Mujeres: El delito de abortar

Teodora Vásquez cumplió 10 años de condena en una cárcel de El Salvador por un aborto espontáneo

A Teodora Vásquez nadie le habría reprochado que se quedara en casa pero no se le pasó por la cabeza olvidar "a las 24 compañeras que se quedaban dentro" cuando el 15 de febrero de 2018 salió de la cárcel salvadoreña de Ilopango. Diez años y siete meses antes, esta mujer menuda y enérgica había hecho el camino a la inversa condenada por el "homicidio" de su hija.

Su "historia", dice, empieza el 13 de julio de 2007. Vásquez tenía 23 años, un hijo de poco más de tres, una niña en camino e intentaba ganarse la vida trabajando en el comedor de una escuela de la capital del Salvador. Vivía allí y desde allí llamó a emergencias hasta siete veces cuando empezó a tener unos fuertes dolores en la espalda que rápidamente atribuyó al parto. Estaba de nueve meses, así que supuso que estaba pariendo.

El bebé nació allí mismo, sin ninguna asistencia porque cuando la policía llegó se encontró a la madre semiinconsciente junto al pequeño cuerpo inerte. "Me desperté y la niña ya estaba muerta; o nació muerta o murió poco después", explica Teodora. Sin ninguna atención médica, los agentes la "cargaron como un saco" en una pickup, esposada y con una pierna atada en alto, sin que les importara ni la lluvia ni el débil estado físico y mental en el que estaba. Y la encerraron en unos calabozos con "ratas y gusanos". Estuvo allí hasta que dieron la orden de trasladarla a un hospital "para que no muriera desangrada". La sentencia fue demoledora: 30 años de prisión, a pesar de que dos forenses aseguraron que el bebé no presentaba ninguna lesión que encajara con una muerte violenta. Teodora sostiene que sufrió un aborto espontáneo y relata un juicio lleno de irregularidades en el que por falta de dinero no pudo ni pagarse la asistencia legal que la defendiera de una de las leyes contra el aborto más duras del mundo. El Salvador castiga todos los supuestos y cualquier mujer que pierda la criatura que espera puede acabar entre rejas.

La discriminación social

El aborto, la detención, el juicio, la condena y la cárcel. Demasiado dolor y drama para poder sufrir "el doble duelo", el de perder a una "hija deseada y querida" y el de perder la libertad y el contacto con su familia, que durante todo el proceso siempre la ha apoyado. Pero, lejos de hundirse, el ingreso en Ilopango la hizo fuerte y militante contra la "discriminación" que sufren las mujeres pobres del Salvador como ella. "A pesar de la dificultad del momento, tuve siempre el convencimiento de que yo entraba en la cárcel pero que no dejaría que la prisión entrara en mí", afirma. Hasta entonces Vásquez no se había planteado la problemática de una ley tan restrictiva porque sencillamente "nunca" se había planteado abortar. "Me sentía libre, no pensé nunca cómo podían sufrir las mujeres", rememora.

La cárcel de Ilopango es un lugar inhóspito, donde la masificación ha dejado las celdas pequeñas y sucias y ha convertido un simple colchón o un espacio en el suelo en un auténtico lujo y privilegio. Todavía es más hostil para una "mataniños", el calificativo que recibió Vásquez según el código carcelario de reclusas y funcionarias. "A pesar de que había que afrontar casi una cadena perpetua, quise sacar la esencia y las cosas buenas de la cárcel", dice. En los 10 años que estuvo encerrada no se perdió ni un taller ni un cursillo e incluso se sacó el graduado de secundaria.

Al entrar en prisión, Vásquez creía que el suyo era un caso único, pero se equivocaba: "Éramos 17, hicimos un grupo que nos llamábamos Las 17, pero como ahora ya somos 24, nos llamamos Las 17+", explica utilizando la primera persona del plural. "Hablo de nosotras porque, aunque sé que soy libre, no me siento completa si hay otras como yo", insiste, mientras nombra a sus compañeras. "A Guadalupe, condenada a 30 años, le aprobaron el indulto en 2014, María Teresa vive exiliada en Suecia porque después de liberarla la fiscalía quería volverla a encarcelar...", enumera. Su suerte empezó a cambiar a finales de 2017. Amnistía Internacional había conseguido recoger 250.000 firmas para exigir su libertad y la ONU estaba presionando para que se revisaran los casos de las mujeres castigadas con condenas largas. En un primer momento, sin embargo, el juez ratificó la condena a 30 años pero dos meses después un tribunal la dejaba en libertad, en un proceso tan rápido que no le permitieron volver a la celda ni para despedirse de sus compañeras. Es libre pero en su expediente sigue constando el delito de homicidio porque la sentencia no ha quedado anulada ni ha recibido el indulto.

Morderse la lengua

A la salida de la cárcel la esperaban familiares, amigos y activistas, pero en aquel día "tan feliz" no pudo evitar que se presentara el viceministro de Seguridad, Raúl Antonio López, que, ante su asombro, proclamaba que entregaba "a una nueva Teodora a la sociedad", en otras palabras: una delincuente rehabilitada y formada. "Y feminista y la voz de las que no pueden hablar", añade Vásquez, que recientemente ha pasado por Barcelona en una gira europea invitada por Huacal y Cooperacció, dos ONG catalanas en solidaridad con el Salvador.

Julio Monge conoce bien Ilopango porque entra ahí todos los viernes como educador de la organización laica Tiempos Nuevos Teatro (TNT) para trabajar con las reclusas a través de las artes escénicas y el arte. Allí conoció a Vásquez, de quien no tiene ninguna duda de que es una "líder nata" que se superó ante las agresiones físicas e insultos hasta convertirse en una referente para muchas de sus compañeras. Entre las participantes había muchas de Las 17+, que tienen en común que son "pobres, provenientes de zonas rurales y sin formación académica", como era Vásquez cuando entró, subraya este vasco que lleva más de media vida en este país centroamericano. "Las mujeres ricas y las que se lo pueden permitir también abortan pero lo hacen fuera, en Miami", destaca. Teodora Vásquez quiere estudiar derecho para ayudar a otras mujeres y buscar auditorios donde seguir hablando de sus compañeras porque, afirma, "sería inhumano olvidarlas". A los 34 años, asegura que no entra en sus planes repetir maternidad, volcada en criar a su hijo de 15. "Me entiende y siempre me dice: «Mamá, dele con todo»".

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