban contra sus antiguos vecinos. Al mismo tiempo, la ciudad prácticamente dobló su población con los refugiados que huían de la limpieza étnica que se estaba practicando en las poblaciones vecinas de Foca y Visegrado. Durante el sitio de Gorazde hubo cerca de 1.600 muertos y más de 2.000 heridos según las cifras oficiales, pero no se ha podido procesar por crímenes de guerra a los responsables del asedio, por falta de medios judiciales y porque la responsabilidad judicial es compartida con otras poblaciones que pertenecen a la República Srpska, donde hay sistemáticamente obstrucción y negación de lo que pasó.

Antes de despedirnos, Alen nos lleva hasta la colina de Rovovi, donde aún hay varios tanques y lanzagranadas de las tropas serbias. El material de artillería, ahora repintado de un vivo color verde, quedó abandonado en otoño de 1995, cuando la comunidad internacional, avergonzada por su incapacidad de evitar la masacre de Srebrenica unos meses antes, autorizó finalmente los bombardeos de la OTAN, que obligaron a los serbios a abandonar el sitio de Gorazde. En la cima de la colina, reconvertido en zona de picnic, ahora hay unos columpios para los niños y un memorial dedicado a Zaim Imamovic, un soldado del ejército nacional yugoslavo incorporado a las fuerzas de Bosnia que lideró la defensa de Gorazde.

"Me gusta este lugar. Es un símbolo de la resistencia de la ciudad. Aquí le propuse matrimonio a mi mujer. ¡Hice prender 500 velas!" Alen me enseña una fotografía en la que aparece con su padre adoptivo y con su hijo de dos años.

¿Qué ha significado para ti el nacimiento de tu hijo?

He vuelto a nacer yo, sólo que en otra época y en otra forma.

¿Qué le contarás sobre la guerra?

Cuando sea mayor, le contaré todo lo que pasó, quiénes eran los agresores y quiénes fueron las víctimas. En las escuelas se debería explicar mucho más este pasado reciente que no lo que pasó hace 100 o 200 años. Y le contaré mi caso, que no es único. Son frecuentes las violaciones en un contexto de guerra. Hay muchos niños, como yo, que fuimos fruto de violaciones, pero la gran mayoría vive en el anonimato, porque la sociedad no nos acepta con la naturalidad con la que debería hacerlo. Pero también le diré que huya a otro país, porque aquí nos contaminamos con cosas negativas y con este gobierno que tenemos es imposible desarrollarse profesionalmente. Me gustaría que mi hijo tuviera la posibilidad de crecer en un país donde no haya odio. Yo quizá también me iré un día.

Mientras fuma el último cigarrillo, Alen señala un edificio de cuatro plantas repintado de color azul cielo que sobresale del centro reconstruido de Gorazde. "Es allí donde nací, y donde me dejaron", dice. Ahora trabaja allí como enfermero, en la planta de cirugía. "Cuando pienso en todas las atrocidades que se cometieron... Yo sería incapaz de causar daño a alguien, de violar o matar. Probablemente por eso me dedico profesionalmente a la enfermería, porque creo que es la mejor manera de ayudar a la gente".

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