Prostitución con mascarilla y toque de queda

Decenas de mujeres siguen prostituyéndose en la calle en Barcelona a pesar de la pandemia

Cristina esperando clientes en la avenida Joan XXIII de Barcelona / CRISTINA CALDERER

Geni está plantada en una acera de la avenida Joan XXIII de Barcelona, a pocos metros del campo del Barça. Viste minifalda, luce una larga melena rubia y se entretiene consultando el móvil aunque de reojo está pendiente de cada coche que pasa. La semana pasada no daba mucha importancia al coronavirus. “¿Miedo a contagiarme? No. Es como una gripe”, decía. Esta semana, en cambio, no estaba para muchas monsergas. “No sé qué va a pasar, no lo sé”, respondía esquivando la mirada y sin muchas ganas de hablar. Eran las nueve de la noche, aún no había conseguido ningún cliente y el toque de queda empezaba en una hora.

A pesar del coronavirus y de los mensajes machacones de las administraciones de que hay que llevar mascarilla y mantener la distancia de seguridad, cada noche hay mujeres que se siguen prostituyendo en los alrededores del Camp Nou. Y, lógicamente, también hay hombres que siguen dispuestos a pagar por tener sexo, a pesar de que estemos en medio de una pandemia.

Risi es una de las pocas mujeres en la avenida Joan XXIII que estos días iba con mascarilla, una de color negro que dice que le había dado la Cruz Roja. Porque ahora la Cruz Roja no sólo reparte preservativos, sino también mascarillas, aclara. Es una mujer entrada en años, que viste de forma discreta –nadie diría que ejerce la prostitución- y que está sentada en el borde de un parterre sin hacer mucho caso a los coches que pasan. “Estoy esperando a un amigo”, declara. Un amigo que, por supuesto, pagará por mantener relaciones sexuales. Porque eso Risi sí que lo deja claro: si ella está allí es porque necesita el dinero, porque sino no estaría. “Yo empecé en esto el año 82. Mi marido se quedó sin trabajo y yo también. Si él se ponía a robar, lo metían en la cárcel. Y si yo me hacía puta, no”, resume en pocas palabras. Y ya no puede continuar explicando nada más porque llega el amigo: un hombre también entrado en años que va con su mascarilla preceptiva y conduce un Volvo de color oscuro.

En la avenida Joan XXIII cada noche se ven más o menos las mismas caras. Geni, que es rusa y siempre está plantada en el mismo sitio, en una de las rotondas de la avenida; Cristina, que es de Polonia y asegura que ella tampoco tiene miedo a contagiarse; Ana y Alexandra, que son primas, originarias de Albania y parecen jovencísimas –una dice que tiene 34 años y la otra 27-; y Mercedes, que se define como la más veterana y es una viuda sesentona de armas tomar, sin pelos en la lengua: “¿Cómo me voy a poner la mascarilla si tengo que trabajar? Ahora eso sí, yo no soy ni de dar besos ni de intercambio de saliva. ¿Que uno quiere que se la chupe? Le pongo la gomita, lo hago y ya está”.

Demasiado gente en la calle

En la calle paralela, la de Martí i Franquès, se concentran las transexuales. Y la semana pasada Juan también daba vueltas por la zona con su furgoneta vendiendo café caliente a las mujeres que ejercen la prostitución, que lo agradecen y mucho cuando es tarde y hace frío. En cambio, eso se acabó esta semana con el toque de queda que, de hecho, se ha convertido en una pesadilla para las mujeres. Antes ya se quejaban de que casi no tenían clientes con la pandemia, pero ahora confiesan que tener que estar en casa a las diez de la noche las mata directamente.

Aún suerte que el cambio de hora las ha beneficiado un poco, porque ahora a las seis y media de la tarde ya es oscuro y ya se plantan en la avenida. Aun así, Cristina se lamenta que a esas horas aún hay demasiado movimiento de gente en la calle como para poder trabajar: están los alumnos de la Universidad de Barcelona, también hay un tanatorio... “Hay un parking subterráneo donde nos podríamos meter, pero yo sólo voy allí si conozco muy bien al cliente. Nunca se sabe lo que puede pasar”, comenta.

A las jóvenes de Albania también se las ve desesperadas. Pasan los minutos y nada, ningún coche se para. “Ya no espero ganar 100 euros pero al menos hacer uno o dos servicios para comer mañana”, afirma una, Ana, la menos joven. Dice que tiene dos niños mellizos de 3 años. Por cada servicio (o sea felación) cobran 20 euros. Por “un completo”, treinta. Afirman que pedir más dinero es impensable, y menos ahora que los clientes también van mal económicamente con la pandemia. “Yo he intentado encontrar trabajo de limpiadora o de lo que sea, pero no hay manera. Envío los currículums y ni me contestan”, se lamenta la prima, Alexandra, también visiblemente fastidiada.

