Un lugar para vivir toda la vida donde los vecinos son la familia

Crecen las opciones que huyen de la propiedad privada y entienden la vivienda como un bien de uso

Un lloc per viure-hi tota la vida on els veïns són la família

Ir a vivir en comunidad sin alquiler ni hipoteca y sin tener que sufrir por cuando termina el contrato. La vivienda cooperativa en cesión de uso es una opción alternativa a la mercantilización de la vivienda que pide un cambio de mentalidad: pasar del individualismo a la colectividad. La propiedad es de una cooperativa de vivienda que compra el edificio o la administración que lo cede, pero los usuarios pueden hacer uso indefinidamente (o durante 75 años si es propiedad pública) y el precio es más asequible que el de un alquiler convencional: pagan una entrada y una cuota mensual que suele oscilar entre los 500 y los 700 euros.

Ya hay dos viviendas cooperativas en funcionamiento en Barcelona y la cooperativa de vivienda Techo Cívico tiene una decena de proyectos en marcha en Cataluña, algunos impulsados por subvenciones del Gobierno, con un marco regulador cada vez más favorable. Este modelo en crecimiento, motivado por la crisis de la vivienda y por el interés en nuevas formas de convivencia, requiere implicación y horas de trabajo de los propios vecinos, que participan en todas las decisiones que se toman a través de asambleas y comisiones. "Estamos muy acostumbrados a que si yo pago me den las llaves", advierte Lucía Basulto, responsable de comunicación de la cooperativa.

Un ejemplo simbólico en el Born

Princesa 49 es el primer caso en Barcelona. Con cinco unidades familiares, a quien han adjudicado cada hogar por orden de antigüedad en la cooperativa, ha servido de ejemplo para poner en marcha otros proyectos. Para Eira Melé, de 32 años y presidenta de la escalera, que esté ubicado en el Born, uno de los barrios con más gentrificación de la ciudad, es simbólico. Es una manera de decir "que no queremos marchar, que queremos que haya vida en el barrio".

Eira hace memoria: "Vivía en un piso donde me congelaba en invierno, sin luz, sin ascensor, con butano". Ahora, en una vivienda de 65 metros cuadrados del que ha decidido la distribución y los acabados, explica que ha ganado en calidad de vida y estabilidad: "Aquí sé que me puedo quedar, que no me echarán dentro de 3 o 5 años". Pero, por encima de todo, valora "la parte humana de compartir con los vecinos", que "son como una familia". Quiere dejar claro que no "es sólo un piso barato" sino que hay horas de trabajo detrás. "Ha sido muy intenso, un aprendizaje brutal de tratar con la gente", asegura Eira, que hace ocho años que es socia de Sostre Cívic porque cree en un nuevo modelo de vivienda y tiene claro que "sin la implicación de la gente, las cosas no cambian".

En el caso de Princesa 49, el bloque ya estaba construido y, por ello, los espacios comunitarios se reducen a una terraza y una sala que utilizan para hacer encuentros colectivos. Se trata de un edificio cedido por el Ayuntamiento de Barcelona, que está trabajando para tener más solares municipales que se puedan destinar a vivienda cooperativa a través de concursos públicos. El consistorio barcelonés se ha comprometido a hacer que el 10% de la vivienda asequible sea cooperativa en el Plan por el Derecho a la Vivienda 2016-2025.

Empezar la casa por los cimientos

En Cardedeu tienen fama de ser un grupo potente. También pionero: construirán la primera vivienda en cesión de uso en suelo privado de Cataluña. Sostre Cívic compró el terreno y, por tanto, es el propietario. "Nosotros decimos que hemos liberado el terreno, porque ha pasado de manos privadas a manos cooperativas", celebra Basulto. A diferencia del proyecto de Princesa 49, en Cardedeu el edificio se ha de construir de cero y las 39 familias que vivirán tienen mucho que decir. "Nos estamos conociendo entre todos a la vez que estamos decidiendo cómo viviremos", explica Mireia, de 42 años y madre de tres hijos. Con su pareja se les acababa el contrato de alquiler y decidieron apostar por el proyecto de La Serreta, tanto por "la angustia" que genera el "nefasto" mercado de alquiler como por la idea de "sacar del mercado especulativo la vivienda". "Se trata de romper el binomio de alquiler o compra. No, ni alquiler ni compra: cesión de uso", sentencia Mireia, que aboga por entender la vivienda como un bien con el que no se puede especular.

Para Hugo Lucchetti, de 38 años, el de la convivencia es el reto más claro. El cambio de mentalidad que conlleva pasar de una forma de vida más individual a una de más colectiva será un aprendizaje porque "precisamente nos educan en lo contrario". No lo será tanto para Mireia, que ya desde pequeña vivió en comunidad y quería que sus hijos vivieran lo mismo. "Criar hijos en esta sociedad tan individualista es muy difícil", se queja, mientras que ella recuerda "una sensación de tribu", una almohada que también quiere para los suyos, que podrán heredar el derecho de uso. "Hugo será el tío de nuestros hijos!", Bromea.

¿Una alternativa para todos?

¿La vivienda cooperativo en cesión de uso, sin embargo, es una alternativa para todos? "Ahora no", aclara Hugo, que cree que, cuando el modelo se haga más extensivo, la legislación lo facilitará y será más económico, aunque tanto los cardedeuencs como los vecinos de Princesa 49 tienen prevista una caja de resistencia en caso de que haya alguna familia que se encuentre con dificultades para pagar la cuota mensual.

