Investigan abusos sexuales de curas a monjas en España

Dos religiosas relatan a ARA las vejaciones que sufrieron en una congregación en Málaga y Granada

El cura acusado de abusos sexuales, el padre Tejerina, al lado de una de sus víctimas, la hermana Eliana. / ARA

La hermana Eliana recuerda que ella salía de la sacristía cuando el padre Eulogio Tejerina se le puso enfrente, la miró a la cara y le dijo: "Llevas las tetas demasiado caídas", y le cogió los pechos con ambas manos y se les subió hacia arriba. La hermana Eliana asegura que nunca había visto antes a ese cura, que se quedó pasmada, y que desde entonces aquel sacerdote le amargó la vida.

Eliana Macías -ése es el nombre completo de la religiosa- es una de las 23 monjas que han abandonado la congregación Hermanas del Buen Samaritano desde mediados de 2016 y una de la decena que han dado un paso al frente y han presentado una denuncia canónica y otra civil contra esta hermandad por los abusos sexuales y de poder sufridos en las casas que la congregación tiene en los pueblos españoles de Nerja (Málaga) y Loja (Granada), y en la ciudad chilena de Molina. Algunas de estas religiosas enviaron una carta al papa Francisco el pasado junio -a la que ARA ha tenido acceso- en la que afirman literalmente que eran víctimas de "frotamientos con el cuerpo" y "tocamientos de sus partes íntimas" por parte de algunos curas, que eran tratadas como "esclavas" trabajando más de 12 horas al día, y que sus superioras les prohibían tener comunicación con sus familias, o incluso les revisaban la correspondencia.

Investigación del Vaticano

De hecho, esta semana una comisión de investigación del Vaticano, liderada por la hermana Rosario Alonso, se ha trasladado a Nerja y Loja para aclarar los hechos denunciados, y la semana anterior también estuvo en Chile. La madre superiora de las Hermanas del Buen Samaritano en Nerja, sor Purificación González, confirmó por teléfono a este diario que efectivamente la comisión estuvo en este pueblo malagueño -donde la congregación gestiona una residencia de ancianos-, pero restó importancia a los abusos. "Fue un caso muy puntual, y Dios quiera que no se vuelva a repetir", suspiró.

En cambio, para la hermana Eliana los abusos no fueron puntuales, sino que se convirtieron en un auténtico calvario. En concreto, las monjas denunciantes -todas son chilenas- se quejan de tres sacerdotes: los españoles Eulogio Tejerina (claretiano) y Luis González (Opus Dei), y el chileno y también claretiano Iván Herrera. Los tres ya están muertos. Las religiosas, sin embargo, denuncian ahora a la congregación porque, aseguran, su fundadora, la madre Irene García, y su responsable en España durante años, la madre Patricia Ibarra, hicieron oídos sordos a sus ruegos sobre los abusos que sufrían. Además aseveran que quien fue obispo de Talca hasta el año pasado -la diócesis chilena donde se encuentra la casa madre de la congregación-, Horacio Valenzuela, miró hacia otro lado a pesar de que le hicieron saber todo lo que pasaba en la hermandad.

"El padre Tejerina era médico y siempre obligaba a las monjas a desnudarse por completo para examinarlas y aprovechaba para tocarlas", relata la hermana Eliana, que fue trasladada de Chile a España en 1994, y allí asegura que empezó su suplicio. Dice que el cura le tocaba las piernas y las nalgas mientras se confesaba, y que ella sólo hacía que darle manotazos mientras intentaba concentrarse para enumerar sus pecados. O que el sacerdote también se metía en las habitaciones de las monjas por la noche, se paseaba completamente desnudo por el convento, o decía que estaba "delicado" de salud y pedía que una religiosa le ayudara a lavarse.

"Por ejemplo, él estaba en su habitación y te pedía que le llevaras un vaso de agua. Llamabas a la puerta antes de entrar y te decía «pase», y cuando entrabas te lo encontrabas desnudo -relata la monja-. Si estaba desnudo, ¿por qué me decía que pasara?". "Para nosotras es muy difícil hablar de todo esto porque somos religiosas y nos da vergüenza", añade la hermana Eliana, que no quiere entrar en demasiados detalles pero que asegura que muchas monjas callaban pese aquellos atropellos y que las que levantaron la voz nunca fueron escuchadas. Según dice, el padre Tejerina siempre fue tratado en la congregación como si fuera "un príncipe" porque era el cura, el confesor y médico, y las Hermanas del Buen Samaritano necesitaban precisamente que alguien oficiara las misas en la hermandad, confesara a las monjas y examinara los ancianos enfermos. Y el padre Tejerina lo hacía todo.

Gritos y desprecio

El chileno José Agustín Pérez, que ahora vive en Talca y ayudó a la madre Irene a fundar las Hermanas del Buen Samaritano cuando era seminarista, explica que él mismo vio con sus propios ojos como el padre Tejerina gritaba y trataba con desprecio a las monjas chilenas. "Les decía «sois unas indias inútiles que no servís para nada»", recuerda. Y de hecho, en la carta de denuncia que las religiosas enviaron al Papa en junio, detallan que Tejerina les gritaba: "Si no estuvierais en el convento estaríais en la calle o en un cabaret".

La hermana chilena Yolanda Tondreaux, que también dejó las Hermanas del Buen Samaritano hace poco más de un año, explica que ella entró a la congregación en Chile en 2004 y entonces ya se hablaba "de lo que pasaba en España" en referencia a los abusos, y de "las amenazas de la madre Patricia". Ella, afirma, tuvo la suerte de que no la enviaran ni a Loja ni a Nerja, pero también tuvo su propia cruz en la ciudad chilena de Molina: el padre Iván Herrera.

