Todos los debates pasan por la escuela

Las discusiones educativas forman parte de cualquier sociedad moderna y se tener que tomar sin tabúes

A veces convertimos la escuela en la solución y la esperanza de todo. Depositamos excesivas esperanzas, ponemos todos los huevos en la misma cesta. Queremos que nos arregle una sociedad que no funciona, desigual, fracturada, incompetente. En momentos de crisis como el actual, esto todavía se hace más visible, más perentorio. Por un lado, es verdad, como se dice y se repite, que la educación pone los fundamentos del futuro. De la otra, resulta injusto y excesivo pensar que la escuela nos resolverá todas las carencias, de las éticas a las laborales. Porque en el juego educativo también intervienen desde las familias en el ámbito privado hasta los medios de comunicación en el ámbito público. La educación lo es todo, está por todas partes y es para toda la vida: la formación continua es esto, es la conciencia práctica que nunca dejamos de aprender, de formarnos. En realidad, este aprendizaje constante forma parte de la condición humana.

Pero la escuela es importante, claro. Y más en tiempo de incertidumbre. Lo es sobre todo para los chicos y chicas, para quienes –como nos dicen hoy en este diario especial todo ilustrado (y en parte escrito) por alumnos– es como una familia, un espacio de seguridad y confort, de descubrimiento, de amistad. Un buen maestro descubre vocaciones y puede marcar una vida. Un buen ambiente escolar forma y encarrila a personas. Para muchos, lo más importante son las excursiones, la comida, los amigos, los ratos de juego, es decir, todos los aprendizajes informales. Que no tengan como prioridad la adquisición de conocimientos y aprendizajes concretos no deja de ser normal: es la parte que les exige esfuerzo, que asocian con la obligación. Que, aun así, esto no aparezca como una imposición pesada o un trauma, es también positivo. En todo caso, escuchar a los protagonistas del proceso educativo siempre ayuda a pensar y repensar la escuela y la educación, una realidad viva.

Los debates pedagógicos forman parte de cualquier sociedad moderna; y no tan moderna: ya se hacían en la Grecia clásica. A veces, sin embargo, nos perdemos demasiado en cuestiones metodológicas y olvidamos la esencia: dar oportunidades, herramientas y conocimientos a todos los niños desde pequeños, y acompañarlos en su crecimiento. Afortunadamente, han caducado los sistemas basados solo en la memoria y la repetición, y hemos recuperado y hecho evolucionar la pedagogía innovadora y competencial de los pioneros de principios del siglo XX. Una realidad, sin embargo, que convive, no siempre armónicamente, con la organización más tradicional en asignaturas, y con sistemas de evaluación clásicos; con las ideas no negligibles de exigencia, esfuerzo y nivel; y con las demandas del mercado laboral. No es fácil hacer encajar todas las piezas de este rompecabezas, como tampoco lo es hacerlo con los problemas de la gestión, con la dualidad públicas-concertadas y con una administración con recursos siempre escasos y tendencia a la burocratización y la centralización.

La escuela, pues, seguirá concentrando muchos debates, algunos chapuceramente instrumentalizados, como el de la lengua, tal y como se ha vuelto a comprobar con la aprobación este jueves en el Congreso de la ley Celaá en un clima de polarización. En todo caso, que tengamos la escuela en el centro de nuestras preocupaciones es positivo. Y también lo sería que los debates se hicieran sin tabúes, con libertad. Porque, al fin y al cabo, es cada maestro, cada equipo de maestros, el que, a su manera, con su creatividad y destreza, en función de las circunstancias y los entornos de los alumnos, ejerce cada día la seducción de la educación con los chicos y chicas.

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