De hecho, la técnico de inserción socio laboral de Médicos del Mundo -que es una de las asociaciones que ayuda a este colectivo en Barcelona-, Francisca Salinas, corrobora que incluso mujeres que antes no se habían planteado antes abandonar la prostitución quieren dejarla ahora como sea. “No tienen casi ingresos y están poniendo su salud en riesgo”, argumenta. Aun así no es tan fácil salir del pozo. “Ahora mismo hay pocas ofertas laborales y las empresas que están en ERTE tampoco pueden hacer contrataciones”, explica.

Mujeres extranjeras

Y hay un factor más: muchas mujeres son extranjeras en situación irregular. O sea, que no tienen permiso de trabajo y, por tanto, no pueden trabajar en el mercado laboral formal. A las transexuales se añade, además, la estigmatización. La mayoría tiene una alta formación pero nadie quiere contratarlas, asegura Salinas. Precisamente Médicos del Mundo ha lanzado una campaña esta semana con el lema “hay prejuicios más difíciles de quitar que la purpurina” que tiene como objetivo denunciar las discriminación laboral de las personas trans. El martes hicieron una acción de protesta delante de una de las oficinas en Barcelona del Servicio de Ocupación (SOC): llenaron la entrada de purpurina.  

Marta Villar, de la asociación Stop Sida, también dice que el principal perfil de las personas que se dedican a la prostitución y recurren a la entidad son mujeres trans migradas en situación irregular. Y añade un dato más: muchas preguntan si en la asociación les pueden hacer la prueba de detección del coronavirus. Por lo tanto, es evidente que la pandemia les preocupa.

Mercè Meroño, de la Fundación Àmbit Prevenció, contestaba esta semana el teléfono desbordada: están recibiendo tantas peticiones de mujeres que antes se dedicaban a la prostitución y que ahora no pueden ganarse la vida, que no dan abasto. Ya han tramitado 566 desde marzo. Las mujeres piden de todo: comida, ayudas para pagar la vivienda, ropa para sus hijos… Durante el confinamiento incluso la agencia ABITS del Ayuntamiento de Barcelona también les ofreció ayudas.

La calle Robador

Los alrededores del Camp Nou no es el único lugar de Barcelona donde las mujeres se siguen prostituyendo a pesar de la pandemia. La calle Robador, en el barrio del Raval, llama la atención porque tiene una cámara de seguridad en cada punta de la calle. El jueves pasado a las ocho y media de la tarde sorprendía porque había bastante gente: hombres que charlaban, otros que no se sabía muy bien qué hacían, mujeres que miraban… Aparentemente ninguna parecía dedicarse a la prostitución, excepto una que iba vestida de forma recatada y con mascarilla, pero que estaba completamente sola en medio de la calle como si esperara a alguien. Se llama Melani, tiene tres hijos y es de Ecuador. Y sí, confirma que está esperando clientes y  que le da miedo el coronavirus: “Yo no me quito la mascarilla, antes de estirarme en la cama rocío las sábanas con alcohol y después me pongo gel desinfectante por todas partes”, explica.

En una punta de la calle otras dos mujeres comen arroz sentadas en un par de sillas destartaladas. A simple vista parecen dos vecinas que han salido a tomar el fresco, pero no, también ejercen la prostitución. Son marroquíes, evitan dar muchos detalles aunque una de ellas, Hadija, aclara que si están allí es porque necesitan el dinero. Y no explica mucho más porque un joven subsahariano se le acerca, le susurra algo al oído y sigue caminando. La mujer hace una señal a su compañera para que le dé una llave, camina detrás del chico, abre un portal y desaparecen los dos dentro.

En la avenida Juan XXIII Alexandra también ha conseguido un cliente por fin. Baja de una furgoneta familiar con los pantalones desabrochados. Al volante hay un chico joven que sin mediar palabra se va. Geni continúa esperando en la rotonda, pero los pocos coches que pasan siguen sin parar. Cuando faltan cinco minutos para las diez de la noche y para empiece el toque de queda, coge la avenida en dirección a la Diagonal. De repente aparece un coche y se para. Geni sube y el vehículo se pierde en el parking de la universidad.  

 

 

 

El + vist

El + comentat