"Las hermanas jóvenes ya me habían advertido que el padre Iván hacía aquellas cosas [abusos sexuales], pero yo no las creí hasta que me tocó a mí", admite. Un día mientras limpiaba la sacristía, el sacerdote la abordó, abrazándola e intentando besarle en la boca. "Se lo expliqué a la madre Irene [la fundadora de la congregación], y me contestó que eso eran chismes y que aquella era la forma de ser del padre Iván y de demostrarnos su cariño", dice la monja. "¿Chismes? A mí ese cura me lo hizo tres veces. ¿Así es como me quería mostrar su cariño?"

Miedo entre las monjas jóvenes

La hermana Yolanda asegura que las monjas jóvenes se avisaban entre ellas cuando veían llegar a este sacerdote al convento. El cura no estaba siempre allí, sólo iba unos días para confesar o oficiar la misa. "Nos escondíamos en nuestras habitaciones o evitábamos movernos a solas por el convento. Siempre íbamos de dos en dos por miedo de que nos pudiéramos encontrar con él", relata la religiosa.

En mayo de 2016 la madre Patricia, que hasta entonces se había encargado de las casas del Buen Samaritano en España, asumió la dirección de toda la congregación porque la fundadora, la madre Irene, estaba muy enferma. De hecho, esta religiosa murió el 17 de febrero de 2017. A raíz de eso, muchas monjas -hasta 23- abandonaron la hermandad en tromba. Temían que la congregación se convirtiera en un infierno con la madre Patricia al frente, al igual que lo habían sido las casas de la hermandad en España, asegura la hermana Yolanda.

"Hemos denunciado los abusos ahora porque no lo podíamos hacer cuando estábamos dentro de la congregación. Cuando te haces monja te sometes a los votos de obediencia, pobreza y castidad. Y el voto de obediencia también significa silencio", justifica la religiosa. Y además, difícilmente lo podrían haber hecho. La hermana Yolanda explica que en el convento dependían totalmente de la madre superiora: "Si necesitabas compresas tenías que ir a pedírselas a ella, o si necesitabas ropa interior le debías mostrar que la que tenías ya estaba demasiado vieja. Nosotros en el convento no cobrábamos absolutamente nada. Teníamos los bolsillos pelados, no teníamos dinero, y si alguien nos regalaba alguna cosa debíamos entregarla a la congregación rápidamente porque si no nos caía una buena regañina", detalla la hermana Yolanda.

La religiosa se queja de que ahora se han quedado con una mano delante y otra detrás: sin nada. "Cuando un cura es acusado de cometer abusos sexuales, continúa recibiendo su mensualidad. En cambio, nosotras, las religiosas que los hemos sufrido, ¿qué pasa con nosotras?", se queja la monja, que ya tiene 49 años y dice que ahora, a esta edad, difícilmente encontrará trabajo en ninguna parte.

Eliana también se lamenta. Ella tiene 66 años y entró en el convento con diecisiete, cuando era casi una cría. Después de casi medio siglo de vida religiosa, se ha quedado en la calle sin nada: vive en Chile con su hermana de 76 años, cobra una pensión de 100.000 pesos -un tercio del salario mínimo mensual chileno-, y se mueve pesadamente con una muleta. Sufre artrosis y tiene un rodilla hinchada como una pelota.

Las Hermanas del Buen Samaritano emitieron un comunicado en agosto en que se solidarizaban con las monjas que han abandonado la congregación y aseguraban que tomarían medidas para evitar que se repita una situación similar. Por su parte, el portavoz de la Conferencia Episcopal de Chile, Jaime Coiro, ha asegurado que "si las decisiones tomadas no son las justas, serán revertidas". ARA ha contactado insistentemente con el portavoz del Papa y la oficina de prensa del Vaticano pero no ha recibido respuesta de momento.

Extractos de la carta de denuncia que las monjas enviaron al Papa

(lea aquí la carta completa en pdf)

"Fuimos testigo y víctimas de numerosas situaciones impropias y derechamente abusivas por parte del sacerdote Eulogio Tejerina Canales, tales como: introducir a las hermanas a su habitación obligándolas a desnudarse para luego proceder a realizar tocamientos en sus partes íntimas"

"El padre Iván se aprovechaba cuando las [monjas] más jóvenes estaban solas -en su habitación o en la sacristía- y les profería abrazos y cariños indebidos, les daba besos y frotaba su cuerpo contra el de ellas"

"Se nos prohibía hablar con otras personas y entre nosotras mismas. También la comunicación con nuestras familias estaba restringida, pasando hasta meses en que no hablábamos con nadie. Incluso nuestra correspondencia era revisada por las hermanas superioras antes de ser enviada fuera del convento. Asimismo, las cartas que recibíamos siempre estaban abiertas, puesto que también eran sometidas al control de ellas."

"Le pedimos que, por favor, nos ayude a aclarar y frenar estas situaciones. Nuestra intención no es hacer daño, más bien es cooperar, que la verdad salga a la luz y hacer justicia. [...] Actualmente quedan alrededor de 10 hermanas dentro del convento. Sabemos que necesitan ayuda, están incomunicadas -les quitaron sus teléfonos móviles-, no pueden salir y se les prohibió hablar con el personal y sus familias"

 

 

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