L’EDITORIAL

Los jóvenes, los grandes olvidados en una pandemia que marca su futuro

El covid-19 se ha ensañado con la gente mayor, y la inmensa mayoría de muertos son personas de más de 60 años. Esto es un hecho. Y se ha hablado mucho y seguiremos hablando, porque el efecto de la pandemia en los más mayores, tanto en el aspecto sanitario como en el emocional, ha sido demoledor. También hemos hablado mucho de las escuelas, y de cómo tanto los padres como los niños han sufrido el hecho de que se cerraran y los problemas de conciliación y de cuidados que esto ha provocado. Y de los adultos que se han quedado sin trabajo o con negocios cerrados. De lo que se ha hablado menos es de cómo todo esto está afectando a los jóvenes. Personas de entre 15 y 24 años que no son en principio un grupo de riesgo, ni sanitario, ni en general tampoco social, pero que están sufriendo también de manera directa los efectos de una pandemia que sin duda marcará su futuro.

A ellos, a estos jóvenes olvidados, dedicamos hoy el dossier del domingo. Y lo hacemos, antes que nada, dándoles la voz que hasta ahora prácticamente se les ha negado. “Habría sido un año brutal, y es un año que hacemos lo que podemos”, comenta Ivet, una joven universitaria que ha visto cómo se ha quedado sin Erasmus y también sin vida social. “Es difícil vivir sin imaginarte el futuro”, dice Paula, con la carrera acabada pero sin ninguna posibilidad de trabajo. Son algunos de los testigo de jóvenes que reconocen que sobre todo han añorado estar con los compañeros de clase o con los amigos, que sueñan con conocer gente nueva, que se han ido cerrando y apagando sin ver salida a sus ansias, y que se han culpabilizado y los han culpabilizado de la segunda oleada cuando no han sido el único grupo de edad que relajó las medidas de seguridad durante el verano.

Esta estigmatización que se ha hecho de los jóvenes, porque algunos se han saltado las restricciones con fiestas o encuentros en grupo, es injusta. Y demuestra una falta de empatía como sociedad que hay que revisar. La inmensa mayoría se han contenido de manera ejemplar, están siendo solidarios con las personas mayores quedándose en casa, reduciendo al mínimo las relaciones y asumiendo que han “perdido” un año de vida que habría podido ser, quien sabe, el que habría marcado su futuro.

Este es el momento de la vida en que se da el paso en el mundo adulto, el momento de cambio en que se conoce gente nueva, un periodo de formación profesional pero también de aprendizaje vital. Esta es la generación que dejó la niñez en medio de una crisis económica brutal que trastornó muchas familias, y ahora dejan la juventud en medio de una pandemia terrible. Quizás con todo ello habrán aprendido los valores del contacto humano por encima de la virtualidad, y del apoyo comunitario y la responsabilidad frente a la individualidad. Pero no saben qué esperar del futuro, si es que pueden esperar nada, y tendrán muchas razones, cuando se acabe todo esto, para exigir responsabilidades a las generaciones anteriores por el mundo que heredarán.

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