L’EDITORIAL

Las grandes obras de transporte público pendientes salen del congelador

Esta ha sido una semana clave para el transporte público metropolitano. Cuatro grandes proyectos y obras pendientes desde hace muchos años han salido del congelador, y parece que, aunque hay razones para mantener el escepticismo después de tantos anuncios fallidos, la cercana y esperada llegada de los fondos europeos así como el aumento de la manga ancha en cuanto al endeudamiento público podrían hacer que esta vez sí que salieran adelante.

El primer anuncio llegó miércoles, cuando empezaron a circular los primeros trenes por las vías sepultadas de la futura estación de La Sagrera. A pesar de que todavía no tienen parada, es un paso importante para mejorar la circulación de los convoyes con el objetivo, todavía no definido oficialmente, de que dentro de unos cinco años pueda estar en pleno funcionamiento. Por esta fundamental estación intermodal pasará la línea 9, que también se ha reactivado después de que jueves el Govern anunciara un cambio en el modelo de financiación, que ahora irá a cargo de los presupuestos, y un nuevo alargamiento en el plazo de las obras hasta 2027. Viernes fue el día de Rodalíes, con el gobierno español prometiendo una inversión de 6.300 millones en 10 años para instalar nuevas vías, mejorar estaciones y construir otras nuevas, y para comprar nuevos convoyes. Y, finalmente, ayer el gobierno municipal de Barcelona anunció un pacto con ERC que permitirá aprobar el enlace de los tranvías por la Diagonal y que comportaría que ya el año que viene empezaran las obras del tramo entre la plaza de les Glòries y Verdaguer.

Cuatro grandes proyectos que traen muchos años de retrasos y que son básicos, especialmente los tres primeros, para asegurar la movilidad metropolitana en transporte público, que es el objetivo necesario para asegurar la sostenibilidad ecológica y también económica y social de toda el área. Sin un servicio público rápido y de calidad se hace difícil que el objetivo de reducir el número de coches y la contaminación que provocan sea factible. Y, ahora mismo, parece que, al menos en Barcelona, va más rápido el plan para disminuir el vehículo privado en el centro que la mejora del transporte público que permita acceder desde los barrios periféricos o desde otras poblaciones.

La pandemia ha acelerado todavía más el proceso por el cual la ciudad gana espacios peatonales y para los carriles bici. Aún así, también la misma pandemia ha supuesto un incremento del vehículo privado, porque muchos ciudadanos tienen miedo de coger el transporte colectivo. Hasta que no se vuelva a la normalidad, y hasta que no se acaben las obras previstas -que, por fin, parece que se han puesto en marcha-, nos vienen años de una movilidad muy conflictiva. Habrá que tenerlo en cuenta y evitar posiciones maximalistas. Hay que avanzar en el objetivo común de la sostenibilidad, pero sin que esto penalice todavía más a los ciudadanos.

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