Testigos de supervivientes del Ébola: "Cada vez que moría alguien en el centro veía pasar el ataúd por delante"

Una pareja congoleña que ha sufrido la enfermedad cuenta su experiencia

El doctor Maurice Mutsunga y Esperance Masinda con su hijo de quince meses en su casa, en la localidad congoleña de Beni / M. B.

Fue el 5 de julio. El doctor Maurice Mutsunga, de 35 años, recuerda perfectamente el día que se infectó de Ébola. Era en su consulta en la localidad congoleña de Mangini y atendió a una mujer que sangraba por la nariz y tenía fiebre, dolor de cabeza y de estómago. "Le hice la prueba de la malaria y dio negativo, por lo que diagnostiqué que tenía fiebre tifoidea", explica el doctor, que hasta entonces no había visto nunca un enfermo de Ébola y no tenía ni idea de los síntomas del virus.

Siete días más tarde, sin embargo, él también comenzó a encontrarse mal. "Me levanté con temblores y dolor de cabeza", recuerda. "Al día siguiente empecé a tener fiebre", detalla. Y luego ya llegaron los vómitos, la diarrea y un dolor intenso en el estómago. Le ingresaron en el Hospital de Tchomia, también en el este de la República Democrática del Congo, donde en agosto se declaró el último brote de la enfermedad, y después de hacerle infinidad de pruebas los médicos concluyeron que debía tener una intoxicación hepática severa. Tenía los riñones y el hígado seriamente afectados.

La zona roja de los centros de tratamiento del Ébola

Pasó un auténtico calvario, asegura el hombre, pero después de tres semanas de tratamiento comenzó a recuperarse. "Me dieron el alta aunque todavía me dolían el cuerpo y la cabeza", se queja el doctor Mutsunga. Y volvió a casa con su mujer y su hijo de poco más de un año.

Pero al cabo de doce días, su mujer también empezó a enfermar. Sus síntomas eran dolor de cabeza y dolor en las articulaciones. "No podíamos entender que a los dos nos estuviera pasando lo mismo", dice el médico. Entonces ya se había declarado la epidemia de Ébola en el este del país, y a ella sí que le hicieron la prueba de la enfermedad: dio positivo.

"Pedí que a mí también me hicieran el test, y los médicos encontraron restos del virus en mi esperma", explica el doctor Mutsunga, que entonces descubrió que él también había sufrido la enfermedad.

El semen es el fluido corporal donde el Ébola tarda más en desaparecer. "Puede tardar meses o incluso un año", detalla.

Esperance Masindi, la mujer del doctor Mutsunga, fue ingresada en un centro específico de tratamiento del Ébola en la población de Beni. La mujer, de 25 años, confiesa que lo que más le impactó fue ver a los médicos vestidos con aquellos estrambóticos uniformes de protección para evitar tener ningún tipo de contacto con ella, como si tuviera la peste.

"Yo estaba dentro de una especie de cubículo aislado de plástico desde donde veía el exterior", relata. "Cada vez que moría un paciente en el centro veía pasar el ataúd por delante -lamenta-. Yo sólo esperaba que me llegara la hora. No tenía fuerzas ni para levantar la cabeza ".

Esperance estuvo un mes en el centro de tratamiento del Ébola y, cuando salió, fue ingresada dos semanas en la sección psiquiátrica del Hospital General de Beni. Tenía alucinaciones y oía voces. Estar tanto tiempo aislada la había vuelto casi loca.

Ahora la pareja asegura que han superado la enfermedad completamente. Ambos trabajan en el centro de tratamiento del Ébola. "Yo resucité allí, y por eso ahora quiero ayudar a otros enfermos", dice ella.

El hecho de haber sufrido el virus los hace inmunes, no pueden volver a contraer la enfermedad. Y su hijo, Mumbere, ha sido vacunado. "¡Al menos él se salvó!", celebran.

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