Los feminismos religiosos no son feminismos

Ninguna interpretación benévola de los textos sagrados propone un cambio en la estructura del poder a beneficio de un mundo justo para la mujer trabajadora

A pesar de sus pretensiones aglutinadoras y universalistas, las religiones (no confundir con la espiritualidad), que no dejan de ser ideologías elaboradas en defensa de los intereses de determinados grupos étnicos, clases y género, son junto con los mercados los dos principales enemigos de los derechos de la mujer en el mundo. El asalto del neoliberalismo a los sueldos y servicios sociales ha sido como agua de mayo para las instituciones religiosas que ven cómo millones de trabajadoras vuelven a ser esclavas del señor del hogar y del cielo y, desesperadas, recuperan a los amigos invisibles de tiempos atrás. 

No hace mucho que las propuestas generales de un feminismo sin adjetivos, adaptados a la situación concreta de cada país, mostraban su capacidad de reclutar a millones de mujeres y algunos hombres deseosos de progreso, para acabar con la escandalosa discriminación que sufre la mitad de la humanidad por razón de sexo. Sin embargo, sus frágiles logros fueron asaltados a finales de la década de 1970 por la santa alianza entre el capitalismo exacerbado y el fundamentalismo judío, cristiano e islámico. En 1978, mientras el polaco Juan pablo II se convertía en papa, en otras fronteras de la URSS, la derecha sunnita y chiita irrumpían en Afganistán e Irán. Es en este marco donde aparecen los feminismos religiosos, cómplices de las teocracias opresoras que han vestido con disfraces modernos los viejos conceptos superados, con el fin de justificar el estatus inferior de la mujer “por su destino bilógico” y  su razón de ser: ha sido creada para que “Adán no esté solo” (Génesis II: 18 y 22), y que sirva a la “quietud del hombre” (Corán, 30:21).  Pero, ninguna interpretación benévola de los textos sagrados propone un cambio en la estructura del poder a beneficio de un mundo justo para la mujer trabajadora. 

Los feminismos cristianos y judíos. Si bien fueron las promotoras del movimiento secular universal por los derechos de todas mujeres, las religiosas feministas, que luchan por establecer estados teocráticos, reclaman un trato igualitario para sí mismas y poder ocupar puestos de poder en la institución, como si tener a una pastora convirtiera al rebaño (una masa sin voluntad propia) en ciudadanos con derechos humanos. Las feministas religiosas judías en vez de luchar por un estado laico piden a los rabinos poder rezar libremente en el Muro de las Lamentaciones, acabar con espacios segregados por sexo y con el registro de los hijos nacidos fuera del matrimonio en la lista de los niños bastardos. Al tiempo, unas 200.000 mujeres israelíes fueron víctimas, en 2013, de la violencia de género. En cuanto a las cristianas, elPapa Francisco ha acusado a las teorías de género de destrucción de la familia. ¿Por será que es capaz de romper el tabú de acercarse a los homosexuales pero sigue negando la ordenación de mujeres?

¿Y el feminismo Islámico? Este término nace en el Irán al inicio de 1990, tras la ilegalización de las organizaciones feministas laicas. Pensaron que eliminando a las voces que hablaban de un grave problema social, el problema desaparecería por arte de magia. Fue así como las propias mujeres islamistas vinculadas con los hombres del poder, y afectadas por la restauración de leyes medievales que asignaban el estatus de subgenero a las iraníes (que en 1964 contaban con una ministra en el gobierno y un Ministerio de Mujer en 1974), decidieron ofrecer su versión alternativa del Corán suavizando el partheid de género impuesto por aquella teocracia. Mientras las fundamentalistas estaban por el “Cásate y sé sumisa”, acusando a las feministas de ser agentes de la corrupción moral, las moderadas exigían que el pañuelo sustituyera al hijab, y que en la aplicación de las leyes bárbaras de lapidación o del talión la vida de la mujer valga lo mismo que la de un hombre, y no la mitad. Sus propuestas fueron desestimadas por los islamólogos: por algo Dios ha enviado profetas sólo de sexo masculino y sólo a ellos les ha hecho revelaciones (Corán, 21:7). Esta postura empujó a la premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi a pasar al tercer grupo, las radicales, que reclaman una clara separación entre la religión y el poder.

El ocaso del feminismo religioso. Independientemente de las singularidades del país donde trabajen, las feministas islámicas piden, por ejemplo, la instauración de una teocracia islámica en todos los países del mundo, donde además se apliquen leyes del año cero del Islam, o mantener el enfoque creacionista que reserva la razón de ser de la mujer a servir para que "Adán no esté solo" o de “quietud del hombre”, lo cual les impide oponerse a la pedofilia legitimada que autoriza el matrimonio con niñas de 8 o 9 años, ya consideradas mujeres (el velo es su señal). ¿Cómo conjugan las religiosas el hecho de que Abraham -patriarca de las tres religiones semíticas- abandonase a su concubina Agar y su hijo Ismael en el desierto, sin agua ni comida, y defender una ley contra la violencia de género? Si es cierto que la religión prospera donde hay graves injusticias sociales -y por eso su presencia en la Europa del bienestar ha sido menor-, el secularismo es la condición previa de la liberación de la mujer: las primeras musulmanas que pudieron votar lo hicieron en 1919 en las repúblicas socialistas de la URSS. ¡En Arabia Saudí aun no pueden! Los textos sagrados se oponen a la casi totalidad de las reivindicaciones feministas, como acabar con la feminización de la pobreza i la violencia contra la mujer, denunciar que entre 193 países sólo haya 19 jefas de estado o de gobierno, o que la mujer sea dueña de su cuerpo, como lo es el hombre.

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