Liderazgos y facturas

En Europa asistimos a una revuelta caótica que surge de la protesta y la negación y en la que los cantos de sirena se transforman en creíbles

La cólera contra la globalización, con sus componentes de liberalismo, inmigración, cambios tecnológicos, viralización y mentiras, ha acabado con el liderazgo político mundial de tan sólo hace unos meses. Cuando vota la cólera las consecuencias son imprevisibles y se olvida la posibilidad de que todo es susceptible de empeorar aunque se viva la sensación de que hay poco que perder. El voto de castigo y el repliegue, la mirada hacia el interior, han sido clave en los referéndums por el Brexit y la reforma constitucional italiana, y en la elección a la presidencia de Estados Unidos, y lo pueden ser en Francia y Alemania durante el próximo año.

Obama abandonará la Casa Blanca sin haber cumplido el sueño de aquellos que le llevaron a la presidencia votando por primera vez, incorporándose a un sueño de cambio, salida de la crisis, final de las guerras en curso, cierre de Guantánamo y el ideal de la igualdad racial. Obama ha sacado al país de la recesión y ha llevado el desempleo al 5%, ha extendido el sistema de salud, ha reducido la acción militar, pero las desigualdades y los estilos de vida enfrentados entre la Norteamérica trabajadora y militar de valores tradicionales y la de la economía abierta y la globalización son irreconciliables.

Francia e Italia

Esta semana también ha cambiado el escenario en Francia e Italia. El hasta ahora primer ministro, Manuel Valls, optará a las primarias socialistas e intentará hacer frente al candidato de la derecha François Fillon y previsiblemente a Marine Le Pen, que pesca cómodamente entre los antiguos votantes de izquierda con el argumento de la "prioridad nacional", que tanto se parece al "América primero "de Trump.

Valls es un seguidor de Michel Rocard, el primer ministro de Mitterrand que lo llevó de las nacionalizaciones y los acuerdos con el partido comunista a la socialdemocracia. El hombre que en los años ochenta decía que "Francia no puede acoger toda la miseria del mundo" y procuraba no dejarse llevar por el cierre y la insolidaridad contrarios a los valores de la República ni por el unicornismo de las puertas abiertas sin límite, que no garantizan la integración ni el progreso de los nuevos ciudadanos. La peculiaridad francesa es que los candidatos van en la dirección contraria a revertir la austeridad, el discurso que domina a los vecinos europeos del sur.

En Francia el sector público consume el 57% del PIB, por encima de Suecia, y su mantenimiento es incierto. Hollande no ha sido capaz de liderar una alternativa y perdió el pulso el primer día con la cancillera Merkel. Desde el liberalismo matizado o radical los franceses encararán en 2017 las elecciones presidenciales. Excepto si Valls pierde la lucha interna entre las dos almas del Partido Socialista, más o menos la misma batalla que vive el PSOE y, en cierto modo, Podemos.

En Italia se ha votado contra las reformas exprés, pero también contra el estilo de imponerlas, que ha provocado una unanimidad insólita contra Renzi. En Europa asistimos a una revuelta caótica que surge de la protesta y la negación y en la que los cantos de sirena se transforman en creíbles.

En España el malestar social es evidente. Según el CIS, la situación política y económica es calificada de mala o muy mala por el 74% y el 63% de la población. Los datos de crecimiento económico, que son superiores al 3%, no se reflejan en las expectativas y una amplia mayoría cree que la situación es peor que hace un año.

En Cataluña el descontento está canalizado hacia el proceso de independencia, que no es sólo, ni siquiera en su mayoría, por motivos económicos. El gobierno español parece ignorarlo y considera que el diálogo se puede "imponer", en palabras del ministro del Interior. Repitiendo el mantra del diálogo, pero sin contenido, la cuenta atrás para la convocatoria del referéndum va descontando el tiempo. El gobierno español ha desplegado la diplomacia del despacho en la Delegación del Gobierno y Sáenz de Santamaría se reúne con periodistas, empresarios y la oposición parlamentaria. El Gobierno no ha ofrecido una negociación seria, que sólo sería posible pasando por la bilateralidad y el referéndum. El gobierno catalán está tensionado entre los intereses partidistas y el proyecto conjunto. Mientras ERC aparece cohesionada e inmóvil a la espera de los acontecimientos, en el Partido Demócrata Europeo los liderazgos se neutralizan. La incomodidad del partido con la dependencia de los 10 votos de la CUP para gobernar contrasta con las cadenas de confianza del presidente Puigdemont, que se ha conjurado a llevar el país a la consulta.

El futuro del proceso

El proceso se mantiene con el rumbo del referéndum mientras el Estado escenifica una negociación que no tiene sustancia, pero crea un ambiente propicio a sus intereses. Los partidos se miran de reojo para cuando se convoquen elecciones y admiten, pero sólo en privado, que quizá sería mejor no tener presupuestos para no pasar por el desgaste de la negociación y no someterse a una nueva prueba de resistencia. Sólo las urnas acabarán decidiendo. Si se ha de construir la mayoría no es momento de evitar el debate y señalar sospechosos de desafección sino de presentar proyectos capaces de merecer la confianza en que un país mejor es posible.