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Los recuerdos del cuerpo

En el presente que se desvanece a cada instante, surge el testimonio de un hombre que huye

En Alejandría hay una casa museo dedicado a Constantin Kavafis. No sé en qué estado se halla en la actualidad, si es que aún existe, pero cuando fui a visitarla, en 2007, se trataba de un piso modesto en el que todo parecía frágil y precario. El encargado del local explicaba que aquel había sido el barrio griego, casi inexistente tras la diáspora causada por la arabización. Había varios retratos de Kavafis por las estanterías del museo. Siempre con la mirada triste, una mirada triste singular en la que parecían converger los rastros del hombre que siempre sueña y del hombre que siempre huye.

Hace mucho tiempo que ya no vibra aquella Alejandría cosmopolita de Kavafis, tan bien retratada por Lawrence Durrell en El cuarteto de Alejandría. Pero leyendo sus poemas se puede reconstruir la ciudad en una suerte de claroscuro. Es una Alejandría espectral pero vivísima en la que el pasado, el denso y rico pasado, se entremezcla con un presente atrapado en su propia fugacidad. Los fantasmas de la historia —Cleopatra, Marco Antonio, los emperadores bizantinos— recorren las casas y las calles, portadores de una memoria en la que se reparten por igual los goces y los crímenes.

Y luego, en el presente que se desvanece a cada instante, surge el testimonio de un hombre que huye, el propio Kavafis, un hombre que goza de la sensualidad a través del recuerdo, y que convoca a la melancolía a través del exilio. A penas hay juicios morales o consideraciones espirituales en estos versos de belleza sutil, oblicua, y sí una exigencia que predomina sobre todo lo demás. El poeta le exige al cuerpo que recuerde, y son las cicatrices las que le trasladan a las heridas que, en su momento, fueron vida y exaltación de los sentidos. Ese hombre triste de los retratos era, aunque fuera en sueños, un catador del placer.

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