Imágenes de las cuentas de Instagram de algunos de los jóvenes que participan en el reportaje de nuestro dossier

ELS EFECTES DEL COVID-19

Jóvenes y adolescentes, arrinconados y superados por la pandemia

El ARA da voz a testimonios de la generación que se está haciendo mayor aislada y encerrada en casa

Imágenes de las cuentas de Instagram de algunos de los jóvenes que participan en el reportaje de nuestro dossier / ARA
LAIA SERÓ / LAIA VICENS / LAIA COLOMER

La pandemia ha trastocado las rutinas, los sueños y los proyectos de miles de adolescentes, que se han visto obligados a dar clase y a mantener el contacto con los amigos a través de las pantallas. Durante estos meses se han sentido olvidados y a la vez injustamente culpabilizados por el aumento de los contagios, una mezcla de emociones que les provoca indignación. El ARA da voz a testimonios de la generación de adolescentes que se están haciendo mayores aislados y encerrados en casa, justo al contrario de lo que marcan sus necesidades sociales y evolutivas en una etapa clave para su crecimiento personal.

“Noto falta de empatía de los adultos”

Laia Garsaball 17 años, segundo de bachillerato

“¿Los ánimos? Un cero. Mi opinión es que el curso que hizo la Selectividad el año pasado lo pasaron mal, sí. Pero los que más hemos pillado somos nosotros, los que la tenemos este junio. Ellos, en realidad, cuando nos confinaron, habían visto ya casi todo el temario. En cambio, nosotros ahora estamos haciendo materia que tendríamos que haber visto la primavera pasada. Y los profes, como ven que no llegaremos, van mucho más a saco y nos ponen muchísimo trabajo. En una asignatura hemos visto desde Grecia a la Edad Media en dos meses. Y esto genera –al menos a mí– mucha ansiedad. Estoy en un momento en el que no pienso en otra cosa que no sea trabajar, trabajar y trabajar. Todo es “tenéis que trabajar más porque esto os entrará en la Sele”. Los fines de semana, me puedo pasar entre 7 y 10 horas estudiando tranquilamente. No lo sé, en general, noto falta de empatía por parte de los adultos en estos tiempos de pandemia.

Lo que más echo de menos son momentos en los que la cabeza me descanse, así de claro. Porque es que después llegas a casa, estás insoportable y normal que la familia no te aguante. También he llorado mucho este otoño. ¡Y sinceramente no sabes por qué lloras! No es por nada en concreto. Supongo que es porque hay momentos en los que recuerdas que todo es una mierda y te hundes. Nos faltan los momentos felices de antes... Por ejemplo, yo toco en la banda sinfónica de Cerdanyola del Vallès, mi pueblo, y podía tener semanas complicadas, como ahora, pero el viernes, en el ensayo, veía a la gente, la abrazaba, íbamos a cenar un kebab y eso me daba la vida. Los espacios de ocio, en este sentido, yo creo que hacen un trabajo muy necesario para todo el mundo, pero sobre todo para los jóvenes. Porque en nuestro caso tocamos, vale, pero la banda es mucho más que eso. Son vías de escape, espacios de socialización donde puedes ser tú misma al 100%, entornos que tenían mucho peso en nuestras vidas y que ahora han desaparecido casi del todo. 

También otra consecuencia de este estado de ánimo que nos ha traído la pandemia es que nos enfadamos mucho con los amigos porque no tenemos paciencia. O al menos en mi entorno. Ah, y que como más –¡y mira que era difícil! [ríe]–. Y que me he cansado incluso de Netflix. Si veo alguna serie tiene que ser muy  chill. Como la música que escucho. No me pongáis algo muy complejo que me explota la cabeza. Está sonando bastante Pero no pasa nada de Amaia”.

“Tenía que ser un año brutal”

Ivet Molas, 21 años, estudia 4º de enfermería 

“Afecta mucho a la salud mental, porque tener poca vida social es complicado, y estoy más cansada y apática. Antes iba a la uni y por las tardes hacía de profe de música o salía y hacía deporte. Ahora hago prácticas en el hospital y por las tardes estoy en casa, porque no tengo tantas ganas de hacer cosas. Mis amigos dicen que soy exagerada, pero intento no tener mucho contacto con nadie por el trabajo que tengo. El virus ha cambiado toda mi vida. Tenía que irme de Erasmus a China y me dijeron que no, y después intenté ir a Finlandia y tampoco. Me sabe muy mal porque siempre había querido vivir esta experiencia y creo que era una buena oportunidad por los idiomas. Habría sido un año brutal... Y es un año tirando como podemos”.

“No es fácil aprender con el profe lejos”

Sora Ndiaye, 17 años, ha empezado microbiología

¿Que cómo estoy? Pues bastante agobiada. Tardaron mucho en decirnos cómo sería la docencia de nuestro primer año de universidad y, cuando todavía teníamos esperanza de poder conocer a la gente, nos dijeron que sería semipresencial (cosa que en la práctica significa que una vez a la semana puedo relacionarme con un grupo de 11 personas con mascarilla en un laboratorio con los microscopios súper separados). Esto ya fue: "De acuerdo, adiós vida universitaria". Y, bueno, después vino el trabajo, que tenemos muchísimo: hay la sensación de que se aprovechan de que no podemos casi salir de casa y están colgando mucha más materia de la que podrían dar en 50 minutos de clase – la gente de cursos más avanzados también lo dice–, y no es tan fácil aprender teniendo al profe lejos.

