El rey Juan Carlos convirtió a su yerno en un traficante de influencias

El precio del grave error de criterio fue la abdicación del 2 de junio de 2014

La sentencia del Tribunal Supremo apunta, con la boca pequeña, la historia central en la página 233:  la relación de Iñaki Urdangarín con su suegro el rey Juan Carlos I “consiguió mover la voluntad de José Luis Ballester (Pepote) como de Jaume Matas para obtener la contratación con Nóos orillando toda concurrencia y loas condicionantes que podrían derivarse de la tramitación ajustada a la legalidad”. En román paladino: tráfico de influencias.

Fue hacia 2003 cuando Juan Carlos I, según todos los testimonios, tras visitar el estupendo piso de Barcelona de la infanta Cristina e Iñaki, le susurró a su yerno:-Hombre, Iñaki, no podéis vivir aquí. Intenta darle a mi hija una casa con más espacio, más nivel, acorde con sus necesidades y con su estatus. Urdangarín, un jugador de balonmano retirado, no tenía muchas posibilidades. En realidad ninguna. Para seguir el camino que le indicaba su suegro necesitaba generar unos ingresos cuantiosos fuera de su alcance, Entre él y la infanta arañaban unos 190.000 euros anuales.

Pero vaya a saber uno lo que el cerebro de Urdangarín percibió en esa conversación, qué mensaje creyó interceptar. Lo cierto es que poco tiempo después el matrimonio solicitó un préstamo hipotecario en La Caixa, donde la infanta trabajaba, por valor de casi 6 millones de euros a treinta años para comprar el ”palacete” . Unos mil metros cuadrados en Pedralbes. Lo que podían reunir con su guapo piso de Barcelona no superaba los 400.000 euros. Iñaki, pues, había cumplido el sueño de Juan Carlos para su princesa. Le había “dado” a Cristina lo que su padre deseaba. Ahora había que pagar más de 200.000 euros al año. Tenía Iñaki la idea de que el dinero ya saldría de algún sitio. ¿Acaso no le había sugerido su suegro que se embarcara en esta historia?

Y por este tobogán se desliza el tráfico de influencias, la única actividad que tenía por delante Urdangarín. Porque por definición él carecía de una especialidad o profesión. Su tarjeta de visita era la Casa del Rey. Solo podía “trabajar” esta relación, conocida por todo el mundo. Es decir: en lugar de cederles, digamos, alguna casa oficial en Barcelona y confiar a Iñaki y a Cristina el único trabajo posible, el de apoyar las actividades de la Casa del Rey, el rey Juan Carlos estimuló los negocios. Y esos negocios solo tenían nombre y apellido: tráfico de influencias.

Era como si Iñaki pasara un cepillo en el que todos los que aportaban -fondos públicos de las Comunidades Autónomas- veían el escudo de la Casa del Rey. Pero no solo es que los demás así lo veían y pagaban el impuesto; en muchas ocasiones, a Juan Carlos no se le caían los anillos por escribir alguna carta en la que recomendaba los servicios de su yerno. Cuando a finales de 2011 Juan Carlos ya tuvo los indicios de la tempestad judicial que se avecinaba intentó erigir un cordón sanitario entre él y su yerno. Pero ya no se era posible parar la maquinaria. Ese corte abrupto causó una crisis familiar. Porque la reina Sofía sabía que su esposo había estimulado a Iñaki y ahora intentaba mirar hacia otro lado. También este incidente ahondó una larga crisis conyugal llevada con sordina.

Juan Carlos, en uno de esos movimientos a los que ya estaba acostumbrado desde los años setenta, llegó a la conclusión de  Il Gattopardo, la obra de Lampedusa, en la que Tancredi le dice a su tío sobre la revolución que impulsa Garibaldi, lo siguiente: “Para que todo siga igual se necesita cambiarlo todo”. El  caso Nóos no fue el único que impulso la abdicación, jugando la crisis conyugal y las aventuras también un papel estelar, pero fue el desencadenante. El príncipe Felipe ya estaba preparado. Había que ser, pues, audaz. Asumir las responsabilidades reales. He aquí, pues, la crónica de la abdicación del 2 de junio de 2014.

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