No es esto, no es esto

El tribunal parece enfilado a animar a consciencia un juicio decimonónico

Escolta aquí l'article d'Ernesto Ekaizer

Nos quedan unos trescientos cincuenta testigos pendientes de prestar declaración, entre aquellos propuestos por las acusaciones y los que esperan interrogar las defensas. La dinámica del juicio ya ha quedado establecida con los más de 140 que ya han testificado. A los de la acusación los de la defensa opondrán exactamente lo contrario. ¿Qué pueden aportar para esclarecer las calificaciones jurídicas? Muy poco.

Y, sin embargo, el tribunal está empeñado en mantener esa dinámica, donde uno parece vivir en otra época, en la que el presidente del tribunal se ha convertido en un director general de tráfico, es decir, alguien que utiliza su autoridad para censurar las preguntas, tanto a acusadores como a defensores, y cuidar que se mantenga dentro de un corralito la contradicción.

Veamos.

Ayer el tribunal tuvo una oportunidad impagable para romper esa dinámica. La declaración de Ferran López, exnúmero dos del mayor Josep Lluís Trapero, y apuesta del gobierno de Rajoy al nombrarle jefe de los Mossos el 28 de octubre de 2017, ha producido una contradicción flagrante sobre la coordinación/descoordinación del operativo policial el 1 de octubre de 2017, con lo que declaró el coronel Diego Pérez de los Cobos.

Xavier Melero, abogado del acusado Joaquim Forn, propuso al tribunal, antes del receso del almuerzo, practicar la diligencia de careo prevista por la ley de Enjuiciamiento Criminal, entre Ferrán López, imputado en un juzgado de Cornellà por el 1-O, y el testigo coronel Pérez de los Cobos. El tribunal avanzó que analizaría la iniciativa. Sin embargo, después del receso, el presidente Manuel Marchena anunció que resolverían más adelante sobre el careo habida cuenta de que queda mucho juicio por recorrer.

La diligencia de careo es un recurso, cada vez menos presente, para averiguar quién dice verdad. Técnicamente las versiones de Pérez de los Cobos y López merecen un careo. Y ello con la dificultad de que el primero es testigo, con obligación de decir verdad, y el segundo imputado, con el derecho a no declarar contra sí mismo. Pero la ley así lo contempla.

Si el tribunal hubiera vuelto de almorzar con la solución favorable al careo entre las manos se hubiera roto la dinámica somnolienta en la que se ha sumergido el juicio oral. Se dirá: los tribunales no asumen diligencias solo al efecto de cambiar el ritmo de la vista oral. Claro que no, pero es una diligencia pertinente, y el tribunal hubiese sido sensible a la situación.

No es, desde luego, la única dinámica que se debería corregir.

La de compartimentar diligencias teóricamente documentales -videos, por ejemplo- respecto a declaraciones testificales supone amputar la posibilidad de contradicción. El papel de la defensa es minar la credibilidad de un testigo y difícilmente puede ejercitar ese derecho si se organiza la sesión plenaria en compartimentos estancos.

El presidente ha asegurado que se practicará la documental, toda junta, completa. Bien. Pero será de una manera soporífera, sin testigos ni contradicción, de abordar una prueba relevante para las calificaciones jurídicas de los delitos de rebelión y sedición.

La introducción con este juicio de lo que podríamos denominar la innovación del 'perímetro Marchena' merece alguna consideración. La idea de que las partes que no han propuesto a un testigo deben limitarse, si desean hacer preguntas, a escarbar en aquello que dichos testigos han contestado a los que propusieron su declaración, supone un giro copernicano respecto a lo que dicta la ley y es además una innovación. Y fuente de potenciales problemas a la luz de la proporción o ratio de preguntas pertinentes/impertinentes. Tanto en el Tribunal Constitucional como en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH).  

Nada es inmutable. Y esta dinámica se puede cambiar siempre que se quiera. A menos que esta sala de plenos del Tribunal Supremo en la que se celebra el juicio haya contagiado a los magistrados ese carácter decimonónico que se advierte jornada tras jornada. Pues eso, algo de marcha.