¿Por qué crece la desigualdad?

Hay problemas que está constatado que generan desigualdades, como el paro, pero la naturalidad con la que muchos gobernantes aceptan este registro da miedo

Hace poco más de un año, la Universidad Pompeu Fabra invitó a Thomas Piketty, el economista francés que puso el problema de la desigualdad en el centro del debate mundial. Durante la conferencia, Piketty desgranó las tesis recogidas en su 'bestseller' 'El capital en el siglo XXI' y que se pueden resumir en esta frase: el capitalismo es intrínsecamente generador de desigualdades. El boom económico posterior a la Segunda Guerra Mundial parecía que beneficiaba a todos por igual pero, según Piketty, aquello fue la excepción. La norma es hacia donde estamos yendo ahora: un crecimiento de las desigualdades. Al terminar la conferencia, un reputado economista liberal presente en el auditorio confesaba que "las conclusiones son innegables", es decir, que la desigualdad se está disparando, aunque no compartía del todo las soluciones, la más destacada de las cuales consistía en subir los impuestos a los ricos.


El crecimiento de la desigualdad es un fenómeno global,  como demuestra el informe de Intermón Oxfam que se acaba de publicar. Por lo tanto, alguien puede tener la tentación de decir que el capitalismo es intrínsecamente malo. Pero las cosas son más complicadas.


El capitalismo es una máquina eficientíssima para sacar a gente de la pobreza. Se ha visto en China.  Como escribía recientemente en el ARA el economista Tomàs Casas, "nunca un país ha sacado de la pobreza tan rápidamente a una parte tan grande de la humanidad", y lo hizo después de abrazar el capitalismo, aunque todavía con una fuerte supervisión del estado. Según un estudio del 'think tank' Brookings, entre el 1990 y el 2010 1.000 millones de personas del planeta salieron de la pobreza. Pero, como dice Antón Costas, catedrático y presidente del Círculo de Economía, "pobreza y desigualdad son cosas diferentes". Costas alerta de que "el capitalismo saca a gente de la pobreza, pero puede que la nueva riqueza generada vaya a parar sólo a determinadas capas de la sociedad".


Piketty señaló un problema existente, casi palpable en países como España ( el más desigual de Europa, sólo por detrás de Letonia), y se generó bastante consenso a la hora de admitir que las desigualdades estaban creciendo. Pero el debate sobre las soluciones no fue mucho más allá.


Hay problemas que está constatado que generan desigualdades. El principal es el paro, motivo que, según los expertos, explica en buena parte el crecimiento desbocado de la desigualdad en Barcelona, Cataluña y España. Este abril hará seis años que España tiene una tasa de paro superior al 20%. La naturalidad con la que muchos gobernantes aceptan este registro (a menudo argumentando en privado que la tasa real es inferior) da miedo. Como si se tuviese que aceptar un dato que no existe en casi ningún otro lugar del planeta.


Lo que es peor es que el mundo no se detiene y que hay más peligros que amenazan la igualdad, independientemente de si se resuelve el problema del paro. Uno de ellos es el de los avances tecnológicos y la creciente mecanización de los puestos de trabajo, según el reputado economista Jordi Galí. En algunos sectores, pocas empresas lo dominan todo. Es el llamado efecto ' winner takes all' (el ganador se lo queda todo). "¿Quién irá a un concierto de una orquesta de segunda si puede experimentar desde casa la sensación de un directo con la Filarmónica de Berlín a un precio bajo y el día y a la hora que quiera?", se preguntaba Galí en un artículo publicado en este diario. "El efecto 'winner takes all', combinado con la mecanización creciente de gran parte de los trabajos no creativos o de alta cualificación, puede llevar a una polarización creciente de la distribución de la renta, con la paulatina desaparición de la clase media", sentenciaba.


¿Cuál es la solución? En este punto es interesante volver a Piketty, que, meses después de publicar su famoso libro, escribió un artículo académico que pasó mucho más desapercibido. En él, el economista decía que el "principal papel" en la generación de desigualdad corresponde "a los cambios institucionales y los choques políticos". Es decir, la calidad de la política y de las instituciones es lo más importante. Pero para ello se necesitan dos cosas: buenas instituciones y electores exigentes. ¿Tenemos ambas cosas?

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