"Fuimos a Siria porque nos creímos los vídeos de propaganda"

Mujeres de Suecia o Alemania que se unieron al Estado Islámico explican por qué lo hicieron

Una vez que las Fuerzas Democráticas Sirias, con ayuda de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, han derrotado al Estado Islámico (EI) en Siria, un incierto porvenir aguarda a las numerosas familias de los combatientes extranjeros. Procedentes de la aldea de Baghuz, último bastión del Califato autoproclamado por Abu Bakr al-Baghdadi en 2014, su destino es el campo de desplazados internos de Al Hol, situado en la provincia de Hasaka.

Hasta aquí ha llegado Leonora Lemke con sus dos hijas: Habiba, de 16 meses, y María, de tan solo 20 días. “Cuando vine a Siria tenía 15 años. Me escapé de mi casa en Alemania porque quería vivir bajo las reglas del islam, ahora empiezo a darme cuenta del error que cometí”, dice apesadumbrada, y continúa: “Me casé con mi marido días después de llegar al territorio controlado por el EI, pero él no es un combatiente, se dedicaba a reparar ordenadores portátiles y yo era ama de casa”, afirma, mientras sostiene en brazos a su hija mayor.

Ingenuidad

Lo cierto es que tanto para ella como para su esposo, que permanece detenido en la cárcel, el futuro no es muy prometedor. Sobre ambos pesan acusaciones de pertenencia a un grupo terrorista. Alemania, al igual que muchos países europeos, se han mostrado reticentes a acogerles ante la falta de una legislación apropiada para este tipo de casos. “Fui muy ingenua. Pensé que eran un estado fuerte que cuidaría de sus ciudadanos. La realidad es que al final ya no tenía nada que dar de comer a mis hijos”, se lamenta.

Deja de llover y un enorme arco iris asoma sobre el horizonte de tiendas de campaña que forman este campo de desplazados, cada vez más saturado. Las esposas de los combatientes extranjeros tienen reservado un sitio aparte del resto de civiles sin hogar. Hasta el momento hay registradas 566 familias. Un total de 1.800 personas entre mujeres y niños de 40 nacionalidades diferentes. Con tal mezcla de culturas e ideologías no es difícil de entender que ya hayan surgido los primeros enfrentamientos. Las mujeres procedentes de países europeos se quejan de que las de origen caucásico y las tunecinas les están haciendo la vida imposible.

Lisa Andresson es de Suecia. Sus preciosos ojos verdes y su tez pálida, vistos entre las telas del niqab, no dejan lugar a dudas. Según su relato, esta joven de 29 años llegó a Siria un año antes de que existiera el Estado Islámico, en 2013. Comenzó viviendo en Raqa, pero luego fue cambiando de ciudades a medida que el Califato iba perdiendo su territorio, hasta acabar en Baghuz. “Vine aquí siguiendo a mi marido para ayudar a la gente porque había visto las condiciones en las que estaban los hospitales, luego me vi atrapada en esta situación. Antes de conocerle a él hacía un año que me había convertido al islam. Ahora él esta en la cárcel”, comenta, mientras uno de sus hijos juguetea entre sus pies. “No entiendo cómo la gente me puede llamar terrorista, yo solo he vivido mi vida y no soy culpable de nada. Una vez que estás dentro ya no te puedes ir voluntariamente, yo me escapé hace dos meses. Al final ya no teníamos nada que llevarnos a la boca, he sobrevivido comiendo las hierbas del campo”, asegura.

Las condiciones en el campo de desplazados este invierno han sido especialmente duras, el frío, la mala alimentación, y una atención médica deficiente han provocado la muerte de más de 100 niños, según el Comité de Rescate Internacional. En los últimos dos meses han llegado 24.000 personas, cansadas y desnutridas, triplicando así su población, que asciende ya a 73.000 desplazados. Lisa tenía una hija de un año que murió el mes pasado. “El único beneficio que he sacado viniendo aquí ha sido tener a mis hijos, que son lo más importante para mi. He cambiado, soy una persona diferente. Quiero volver a mi país pero sé que mi país no me quiere. Solo pido que me perdonen por lo que hice. Mi vida en este campo es un infierno. Me siento triste, humillada y descorazonada”, concluye entre sollozos.

"Me arrepiento de todo"

Con sus maridos muertos o en la cárcel, el destino de estas mujeres y sus hijos es permanecer en un limbo legal por un tiempo indefinido. Nadie sabe cuánto. Todas ignoraban las consecuencias que podría tener su decisión y muy pocas son las que reconocen haber venido a combatir con el Estado Islámico. Una de ellas se hace llamar Fátima y es de Chechenia. “Vine aquí porque estaba interesada en formar parte del Califato. Enseguida me casé con un yihadista australiano que se llamaba Mohammed Walid y que fue asesinado en combate. Tengo un hijo de 3 años y ahora me arrepiento de todo. Traté de escapar varias veces y por eso estuve arrestada 5 meses en la cárcel”.

Tanto el presidente Donald Trump, como las milicias kurdo-árabes, han pedido a los países de origen que se hagan cargo de sus yijadistas, que se los lleven, o que creen un tribunal internacional para juzgarlos, ya que estos podrían quedar en libertad tras la derrota del Califato. Hasta el momento hay tres españolas en la lista de detenidos en Al Hol, pero se sabe que más de un centenar de hombres y mujeres se sumaron a grupos yihadistas en los últimos 6 años. Yolanda Martínez, Luna Fernández y Lubna Miludi viajaron con sus maridos a Siria en 2014. Ahora piden regresar a España y niegan pertenecer a un grupo terrorista. Los esposos de dos de ellas están muertos y el de la tercera, en la cárcel. A sus treinta y pocos años Yolanda y Luna son madres de 4 hijos y esta última está embarazada del quinto, mientras que Lubna tiene a su cargo tres pequeños. Una estrategia de repoblación con la que los dirigentes del Daesh pretendían extender su Califato rápidamente.

Tres españolas

Quizá el caso más mediático sea el de Shamima Begum, también recluida en este campo, al que llegó embarazada. Esta joven británica huyó de su hogar con dos amigas cuando tenía 15 años, vino a Siria y, a los pocos días, se casó en Raqa con un yihadista holandés de 27 años. Tras vivir 4 años en el Califato, abandonó la localidad de Baghuz hace unas semanas. Pese a no mostrar síntomas de arrepentimiento exige a su país que la acepte, y amenaza con emprender acciones legales después de perder a su bebé en el parto. Tuvo otros dos hijos que murieron por desnutrición.

Múltiples nacionalidades

Un grupo de niños sucios y mal vestidos corretean por el barro. Otros juegan a fútbol en una improvisada cancha con porterías imaginarias. Aquí no tienen otra cosa que hacer, no hay escuelas a las que ir ni maestros que expliquen la lección. Los más hacendosos llevan agua desde el depósito hasta sus tiendas de campaña utilizando cualquier recipiente. Los diferentes tonos de piel, así como los ojos rasgados, confirman sus múltiples nacionalidades.

Desde Azerbayán llegó Shalima con su marido para unirse al Estado Islámico hace 4 años. “Vinimos buscando una vida mejor que la que nos ofrecía nuestro país, nos creímos lo que decían los videos de propaganda. Mi marido murió durante un bombardeo y yo tengo dos hijos por los que luchar”, asegura, con la mirada perdida en el suelo, y finaliza diciendo: “Llegué al campo hace dos meses y me arrepiento de haber venido a Siria pero fue la decisión de mi marido. Yo sólo le seguí. Ahora quiero volver a casa con mi familia y recuperar mi vida anterior”.

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