Prostitutas por menos de dos euros en Venezuela

Muchas mujeres dejan el país por las denigrantes condiciones de trabajo

Gabriela, el lunes pasado en la habitación donde ejerce la prostitución en Caracas. / MÒNICA BERNABÉ

Desde el exterior el burdel pasa totalmente desapercibido. Está en pleno centro de Caracas, a pocos metros de la parada de metro La Hoyada y al lado de un pequeño mercado donde comerciantes ambulantes venden sus mercancías. Un bonito mosaico con los colores de la bandera venezolana dice en una pared “Construimos la Caracas socialista”. Parece una ironía.

La entrada del prostíbulo es un pasillo estrecho por el que a duras penas pasa una persona. En el interior varias mujeres esperan en una especie de vestíbulo lúgubre, de paredes desconchadas y poca luz. Algunas están sentadas en sillas de plástico con cara de fastidio. Otras, de pie, hacen una sonrisa forzada a la persona que entra. Todas van casi desnudas, con tangas minúsculos y sostenes que dejan los pechos a la vista.

Para acceder a las habitaciones, hay que pasar por una puerta de rejas que da al lugar un cierto aspecto de cárcel. Y por supuesto, también hay que pagar. Tras la reja, una mujer de cierta edad, sentada detrás de un escritorio, vigila quién entra. Sobre la mesa tiene un datófono para cobrar a los clientes que deseen pagar con tarjeta. Porque aunque parezca increíble, en los burdeles de Caracas es posible pagar con tarjeta de crédito o débito. Un detalle nada baladí en un país donde conseguir efectivo resulta casi misión imposible. A causa de la galopante inflación, el papel moneda escasea.  

“Si pagas con tarjeta, el concepto que aparece en el extracto bancario es que has hecho una compra en una juguetería. Nadie sabe que has estado en un prostíbulo”, aclara Gabriela, una de las mujeres que espera a que lleguen clientes. Aun así, dice, la mayoría prefiere pagar en efectivo. Sale más barato. “El servicio vale 15.000 bolívares”, afirma. O sea, 1,8 miserables euros. “Pero un servicio de quince minutos y una única eyaculación”, precisa. Si el cliente quiere estar más tiempo, debe pagar más, y si abona el servicio con tarjeta, vale el doble.

Gabriela tiene 35 años, se dedica a esto desde hace diecisiete, y afirma que nunca antes la cosa había estado tan mala como ahora. “¡Es que no me da para vivir!”, se queja. “De los 15.000 bolívares, pago 7.000 al propietario del burdel por el uso de la habitación y el condón. ¿Qué me queda?”.

Viajes a Colombia

Nury Pernía es presidenta de la Asociación de Mujeres por el Bienestar y Asistencia Recíproca (AMBAR) -una organización fundada por trabajadoras sexuales en 1995, que continúa apoyando a este colectivo- y corrobora que hoy en día ni las prostitutas pueden ganarse la vida en Venezuela. “Muchas se han trasladado a Colombia. Van allí los martes, a ciudades como Cúcuta y Bucaramanga, que están cerca de la frontera, y regresan a Caracas el domingo para estar con su familia”, detalla. Según dice, a pesar del coste del viaje de ida y vuelta, les sale más a cuenta ir a trabajar al país vecino que quedarse en la capital venezolana.

Los números también hablan por sí solos. Gabriela explica que en el prostíbulo donde ella trabaja había antes hasta 57 mujeres y ahora apenas quedan diecisiete. Y las riñas entre ellas son constantes, asegura, porque se pelean por quedarse con los clientes. “Yo también querría irme al extranjero o encontrar otro trabajo”, confiesa. Es madre soltera, tiene tres hijos a su cargo, y también mantiene a sus padres y un sobrino. Trabaja en el burdel de las nueve de la mañana a seis y media de la tarde durante veinte días seguidos, y después descansa otros diez coincidiendo con los días que tiene la menstruación. “Mis hijos no saben que soy prostituta. ¡No se lo diría ni loca! Les explico que trabajo en un supermercado y, como a veces me pagan con comida, se lo creen”.

Las trabajadoras sexuales en Venezuela están obligadas a someterse cada mes a un control médico sobre infecciones de transmisión sexual en el Ministerio de Salud. Si no lo hacen, los propietarios de los prostíbulos les impiden trabajar o la policía les puede hacer la vida imposible si ejercen la prostitución en la calle. Cada vez que se someten a un control, el funcionario de turno les sella una especie de documento de identificación que llaman carnet rosado. Lógicamente tienen que pagar por hacerse la prueba médica. Actualmente cuesta unos 60.000 bolívares, un poco más de 7 euros.

Un cuartucho minúsculo

“Yo me hago la prueba cada mes, pero aun así aquí he conocido la sífilis y la gonorrea”, dice Gabriela con cara de asco. La habitación donde ejerce la prostitución es un cuartucho minúsculo, de unos dos por tres metros de largo. Hay una cama roñosa, un lavamanos, un bidé y un cubo de plástico que sirve de papelera. No existe ningún tipo de ventilación, sólo un ventilador colgado en la pared que remueve el aire ligeramente.

Según la responsable de AMBAR, las prostitutas en Venezuela están muy concienciadas sobre la prevención de las enfermedades sexuales y el uso del preservativo es generalizado, aunque cada vez resulta más difícil encontrarlo. “Nosotras los distribuíamos antes de forma gratuita, pero la fábrica Cristel, la única de condones que existía en Venezuela, cerró el año pasado y nos hemos quedado sin existencias”, lamenta. Según dice, las trabajadores sexuales siempre fueron denigradas en Venezuela, con Chávez y sin Chávez en el poder. Pero, asegura, ahora son tratadas directamente como basura.   

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