Pero para sorpresa mía, todo esto me ha convertido en más pasota. Este lunes tengo un examen y voy preparada cero: estaré hasta cuando esté cansada repasando apuntes, y hasta donde llegue. Creo que lo que estamos es muy saturados... Es que si a la Sora de marzo le hubieran dicho que empezaría la uni así, ¡hubiera llorado durante dos semanas seguidas! Llevamos años imaginándonos como universitarios: todo el día fuera de casa, en la biblioteca buscando libros de cosas súper interesantes, saliendo de fiesta los jueves, haciendo vida en el campus... Y ahora es todo: casa, bibliotecas cerradas, pantallas. Estamos, básicamente, resignados.

Sí que es cierto que nos han dicho que tenemos que ser positivos porque ahora querrán microbiólogos en todas partes y que hay momentos en los que piensas, mira, ver a algunos compañeros cada quince días vale la pena por no sentir que has empezado un grado tan sola. Que, por cierto, en este sentido, hay confusiones graciosas; como cuando conoces a gente sin saber cuál es muy bien su cara y después los ves con mascarilla y les dices “Pero tú eres tal, ¿no?” y no... Pero la diversión se acaba aquí. La triste realidad es que hemos asumido que hasta que no se levanten las restricciones, grupo de amigos en la universidad no haremos. “¿Esto cuándo calculáis?” En tercero de carrera. Que al menos podamos hacer un Erasmus...”.

“Cuando pienso que no hay un final, me estreso”

Alba Thompson Gayà, 15 años, 4º de ESO

"Durante el primer confinamiento estaba más contenta y ahora... uf, mal. Sobre todo cuando pienso que no hay un final: entonces me estreso muchísimo y me pongo superimpaciente. El otro día me pasó y me salió una actitud un poco estúpida en casa, y mi madre me lo dijo... Y hablamos. Porque es que tampoco puedes hacer mucho para solucionarlo más allá de hablar con las personas que tienes más cerca e informarte de cómo va evolucionando todo. Vete a saber cuándo se acabará todo... Pero también hay ratos que me alegro, ¿eh? Me digo: "Podrías no tener casa", y es verdad. Resumiendo, creo que lo que estoy teniendo esta segunda oleada son muchos altibajos. Y mira que durante la semana, a parte de que hay días que no vamos al instituto, es todo bastante como siempre. Pero los fines de semana... Ahora doy una vuelta por el pueblo, ahora voy a casa una amiga y poca cosa más; cuando, en realidad, querríamos quedar con grupos grandes, salir hasta tarde, bailar sin mascarilla... A mí me encanta conocer gente nueva y ahora esto no pasa –¡hace muchos meses que no conozco a casi nadie nuevo!–. Y bueno, las pocas veces que ha pasado tampoco he podido hacer amigos porque esta persona no forma parte de mi burbuja e introducirla haría crecer más las posibilidades de contagio. Mira, para ponerte un ejemplo: hace meses conocí a una persona –en la vida real, quiero decir– y desde entonces hablamos cada día, pero ¡solo por las redes! Nuestra relación es virtual. Me consuela que al menos sé cómo es, sé que es real. Pero la conclusión es que es un placer conocer a personas nuevas en persona y no a través de una pantalla de móvil. ¡Gracias! ¡Es que me encantaría tanto que mi burbuja fuera infinita! Además, una idea que no me gusta nada es que también siento que estoy descuidando algunos amigos debido al covid. ¡Hay una niña que está estudiando en Manacor y desde antes de la pandemia que no la veo! ¡Y es amiga mía! Hemos compartido muchas cosas. Quizás la gente no lo entiende, pero es bastante bestia no tener a los amigos cerca en esta etapa de la vida. Tu madre te puede ayudar a resolver un problema, pero siempre lo hará desde el punto de vista de madre. Pero los amigos... Bueno, yo los disfruto muchísimo y me hacen estar súper a gusto, también conmigo misma".

“Con pocos amigos soy el más feliz del mundo”

Noureddine Salhi, 19 años, trabaja en una carpintería

“En mayo me reincorporé a trabajar en una carpintería de Sa Pobla, y con el dinero que gano ayudo en casa. La idea era combinarlo con los estudios, pero no me han cogido en el grado superior de electricidad al que me apunté. Así que el día a día consiste en trabajar por las mañanas. Algunas tardes tengo fútbol y el resto de días quedo con amigos o con mi chica. Antes de la pandemia pensaba que necesitaba estar con mucha gente y salir de fiesta, pero he visto que no. Los jóvenes vivimos una vida que no es real, buscamos siempre impresionar a los otros, quedar para beber... Y al estar encerrado en casa me he dado cuenta de que no necesito impresionar a nadie, ni vestir de ninguna forma. No me hace falta la fiesta para vivir. Si puedo montar una fiesta pequeña con pocos amigos, soy el más feliz del mundo. Ahora con poco ya tengo suficiente. El confinamiento fue duro, todo el día en la habitación. No sabía lo que quería, no tenía ni hambre y me daba pereza incluso ir a buscar la comida a la nevera, imagínate. Somos una generación que quedará por siempre jamás marcada por el virus. Así como mi padrino me dice siempre que él sobrevivió a una guerra, yo explicaré a mis nietos que también sobreviví a una guerra, ¡pero desde casa!”.

