JxCat y ERC tienen que firmar una tregua por la pandemia

Las tensiones entre los dos partidos tendrían que quedar al margen de la gestión del día a día

Los episodios de tensión entre JxCat y ERC no son ninguna novedad prácticamente desde el inicio de la legislatura, hasta el punto que el presidente Torra la dio por agotada y anunció unas elecciones que, finalmente, se celebrarán el 14 de febrero. Aun así, y en cuanto a la gestión de la pandemia, hasta ahora habían intentado guardar la compostura en público. Por eso es especialmente grave lo que ha pasado este miércoles, cuando el vicepresidente Aragonès ha abandonado el comité donde los diferentes departamentos coordinan las medidas anticovid en protesta por la filtración del borrador del plan de desescalada que se tiene que aprobar hoy en el Procicat. Los republicanos acusan JxCat de la filtración y lo enmarcan en la campaña de desgaste contra ERC de cara a las elecciones. En cambio, JxCat niega ser responsable.

Finalmente, al atardecer se consiguió reconducir la situación y el comité se volvió a reunir para acabar el trabajo, puesto que este jueves se tendría que aprobar la versión definitiva del plan de desescalada después de hablar también con los sectores afectados. Este capítulo, sin embargo, demuestra que es urgente que JxCat y ERC firmen una tregua y blinden la gestión de la pandemia del contexto preelectoral. Principalmente porque la ciudadanía no merece que se proyecte una imagen de desbarajuste que acaba malogrando el trabajo de muchos profesionales que lo están dando todo porque la lucha contra la pandemia sea un éxito. Pero también tendrían que tener en cuenta que el desgobierno acaba repercutiendo negativamente en la imagen global del independentismo.

Si, como afirman ellos mismos, JxCat y ERC están condenados a entenderse y a volver a pactar después del 14-F, no tiene sentido que no sean capaces de ponerse de acuerdo cuando más lo necesita la ciudadanía, que es ahora, en plena segunda oleada, y no de aquí a cuatro o cinco meses. Evidentemente, las tensiones internas no son exclusivas del gobierno catalán. Las hemos visto también en el gobierno español, entre el PSOE y Unidas Podemos, y especialmente en el madrileño entre el PP de Ayuso y Ciudadanos. Pero esto no es ningún consuelo ni ninguna excusa. Un gobierno tiene que funcionar como un todo y de forma solidaria, respetando los procedimientos y los procesos de deliberación internos.

El ejecutivo también tiene que saber que allá donde haya periodistas siempre habrá escapes de información. Este no es el problema. El problema es la desconfianza mutua entre socios que hace que cada episodio de tensión se convierta en una crisis de gobierno. Por lo tanto, lo que es imprescindible es que los dos partidos aíslen el combate político y electoral de la gestión del día a día.

La situación que se ha vivido a lo largo de la legislatura demuestra que uno de los retos del funcionamiento de nuestras instituciones es su despartidización o, al menos, que haya una frontera más clara entre los partidos y sus legítimos intereses electorales y los cargos públicos de la administración, que tienen que trabajar para el conjunto de la población. En este sentido, el bipartit formado por JxCat y ERC ha repetido los mismos errores que el tripartito de izquierdas (2004-2010).