La UE tiene que frenar el chantaje de Hungría y Polonia

La negativa de estos dos países a ser fiscalizados pone en peligro los fondos anticovid

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha confirmado este lunes que bloqueará en el Consejo Europeo el plan de recuperación dotado con 750.000 millones de euros para que los países más afectados por la pandemia puedan rehacer sus economías. ¿Cuál es el motivo? Pues que Bruselas, con buen criterio, pretende vincular estas ayudas al cumplimiento del estado de derecho. Pero claro, ni Hungría ni Polonia aceptan estos condicionantes porque les obligarían a hacer reformas democráticas o, si no las llevan a cabo, a renunciar a los fondos. Y como su voto es necesario para aprobar el plan, están en condiciones de hacer un chantaje al conjunto de la UE.

Estos dos países, que ya hace tiempos que se han alejado de los valores que representa la UE, plantean un desafío sin precedentes. ¿Se puede continuar financiando gobiernos que no respetan la separación de poderes, la libertad de prensa y que son declaradamente homófobos? Es evidente que no, porque entonces se estaría pervirtiendo el sueño de los padres fundadores de la UE de crear un espacio de comercio y de libertades y tolerancia que sirviera de guía para todo el mundo. Pero, a su vez, las reglas de funcionamiento de la UE, que otorga el derecho de veto a los estados para según qué decisiones, posibilitan este bloqueo.

Si la UE quiere sobrevivir con sus valores, pues, tiene que encontrar la manera de esquivar el veto húngaro y polaco para poner en marcha un plan de recuperación económica que no es que sea urgente, sino que llega ya tarde. Cada semana de bloqueo, cada día sin estos fondos, hace más cara la factura del covid. Y más cuando la segunda oleada está ya golpeando muy fuerte. Por lo tanto, la única solución es que la UE deje de funcionar como un club de estados inmutables y posibilite que, para según qué cosas, se pueda funcionar a diferentes velocidades.

Alemania, Francia, el Benelux, Italia y los países ibéricos podrían aspirar además integración, mientras que los países del este son mucho más celosos de su soberanía. Esta división está condenando la UE a la parálisis y amenaza con hundirla económicamente. Porque mientras que los Estados Unidos o China tienen mecanismos financieros ágiles para actuar en casos de crisis, la Unión Europea se ve obligada a mantener negociaciones eternas para llegar a acuerdos que, además, pueden saltar por los aires en cualquier momento.

Europa necesita activar estos fondos, la operación de solidaridad intraeuropea más importante desde la creación de la UE. Unos fondos que, como gran novedad, otorgan a la Comisión la capacidad de endeudarse. A la vez tiene que ser capaz de imponer unos mínimos democráticos y de respecto a las minorías dentro de su territorio. Y si esta vez Orbán y sus aliados se salen con la suya, quizás se salvará a corto plazo la aprobación de los fondos, pero a la larga supondrá una mancha para el proyecto europeo.

Ahora es, pues, el momento de actuar, el momento para que el eje París-Berlín haga valer su peso y dé el impulso necesario a la UE para avanzar, aunque sea al precio de dejar a alguien atrás. Porque, si no, será todo el proyecto europeo el que estará en peligro.

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