Los sinmóvil

Son los últimos mohicanos de la desconexión: hombres y mujeres que han renunciado voluntariamente a tener móvil. Nos cuentan que vivir sin estar permanentemente localizables les hace más felices

Joana tiene 33 años, es arquitecta y está esperando unas bravas con unos amigos. Hoy uno de ellos, Guillem, les presenta a su nueva novia. Están sentados en una terraza de la calle Enric Granados que ya ha puesto las estufas y el toldo de plástico -y ha perdido toda la gracia-. Finalmente llegan las bravas y Joana comienza a explicar el susto que tuvo la semana pasada cuando regresaba de su clase de kick-boxing.

-Era tardísimo y ya casi estaba en el portal de casa cuando, de repente, vi como una chica caía de la moto mientras esperaba en un semáforo y corrí a ayudarla. No había nadie más. Se había quedado inconsciente y comenzó a tener convulsiones. ¡Madre mía, qué horror! Entonces intenté parar alguien para que me ayudara y me dejara llamar, porque yo no tengo móvil y...

-Para, para... ¿Qué quieres decir con que no tienes móvil? -pregunta la nueva novia de Guillem.

-Joana no tiene móvil, no ha tenido nunca -aclara Guillem.

"Y así cada día... Tengo que justificar que no tengo móvil al menos tres veces. Ya tengo el discurso preparado, como cuando tienes que explicar qué significa tu tatuaje. Luego están los que se escandalizan porque no he utilizado nunca Tinder... ¡Imagínate cuando les cuento que nunca he tenido móvil! Un drama, un drama", explica Joana.

¿Anacrónicos?

Como Joana no hay muchos. Pero cada vez hay más. Personas que se resisten a estar siempre localizables y, mucho más aún, a caer en el universo infinito de posibilidades -y de distracciones- de los smartphones. A pesar de que reivindican su derecho a no tener que justificarse constantemente, lo cierto es que, teniendo en cuenta que en el Estado el 96,7% de la población tiene móvil y hay 126 líneas por cada 100 habitantes, quizás tampoco resulta tan extraño que, cuando encontramos casos como el de Joana, vengan a la mente imágenes de los amish con pañuelos en la cabeza, labrando con las mulas, o los primeros sapiens pintando figuras rupestres en las paredes.

"Es la pregunta del millón. En los últimos 20 años siempre he tenido la sensación de tenerme que justificar cuando he dicho que no tenía móvil". José Luis Ordóñez (Santa Maria de Palautordera, 46 años), técnico de comunicación del CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales), no tiene móvil y parece resignado a tener que dar explicaciones.

José Luis y los que, como él, se resisten a ser seducidos por los smartphones a menudo reciben el apelativo de "desconectados". Aunque, en realidad, puede que se les debiera llamar, más que a nadie, "los conectados". Son esta comunidad extrañísima que conserva hábitos tan estrambóticos como quedar en un lugar en una hora precisa y estar allí. O saberse de memoria los teléfonos de sus amigos y el de su pareja. Aquellos que, aunque no cuelgan fotos en Instagram, también viajan a Islandia y comen muffins. Los mismos que miran el paisaje al otro lado de la ventana del tren y observan a los pasajeros del vagón del metro.

Motivos emocionales

Identificar a los sinmóvil no ha sido difícil. Hasta llegar a oir sus voces, hemos seguido una cadena que nos ha permitido conocer a sus compañeros de gimnasio, de trabajo, sus parejas y sus hijos. "Puedo identificar varias razones por las que sigo sin móvil, y todas son de carácter emocional", afirma José Luis Ordóñez.

"La primera es que el móvil me falta al respeto unas diez veces al día. Cada día me encuentro hablando con alguien que, cuando oye un silbido, coge rápidamente el aparato y empieza a mover los pulgares como si el mundo fuera a acabarse. Todo termina siempre con el «Perdón, es que tenía que contestar...» La gente tiene tan asimilado este comportamiento que no se da cuenta de la cantidad de veces que pide perdón cada día".

150 miradas al día

Ordóñez calcula que una decena de veces al día su interlocutor baja la mirada hacia el móvil y deja de escucharlo. Pero, en realidad, son muchos más: según un estudio de Phone House, el 42% de los usuarios del Estado no pasan más de 60 minutos sin consultar los mensajes de su móvil y, por su parte, la consultora Oracle Marketing Cloud afirma que cada uno de nosotros consulta el móvil unas 150 veces al día.