“Me sabe mal que la uni esté cerrada”

Ariadna Solà 18 años, estudiante de primer curso de ADE y matemáticas

“Ahora hablamos más por el WhatsApp y nos vemos menos y hacemos lo mismo que hacíamos en sexto de primaria: comprar chuches, sentarnos en el banco y charlar. A los amigos, mira, porque los puedes ir viendo, pero la universidad sí me sabe mal que esté cerrada, porque hacía tanto tiempo que lo estábamos esperando... Nos han dicho «Hacedlo online, que ya sois mayores», y ahora nos pasamos el día en el ordenador, cuando tendríamos que estar en la uni, saliendo entre semana, conociendo a gente nueva, yendo a la biblio... Estoy decepcionada porque pensaba que priorizarían la educación, porque ¡se mantienen las distancias y siempre llevamos mascarilla! Para la sele sí nos organizaron pero para las cosas que nos afectan emocionalmente no nos han tenido en consideración. No pudimos acabar el instituto bien ni nos pudimos despedir de los amigos, y nadie se preocupó”.

“Es difícil vivir sin imaginarte el futuro”

Paula Morera, 21 años, ha acabado la carrera de turismo

“Mi situación es que acabé la carrera de turismo en plena pandemia, imagínate. En teoría tenía que irme a trabajar a Canarias gracias a un contacto pero, claro, ahora es imposible todo. Las prácticas que hice en un hotel me sirvieron para darme cuenta de que me gustaba más la gestión que estar en recepción, pero ahora no hay trabajo de nada. Tampoco desde la uni ni la Generalitat he recibido ninguna ayuda para guiarnos en este poscarrera. Así que los últimos meses no he tenido más remedio que buscar trabajo de lo que fuera, porque a mí me gusta tener mi dinero. Por Infojobs, LinkedIn, directamente en tiendas... Ahora llevo dos semanas de media jornada en una tienda de ropa. No tiene nada que ver con lo que he estudiado, pero mejor esto que no estar haciendo nada. Gano menos de 400 euros al mes y lo complemento haciendo canguros. No estoy deprimida, más bien poco motivada: siento que mi vida es muy rutinaria, demasiado. Pero todos estamos igual. Lo que me da miedo es que, poco a poco, me vaya acostumbrando a estar más sola. Costará hacer volver los ánimos de antes. Se hace difícil vivir sin ni poder imaginarte tu futuro. Digo yo que algún día querré tener hijos, ¿no?”. 

“No quiero perder a las amigas”

Carla Di Pinto, 21 años, estudia 4º de publicidad

“Soy una persona muy positiva y alegre y siempre he hecho muchos planes, pero últimamente mi vida es rutinaria, me paso muchas horas ante el ordenador dando clases y trabajos y encerrada en casa. El año pasado fui de Erasmus y desconecté, y ahora siento que también estoy desconectando de mi gente, pero en un sentido diferente, que no me gusta nada. Noto que tengo la obligación de cuidar las amistades, porque no quiero que esto que está pasando me haga perder a las amigas. Intento no perder el contacto y preguntar «¿Cómo va? ¿Cómo estás?» Antes era como un trámite pero ahora quiero saber cómo están, porque a todas nos pasa lo mismo y así no me siento sola. A veces siento que me están quitando el último año de carrera. Nos estamos perdiendo la vida en la facultad, los amigos, las fiestas, y quizás no haremos ni graduación. No me siento una víctima, porque estamos en una pandemia y mucha gente sufre más, pero sí me dio mucha pena pensar que quizás ya no volveré a la uni. Como tengo pocas vías de socialización, he buscado una nueva manera de desconectar de las cosas que me angustian y es salir a correr, y también he aprendido a valorar cosas normales, como mirar un capítulo de This is us por la noche. Intento no pensar mucho en el futuro, porque es una bomba de incertidumbres, y tampoco en el pasado, porque entro en un bucle de añoranza. Por eso tampoco miro mucho Instagram. Desde hace cuatro años soy creadora de contenidos, una influencer, y con la pandemia me he notado muy estancada. Antes mi contenido se basaba en hacer fotos de los planes que hacía y me salía de forma natural, y ahora me cuesta mucho más y casi tengo la obligación de salir para hacerme una foto. Y como también estoy más negativa, me da más pereza consumir Instagram y me afecta ver stories de otra gente de fiesta o yendo a restaurantes. Sé que la vida son rachas, y al final todo es un ejercicio personal y un proceso de aceptación para decir cómo y qué puedo mejorar y volver a estar bien”.

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