En defensa de Carles Rahola y Carles Puigdemont

La democracia no se puede defender tergiversando la figura de un demócrata pacífico, profundament humano

Me he emocionado al releer ahora, de una tirada, el libro que Josep Benet publicó en 1999, Carles Rahola, afusellat. Me ha producido tristeza y rabia. Por la injusticia que supuso que Franco hiciera ejecutar el 15 de marzo de 1939 a ese hombre bondadoso y por el uso ignominioso que ahora han hecho cierta prensa y ciertos políticos de su memoria. ¿Cómo han osado? ¿Saben realmente quién es, qué pensaba, qué hizo Carles Rahola? La democracia no se puede defender desde la mentira y la desmemoria. La democracia no se puede defender tergiversando la figura de un demócrata pacífico, profundamente humano, ejemplo de tolerancia cívica, como lo han testimoniado tantas personalidades, desde Josep Pla hasta Tomás Garcés, o como lo corroboran los esfuerzos fallidos de franquistas conspicuos que intentaron evitar su asesinato supuestamente legal, como el historiador Ferran Valls i Taberner, el militar Antonio Correa Véglison (en ese momento gobernador civil de Girona), Miquel Mateu i Pla (entonces alcalde de Barcelona) o el obispo Josep Cartañà.


Nada sirvió: el Caudillo firmó el enterado. En el juicio sumarísimo, una farsa sin ninguna garantía jurídica, no contó que Carles Rahola hubiera ayudado a salvar curas durante los años de la guerra. Fue condenado a muerte por algo que no era: "Separatista". Entre las pruebas incriminatorias se econtraba el artículo que ahora se ha utilizado torpemente para atacar al nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, un enamorado de Girona y Cataluña, al igual que Rahola. Republicano y catalanista de izquierdas, creyente, ponderado, hombre de letras y de familia, Rahola no militó nunca en ningún partido y fue sobre todo una excelente persona. Incluso el presidente del tribunal militar, en un gesto nada habitual en esos momentos, disintió de la sentencia condenatoria con un voto particular.


Miembro de la Real Academia de la Historia de Madrid y de la de Bones Lletres de Barcelona, abrumado por la revolución y la guerra, en esos años de guerra Rahola prácticamente había dejado de escribir en la prensa. Se había recluido en el trabajo, en los archivos, en casa. Con un talante de concordia y de paz, todo aquello lo había trastornado. Sólo iba publicando algunos textos de divulgación histórica, tan sólo con dos excepciones.


Cuando en 1938 la aviación franquista, integrada mayoritariamente por aviadores italianos y alemanes, intensificó sus bombardeos, rompió su silencio contra aquella barbarie. El 8 de febrero de 1938 publicó en L'Autonomista, el diario gerundense que dirigía su hermano Darius, el artículo "Refugis i jardins", en el que lamentaba la desaparición de un jardín para niños para hacer un refugio antiaéreo. Y el 6 de agosto del mismo año escribió "L'heroisme", en el que usaba el prólogo que años antes él mismo había hecho para la traducción de la obra homónima de Maeterlinck y en el que, como explica Josep Benet, glosaba el comportamiento heroico del pueblo belga ante la invasión de su país por parte de los ejércitos alemanes durante la Primera Guerra Mundial. El artículo terminaba con una breve referencia a la guerra que sufrían los pueblos de España.


Decía así: "Con los mismos procedimientos, los alemanes, junto con los italianos, se dedican hoy a la destrucción metódica, científica y sistemática de Cataluña y las otras tierras hermanas. Y hoy, como ayer, nuestra esperanza de liberación es firme y fervorosa. Los invasores serán expulsados de Cataluña, como lo fueron de la pacífica Bélgica, y nuestra tierra volverá a ser, bajo la República, en la paz y el trabajo, señora de su libertad y de sus destinos". La última frase de la cita, sacada de contexto, es la que ahora le ha sido reprochada a Puigdemont. Sobran los comentarios, ¿verdad? Los dos artículos mencionados fueron las pruebas principales para fusilar a Rahola.


Un Rahola que en 1934 había publicado una monografía histórica sobre la pena de muerte en Girona en los siglos XVIII y XIX. Lo acababa así: "Tenemos que desear, por sentimientos de humanidad y por espíritu cristiano [...], que no vuelva a levantarse el patíbulo en el cuerpo augusto de la noble y querida Girona". Dos años después volvía a haber ejecuciones (3 militares acusados de haber participado en el alzamiento franquista). Durante el periodo bélico republicano hubo 15 fusilados más. En los inicios de la dictadura las ejecuciones se dispararon. Llegó a haber 69 en un solo día. Horas antes de su ejecución, en capilla, Rahola, de 58 años, escribió a su familia: "Queridísima Rosa, hijos míos idolatrados, Ferran, Maria y Carolina: me despido de vosotros para la Eternidad. Todos vosotros sabéis cómo mi vida es pura y luminosa; todos sabéis cómo he vivido en la honestidad; cómo he trabajado con fe; con qué intensidad os he amado. Me voy hacia el Más Allá, tranquilo y sereno [...]. No creo dejar ningún enemigo en esta tierra, en la dulce Cataluña que he amado tanto, en esta Girona de mis amores, ni tampoco fuera de ella". Tengamos respeto por este gran hombre.