Hacer que pasen cosas

Los Juegos fueron un pretexto para poner manos a la obra y transformar una ciudad industrial en decadencia en lo que es actualmente, un polo de atracción de personas y de ideas de todo el mundo, pero que tiene el riesgo de morir de éxito de evento en evento

Hay personas que hacen que pasen cosas. Sí, también las hay intensamente dedicadas a obstaculizarlas, pero hoy nos ocupan aquellos que saben volar. Personalidades que crean las condiciones para rodearse de los mejores esfuerzos y complicidades para avanzar. Esta fue la magia de la transformación de Barcelona 92. Hace 25 años algunos osaron pensar en grande y asociarse en la misma dirección, trabajar para superar las pequeñas y grandes miserias. Pasqual Maragall puso Barcelona en marcha para que pasaran cosas y en el proyecto olímpico supo cristalizar el empuje de los mejores y más diversos.

Recogiendo el testigo de Narcís Serra, Maragall y Samaranch fueron, según Diana Garrigosa, "dos gallos que habían hecho una tregua". Dos personalidades antagónicas que se pusieron a trabajar en la misma dirección. Josep Miquel Abad, consejero delegado del comité organizador, recuerda aún hoy a Joan Antoni Samaranch como un "gran maestro del pragmatismo".

Empresarios, profesionales y voluntarios de todo tipo abrieron la ciudad al mundo. Recuperaron el mar, hicieron una revolución urbanística, crearon infraestructuras de telecomunicaciones, construyeron instalaciones olímpicas, inventaron una estética con personalidad, una mascota que rompía con la cursilería, evitaron un "espectáculo marcial", hipnotizaron a 3.500 millones de telespectadores y generaron una explosión de alegría y creatividad mediterráneas irrepetible hasta hoy. En palabras de Jaume Badia en el libro Pasqual Maragall, pensamiento y acción, durante los Juegos "la alegría lo domina todo", y es que aquellos días de julio fue posible entrar en la modernidad.

El impulso de Maragall fue determinante. Como escribe Badia, "los Juegos le permitieron poner en práctica sus conocimientos y su programa político y, al mismo tiempo, ejercer plenamente su extraordinaria capacidad de liderazgo". En palabras de otro estrecho colaborador, Xavier Roig, "Maragall animaba y daba pistas sobre por dónde había que ir". el suyo era un liderazgo positivo. El legado político completo de Maragall todavía tiene que escribirse, y se deberá tener en cuenta su capacidad de hacer equipos y de innovar mirando al mundo. También se deberá destacar, además de la imprevisibilidad, la discreción. El Maragall excéntrico del que tanto se ha hablado es el mismo Maragall discreto y fuera de foco público que se trasladaba a vivir una semana en cada barrio y que cenaba cada 24 de diciembre en un comedor social de la ciudad. La comunicación política se ha transformado tanto como Barcelona en las últimas dos décadas y ahora todo se transmite en directo por Twitter.

Los Juegos fueron un pretexto para poner manos a la obra y transformar una ciudad industrial en decadencia en lo que es actualmente, un polo de atracción de personas y de ideas de todo el mundo, pero que tiene el riesgo de morir de éxito de evento en evento. Barcelona necesitaba un proyecto y tuvo una transformación urbanística y una inyección de autoestima. La ciudad se reinventó.

Ahora, 25 años después, tenemos una ciudad extraordinaria, pero con desafíos que llevan a preguntarse quién está pensando Barcelona y cuál es el proyecto colectivo de la ciudad ahora mismo.

El éxito ha generado algunos malestares ciudadanos sobre el turismo o el acceso a la vivienda, y otros que están indirectamente relacionados, como la contaminación.

En los últimos 16 años las pernoctaciones han pasado de 3 millones a casi 8 millones anuales, y la expulsión de vecinos por el precio de los pisos es una evidencia. Barcelona continúa sufriendo el retraso provocado por la disolución de la corporación metropolitana, restablecida en 2010 y formada actualmente por 36 municipios y más de tres millones de habitantes de la primera corona. Se conciertan servicios, pero no políticas imprescindibles en temas como la vivienda. La Generalitat aún no ha perdido el miedo a la gran Barcelona.

La capital ha sido tradicionalmente una ciudad de izquierdas, y la actual alcaldesa proviene directamente de los movimientos sociales. Tiene instinto, capacidad de conectar con la ciudad y elegir los símbolos. Pero tiene 11 concejales de 41 y llegó sin estrategia, más allá de la percepción de cansancio del turismo y la angustia por el acceso a la vivienda y su encarecimiento. El equipo de gobierno comienza a percibir la necesidad política de un instrumento fuerte de coordinación del área metropolitana, y los anuncios ingeniosos (retirada de vestigios franquistas o esclavistas, integración de los manteros, perspectiva de género en las comunicaciones y cuentos infantiles) no tienen suficiente empuje. Barcelona necesita crecimiento de calidad y no decrecimiento, un equipo de gobierno al que no le den miedo las inversiones. Esto es compatible con una verdadera política de vivienda social y decisiones que mejoren los servicios, más allá de anuncios de municipalización de servicios que son más ideológicos que efectivos. La ventaja de Ada Colau es que tiene una oposición débil con un jefe que se mantiene obstinadamente como un obstáculo a la renovación.

Los ciudadanos de Barcelona ya no necesitan operaciones espectaculares. Quieren recuperar la ciudad y la calidad de vida que la ha hecho mundialmente famosa. Para conseguirlo, hay que centrarse en una gran operación que garantice servicios básicos, líderes con ambición dispuestos a competir y también a cooperar lealmente con los ciudadanos.

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