Los proyectos también incluyen viviendas de protección oficial: el de La Serreta, por ejemplo, 9 de las 39 viviendas deberán serlo, mientras que en Princesa 49 lo son todos. Eira cree que es el momento de hacer una reflexión sobre el papel de la administración, que subvenciona las viviendas de protección oficial, pero no las cooperativas. En esta línea, Hugo alerta que las alternativas a la vivienda impulsadas desde la ciudadanía "no son suficientes": hay que combinarlas con "políticas públicas potentes".

La revuelta continúa en la vejez

"Lo que no sabe Barto es que aquí montaremos el escenario, porque tenemos que hacer los Pastorets", dice risueño José María Ricart mientras señala una plataforma en escombros. Se dirige al propietario del hotel de Sant Feliu de Guíxols que, una vez reformado, será uno de las primeras viviendas cooperativas exclusivamente para seniors en cesión de uso que habrá en Cataluña. El de Bartolomé Toledo es un caso curioso: pasará de promotor inmobiliario a usuario de este proyecto cooperativo, que también tiene el apoyo de Techo Cívico. Junto con Vicente Ballbona y Montse Blasi, ellos son sólo cuatro de los casi 40 seniors que convivirán en este edificio de 3.600 metros cuadrados que se llamará Walden XXI. "El conformismo no forma parte del ADN de la gente que estamos aquí -sentencia la Montse-. Somos la generación de las revueltas, de los cambios. Y ahora continuamos".

Nacidos en los años 50, ninguno de los cuatro quiere ser una carga para los hijos. José María lo tiene claro: "Somos la última generación que nos hemos encargado de nuestros padres y la primera que no queremos que nuestros hijos se encarguen de nosotros". Quizá por eso se plantan ante las perspectivas actuales de la vejez. "No queremos quedarnos solos, pero tampoco queremos ir a una residencia", confiesa Montse. Su proyecto, sin embargo, no creen que sea el sustituto de los geriátricos.

Daniel López, psicólogo experto en covivienda senior, niega que este modelo para el público de más edad surja por problemas de acceso a la vivienda, ya que "ellos ya tienen casa: el problema es de qué casa hablamos, con quién viven, qué servicios tienen". Aparte de vivir en comunidad, en Walden XXI tienen previsto cubrir las necesidades que aparezcan, como tener una habitación medicalizada.

Si algo comparten los tres proyectos de vivienda cooperativa es la actitud activa de las personas que forman parte, que inciden a lo largo de todo el proceso de decisiones, sean de construcción o de convivencia comunitaria. Otro denominador común es la paciencia: el tiempo de espera para entrar a vivir en estas viviendas suele ser largo, y algunos usuarios llevan hasta nueve años trabajando. Pero la espera compensa. Lo visualiza Mireia, de Cardedeu: "Se me ha acabado eso de buscar piso. Me siento como si me hubiera tocado la lotería: tengo un lugar donde vivir para toda la vida ".

La eficiencia energética como denominador común

Junto con los arquitectos, los vecinos de Princesa 49 llegaron a una conclusión: no pasar frío sería una de las prioridades en la construcción. Las placas solares y la caldera de biomasa les proporcionan la energía necesaria, y las paredes llevan la calefacción integrada, además de corcho para mantener el calor y una capa de arcilla para regular la humedad. El motivo por el que afloró el tema en las reuniones de grupo fue la conciencia de la sostenibilidad, pero sobre todo, el confort y el ahorro. Lo mismo ocurrió en La Borda, la segunda vivienda cooperativo en marcha en Barcelona situado en el barrio de Sants. Se detectó que el 50% de los usuarios sufrían precariedad energética y se invirtió en reducirla. Se apostó por los sistemas bioclimáticos de orientación y se cubrió el patio con un invernadero, entre otras medidas.

Pol Massoni, uno de sus arquitectos y socio de la cooperativa Lacol, explica que el 80% de los vecinos no han puesto la calefacción en Navidad y que la temperatura de las viviendas estaba entre los 20 y los 23 grados. "Ahora es de lo que más hablan los usuarios, más que si es bonito o grande. Que se ponga en valor uno de estos elementos reconoce nuestro trabajo", asegura. Pero el rasgo más característico de La Borda es que su estructura está hecha íntegramente de madera, un material con muy poco impacto en el medio ambiente, desmontable y reciclable.

En estos proyectos, las decisiones clave sobre el edificio se toman de manera colectiva. Que el usuario no sea propietario del lugar donde vive permite "pensar que las viviendas pueden crecer o decrecer porque la vida no es estática", con la perspectiva que aquel espacio, recuerda el arquitecto, "debe ser para mucha gente durante muchos años".

El impulso del estado, clave en la experiencia de otros países

La vivienda cooperativo en Cataluña se fija en la experiencia de otros países de todo el mundo. El más pionero es el danés, favorecido por una larga tradición cooperativista. En Copenhague, la capital, el 30% de las viviendas son de este tipo, mientras que el 20% están regidas por un modelo asociacionista supervisado por el estado que también permite la participación activa de los vecinos. A pesar del éxito, algunos cooperativistas consideran que no es lo suficientemente integrador y que se hace un uso especulativo favorecido por la legislación, que ha intentado acercar el modelo al mercado inmobiliario.

Otro de los países en los que las iniciativas catalanas se reflejan es Uruguay, donde el movimiento cooperativo nació en los años 60 impulsado por el estado con la Ley Nacional de Viviendas. La administración financia el 85% de la construcción y los cooperativistas pueden solicitar ayudas para pagar su parte. En los casos de las llamadas Cooperativas de Ayuda Mutua, los futuros vecinos y sus familiares son la principal mano de obra de la construcción del edificio.

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