LA OBSERVADORA

Decálogo de final de partida

Viviremos días de tensión política, desconfianzas, malas artes y suspicacias

El temporizador se ha puesto en marcha y el detonador marca dos meses. Viviremos días de tensión política, desconfianzas, malas artes y suspicacias. Las dificultades de la celebración del referéndum sin que sea una reedición del 9-N están cada día más claras y parece difícil dibujar y explorar la dificultad de los escenarios sin que una legión de soldados ponga en duda la voluntad y la determinación de los protagonistas. Una legión que exige cómodamente la inmolación de los demás. Nadie quiere ser señalado como un traidor, y la necesidad, más que nunca, de una estrategia mayoritaria naufraga algunas tardes con la presión de cuatro twitts que banalizan y simplifican la gravedad y las consecuencias de las decisiones. Decía Oscar Wilde que el hecho de ser paranoico no significaba que no lo persiguieran, y algo parecido está pasando en Cataluña. El miedo a hablar abiertamente de las dificultades del reto colectivo sin que haya un coro griego que cante el fin del mundo provoca algunos momentos de ficción política.

1. Cataluña vive un proceso sólido. El proceso se inicia con la muerte del espíritu constitucional que podría haber llevado a una España federal, pero que desaparece con el PP, la sentencia que violenta la decisión popular que se tomó en Cataluña y un PSOE unitarista dominado por el aparato andaluz. El mismo varón que decía hace unos meses en privado que Susana Díaz no podría ser nunca candidata de "Despeñaperros para arriba" aparece ahora en la primera fila de apoyo a la candidata del felipismo y el guerrismo. La candidata del aparato del museo de cera. Por un lado, el federalismo español no existe, y por otro, la centralidad de la opinión pública catalana se ha movido y las fuerzas de la independencia y del autonomismo tienen un peso similar. El reto de los independentistas es interno, y es interno dirigirse a los catalanes que todavía tengan que experimentar su caída del caballo y permitan construir una mayoría incuestionable.

2. En Cataluña el sistema de partidos está en recomposición. Todos los liderazgos están a prueba. Dicen que los momentos duros hacen personas fuertes, y en los próximos meses sabremos la calidad de nuestros líderes y la capacidad de movilización social. ERC está disciplinada y despliega su ideario, al menos públicamente. Las dificultades atraviesan duramente el PDECat por el caso Pujol y la financiación irregular, pero también por la gestión de los años de la crisis del euro. El pacto de los moderados con la extrema izquierda les ha dejado en busca de brújula ideológica, con un líder consolidándose en el Palau de la Generalitat pero que lo deja y con una dirección a la espera. Este panorama cambiará los próximos dos meses, en función del final de este capítulo, y los riesgos son altos para los unos y para los otros. El futuro dependerá de septiembre, como admiten los dos partidos.

3. Referéndum o referéndum. Empezamos la cuenta atrás para la segunda modalidad. El referéndum pactado no tiene perspectivas de llegar, con unas fuerzas españolas que reaccionan con hidalguía y tribunales y que consideran la negociación una derrota. La consulta del 9-N ya se hizo y dio como resultado una votación de 2,3 millones de personas. Las elecciones plebiscitarias también se hicieron, el 27-S, y el resultado también lo conocemos. Una mayoría difícil de sostener en el tiempo por su heterogeneidad y un apoyo popular a favor de la independencia del 48%. La lectura del 27-S no supo poner en valor cuan lejos se ha llegado y que ha sido en muy poco tiempo. ¿Se han dado pasos sin tener consolidado lo ganado? Las opciones ahora son o el referéndum transgrediendo el marco jurídico español, con la amenaza de prisión para decenas de personas y tensión interna en la administración, o bien elecciones y alguna fórmula de resistencia pasiva con el convencimiento -bien intencionado- de que el Estado se siente en una mesa de negociación. Sea cual sea la fórmula adoptada, muchos ciudadanos se mantendrán leales a la Generalitat, que deberá calibrar muy bien qué les pide.

4. El Estado no tiene ninguna intención de negociar, pero también en España muchos empiezan a ser conscientes de que el tiempo se acaba. Que los que han alimentado el desprecio a Cataluña, a sus instituciones, a su cultura y a sus aspiraciones también serán responsables de una crisis que en este momento tiene unas consecuencias imprevisibles.

5. Ni la Cataluña ni la España de 2017 son las de 1936. La política del cautivo y desarmado no es una opción en la Europa actual, donde las diferencias se dirimen en una mesa de negociación. Habrá que evaluar también, antes de instar cualquier movilización, cuál es el músculo de la sociedad en un momento de cansancio aunque no de desistimiento, y con una economía que crece al 3,5% y que ha salido de la crisis impulsada por unas empresas exportadoras y competitivas.

6. El discurso político es uno solo en la era de la información. La política necesita espacios de sombra para la negociación, pero los mensajes deben ser claros, y la desconfianza crece entre los socios, que ven JxSí como un artefacto cada vez más difícil de mantener vivo. Las malas artes y la desconfianza pueden llevar el proceso al ridículo.

7. Paisaje después de la batalla. En ningún caso ni Cataluña se esfumará ni dejaremos de votar. El arma más efectiva para convencer a la comunidad internacional será una votación incuestionable y reiterada a favor de la independencia.

8. Civismo y realismo. Además de los votos, el prestigio del proceso lo agranda el civismo de las actuaciones populares y políticas. También con la ecuación de valentía y realismo con que la clase política sea capaz de actuar y convoque a los ciudadanos.

9. Cualquier actuación que reduzca la mayoría del Pacto Nacional por el Referéndum y pretenda movilizar a la sociedad deberá tener una estrategia y una hoja de ruta indiscutiblemente cívicas, claras, transparentes, realistas y ganadoras.

10. Todo menos el ridículo.

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