ANÁLISIS

Tiempos oscuros

El estado de 'shock' es el momento ideal para imponer políticas injustas

El meteorito al que tantos invocaban como merecida lección a los desmanes humanos tomó forma de pandemia. El Covid-19 marca un antes y un después, confina a un tercio de la humanidad y desafía los avances médicos y científicos que a lo largo de los siglos nos habían hecho creer en la desaparición de plagas similares. 

Teníamos tan olvidado el fenómeno de las enfermedades que diezman a la población desde nuestros orígenes que solemos acompañarlas del adjetivo ‘bíblicas’, no porque sean distantes en el tiempo -nos han acompañado a lo largo de la historia- sino porque lo considerábamos superado en estos tiempos de tecnología punta. Esa farsa de invulnerabilidad se ha desplomado hasta el punto de cambiar nuestras vidas, nuestro sistema, nuestra economía y nuestra concepción de la sociedad. Pero en algunos países, amenaza a la democracia misma.

La bofetada de realidad nos deja con las defensas al mínimo. Como insiste la periodista y escritora canadiense Naomi Klein, el estado de shock es el momento ideal para imponer políticas injustas sobre una población demasiado intimidada para rebelarse. 

En China, Xi Jinping ha aprovechado la incertidumbre para justificar y extender el draconiano control tecnológico que ya aplicaba sobre determinados colectivos (en Xinjiang y Tibet, especialmente) al resto de la población. Dispone de los medios tecnológicos, de personal para aplicarlos y de la sumisión de una población que no ha conocido otro modelo más que la dictadura comunista. Su estrategia para contener los contagios funciona, convirtiendo al gigante asiático en el principal proveedor mundial de medios sanitarios y revalorizando al régimen a ojos de medio mundo.

Aprovechar la pandemia

Si la dictadura china sale reforzada, en EEUU Donald Trump ha pasado del negacionismo -la misma herramienta del brasileño Jair Bolsonaro- al relativismo racista: la pandemia no es tan grave como para sacrificar la economía mediante un confinamiento generalizado que proteja a la población. En Rusia, la maquinaria de bulos del Kremlin aprovecha para cuestionar a las democracias dominadas por el pánico y la insolidaridad que está minando la credibilidad de la Unión Europea. Pero hay líderes mundiales que están tomando pasos extraordinariamente graves para aprovechar la pandemia en su propio beneficio. 

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, amenazaba con enterrar a la mal llamada “única democracia de Oriente Próximo” mediante el “coronagolpe”: sus decretos de emergencia impedían hasta el viernes la formación de Gobierno. En muchos estados árabes, africanos y asiáticos, la pandemia es la excusa para poner fin a las protestas populares. En Bolivia, las elecciones programadas para resolver la crisis institucional han sido pospuestas. En Hungría, el iliberal Viktor Orban ha pasado de acusar del contagio a los migrantes a blindarse con nuevos poderes extraordinarios, una ley de emergencia susceptible de ser usada para criminalizar a la prensa que amenaza con otras derivaciones, en un nuevo paso hacia la subversión de la democracia.

Y en Occidente, epicentro del contagio, la urgencia de seguridad sanitaria normaliza la excepcionalidad, la presencia del ejército y los primeros mordiscos a derechos fundamentales. La tecnología al servicio del Estado para vigilar la ciudadanía que tan bien funcionó en Corea del Sur para frenar la curva amenaza con quedarse: la actual crisis podría justificar su uso temporal, pero crea un precedente que, en manos equivocadas, puede degenerar en un escenario antidemocrático. 

Nos esperan tiempos oscuros. Las muertes del Covid-19 serán un impacto emocional para nuestras sociedades, pero cabe dudar si la durísima experiencia desterrará el pensamiento a corto plazo que ha caracterizado a las sociedades capitalistas hasta ahora, cavando la tumba de nuestro sistema de derecho y de la credibilidad misma de la democracia.

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