La consultora Deloitte, en el estudio de mercado más grande y caro de la historia del sector, ha analizado el consumo de los smartphones de 50.000 usuarios de 31 países, incluyendo los seis continentes, en la franja de edad de 18 a 74 años. Según el estudio, que investiga cómo nos relacionamos con los smartphones, el 92% de los encuestados dicen que miran el móvil al menos una vez mientras compran, el 89% durante el tiempo libre, el 87% mientras hablan con la familia y los amigos, el 87% cuando miran la televisión, el 81% mientras comen en restaurantes y el 54% cuando van en transporte público.

El segundo motivo de José Luis para continuar desconectado es que cree que el móvil es una trampa. "Te ofrece una falsa sensación de estar siempre conectado con todo el mundo, pero en realidad no lo estás con nadie. Me cuesta mucho aceptar que las relaciones virtuales son realmente relaciones". El tercero es que considera que el móvil es un instrumento pensado para controlar nuestras vidas: "Es un aparato increíble, un microordenador capaz de hacer cosas que mi ordenador no puede hacer. La cantidad de información que damos a personas desconocidas sobre nuestra actividad diaria es alucinante. Esto también ocurre con el correo electrónico y nuestras búsquedas en internet, pero con el móvil, si quieren, pueden saberlo todo, el 100% del tiempo".

Perpetuador de las injusticias

Y, finalmente, la cuarta razón tiene que ver con la producción del aparato. El proceso de fabricación de la mayoría de tecnología digital supone una catástrofe desde el punto de vista social y ambiental. Seguramente los móviles y las tabletas se llevan la palma. "Aparte de los elementos químicos utilizados en las pantallas de los aparatos eléctricos, los dispositivos pequeños necesitan grandes proporciones de coltán y el control geopolítico de este mineral está perpetrando guerras y situaciones de pobreza. Además, la competencia entre las marcas es tan feroz que el ritmo y las condiciones de la producción resultan a menudo inhumanos", remarca Ordóñez.

"Yo una vez tuve un móvil que me dieron en el trabajo, hace unos veinte años. Recuerdo que era verde y me agobia mucho. Lo devolví. Qué quieres que te diga, a mí este aparato no me gusta. Obviamente entiendo las ventajas tecnológicas que ofrece, pero preferiría tener esta conversación tomando una copa de vino o bajo un pino", suelta, con una sonrisa en la voz, Albert Closa (65, Arenys de Mar).

Albert nos habla desde el fijo de la cocina -lo ha preferido en lugar del móvil de Pilar, su mujer-. Hasta que no lo hemos encontrado, sin embargo, hemos hablado con Pilar algunas veces: "Hace dos meses que cayó con la bici y, por suerte, un vecino le ayudó y pudo llamar a la ambulancia. Menos en una situación como ésta, Albert no necesita el móvil para nada. Durante el tiempo libre lee mucho, muchísimo. Y si me llama lo hace desde casa. Y para quedar con su equipo de remo... Bueno, entonces sí que utiliza mi WhatsApp".

Planes de 'desintoxicación'

"Leer libros te llena, mirar vídeos en internet te deja vacío", explicó el director Albert Serra en una entrevista con Antoni Bassas. Exactamente lo mismo sentía Anastasia Dedyukhina, una chica inglesa de 28 años que vive en Barcelona. Así que se marcó un reto con internet similar a lo que todos aspiramos cuando entramos en Ikea: consumir lo estrictamente necesario. Pero no lo consiguió. De la misma manera que todos fracasamos en Ikea y salimos con velas de vainilla, servilletas de colores y una escobilla del váter.

"Una cosa es clarísima: la única manera de no comer chocolate es no tenerlo. Intenté liberarme de las redes sociales borrando las aplicaciones del móvil. Pero después entraba a través del navegador". Así que Anastasia decidió darle el móvil a su madre a cambio de su Nokia -por cierto, su madre está totalmente enganchada a Facebook- e investigó cómo era la vida sin un smartphone.

El resultado es www.consciously-digital.com, una empresa que ayuda a optimizar el rendimiento del consumo digital. "En nuestros talleres la gente se da cuenta de tres cosas muy deprisa. Primero, que pasan mucho, mucho más tiempo conectados de lo que piensan. Segundo, que este tiempo tiene un impacto muy fuerte sobre nosotros y que, al regularlo, nos sentimos en calma y más a cargo de nuestras vidas. Tercero, tomamos conciencia sobre hábitos importantes como comer y hacer deporte, que si estamos inmersos en internet pasamos por alto. En el fondo es una cuestión de equilibrio. Como todo". Y de aprovechar el tiempo que ganamos. Comiendo con amigos, por ejemplo, aunque en algún momento ellos nos espeten: "Perdona, ¿eh?, es que tenía que contestar..."

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