ANALISIS

Las elecciones son para gobernar

Pedro Sánchez prefiere intentar un nuevo escenario electoral a un gobierno sin aliento

Los indicios disponibles sugieren que si por ellos fuera Pedro Sánchez y su director de gabinete, Iván Redondo, desecharían ahora mismo algunos de los clásicos del refranero español: Más vale pájaro en mano que ciento volando; [Más vale] pájaro en mano que buitre volando (El Quijote); no dejes lo ganado por lo que has de ganar (Libro de Buen Amor); o Haced poleadas y ahorraréis hogazas.

En otros términos, dejarían a un lado conformarse con una situación que no siendo ideal supone empero un avance o una conquista (123 escaños) cuando parece que no se puede, o resulta muy difícil, aspirar a algo mejor.

La anticipación de las elecciones al 28 de abril fue una jugada pensada antes de diciembre de 2018. Iván Redondo avizoraba celebrar las elecciones de la Comunidad Autónoma de Andalucía de manera conjunta con las generales hacia el mes de marzo de 2019. Pero la obstinación de Susana Díaz lo impidió. 

Y fue la decisión de Esquerra Republicana de Cataluña de tumbar los presupuestos generales del Estado lo que aportó el alibi que necesitaba Redondo: no tenía sentido seguir manteniendo a un gobierno por definición de emergencia tras la moción de censura de mayo de 2018 cuya función de gobernar era imposible. 

Y quizá nunca mejor dicho: la función hace al órgano. La convocatoria del 28 de abril aspiraba a crear un nuevo escenario con múltiples alternativas. La primera estaba en relación con el hecho que había servido de coartada para la anticipación: acabar con la dependencia anómala respecto de las vicisitudes de ERC. Una dependencia que acontecimientos próximos como la sentencia del procés -prevista en principio para los primeros días de octubre próximo- constituía una bomba con efecto retardado.

No era la única. Había otras. Lograr reunir la mayoría absoluta entre los escaños del PSOE y de Unidas Podemos. Y el mapa hipotético no acababa allí. La renovación del acuerdo del abrazo firmado por Sánchez y Albert Rivera el 24 de febrero de 2016 era otra de las alternativas calculadas. Y esta era la preferida del presidente del gobierno en funciones.

Sánchez consiguió con los 123 escaños del 28 de abril superar la barrera “psicológica” de los 110 de Alfredo Pérez Rubalcaba el 20 de noviembre de 2011 o el arma destructiva que el establishment del PSOE había utilizado contra él al descender de los 110 a los 90 escaños en diciembre de 2015 y a los 85 en junio de 2016.

Pero no logró reunir entre PSOE y Unidas Podemos una mayoría absoluta de izquierdas ni el de romper la dependencia respecto de ERC. 

Y en lugar del abrazo de Rivera, su alianza potencial favorita, Sánchez se encontró con el zarpazo del líder de Ciudadanos desde la misma noche electoral. Rivera, mira por dónde, coincidía con la base del PSOE: él no quería saber nada de Sánchez, y los militantes socialistas no querían ver a Rivera ni en pintura. “Con Rivera, no”, corearon en la calle de Ferraz ante Sánchez en el balcón.

El epicentro de la situación política después del 28 de abril y de las elecciones autonómicas y municipales del 26 de mayo no consistió en dotar de un presidente y un gobierno a España, sino en ahondar en la rivalidad de los liderazgos tanto a izquierda como a derecha. La negociación de un gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos pudo ser realidad a último momento pero la “desconfianza recíproca”, para usar la expresión de Sánchez el pasado 7 de agosto en el palacio de Marivent, frustró la operación. 

En el PSOE, al ver lo que está pasando en Italia con “el gobierno de Salvini dentro del gobierno del presidente Giuseppe Conte” respecto de, entre otros, el caso del barco de la ONG española Open Arms y sus 134 inmigrantes rescatados, se felicitan retroactivamente por el fracaso de la investidura el 25 de julio pasado.

Y este caso es significativo. Porque si el 25 de julio pasado se hubiera consumado el gobierno de coalición, ¿qué pasaría estos días con la posición ante el Open Arms? Si el PSOE respira aliviado retroactivamente, en Unidas Podemos, no se ve con menor decepción la actitud del gobierno en funciones de Pedro Sánchez respecto del Open Arms, diametralmente diferente al liderazgo que exhibió un flamante presidente Sánchez en junio de 2018 ante el rescate de los 629 inmigrantes del buque Aquarius, tras la moción de censura.

 Que el ministro José Luis Ábalos se esforzó por un acuerdo con Unidas Podemos en la investidura y evitar la repetición de elecciones ha sido un secreto a voces.

Y, sin embargo, tras el fracaso, ¿ha cambiado Ábalos el chip y quiere repetir elecciones?

Si es así, no parece ir bien equipado. Porque ¿cómo ir a una campaña insinuando siquiera la posibilidad de que el Gobierno se plantea establecer un pago simbólico por la utilización de autovías no concesionadas? O declarar el pasado lunes 12 de agosto sobre el Open Arms que llevaba 13 días navegando en el Mediterráneo con 134 inmigrantes: "Me molestan los abanderados de la humanidad que no tienen que tomar nunca una decisión, los que creen que solo ellos salvan vidas". Esa conducta, hemos visto, ha conocido una rectificación. Pero sus palabras han sido fuertes. La “educación sentimental” de Pedro Sánchez, o la Realpolitik, se ha impuesto en lo que va del Aquarius, tras la moción de censura, al Open Arms, después del fracaso de la investidura.

El problema ahora ya no parece estar en el tejado de Pedro Sánchez. Porque aun en el caso de que Pablo Iglesias anuncie su apoyo sin contrapartidas a Sánchez, corresponde al rey Felipe VI tomar la decisión de confiar otra vez al líder del PSOE la tarea de intentarlo. Y el rey sabe lo que Iglesias le dijo el 6 de junio en la Zarzuela durante la ronda de contactos. 

Por tanto, el solo anuncio de un eventual apoyo sin contrapartidas no garantiza por sí solo que el rey vuelva a encargar a Sánchez la búsqueda de apoyos para someterse a una nueva investidura.

Por otra parte, Sánchez sabe que una investidura no supone gobernar. ¿Qué pasaría después con los presupuestos generales del Estado? Con la derecha de Ciudadanos, Partido Popular y Vox unidos en contra, y con Unidas Podemos atacando desde el flanco izquierdo de las Cortes.

Caer como gobierno pocos meses después de formarse o intentar nuevos escenarios con una convocatoria electoral el 10 de noviembre, esa parece ser la cuestión. 

Nuevos escenarios como podrían ser una mayoría absoluta de la izquierda o incluso un eventual resurgimiento del bipartidismo PSOE-PP, a expensas de Ciudadanos, después del cual un Pablo Casado reforzado sí podría optar por la abstención para dejar gobernar a Pedro Sánchez.