El funeral del bipartidismo

La derecha y la izquierda francesas dicen que tienen que rectificar. El PP y el PSOE ni siquiera eso: siguen convencidos de que sólo ellos pueden gobernar

1. LA BRONCA. La cara de Mariano Rajoy cuando hizo la intervención de clausura del debate con Pedro Sánchez era la de un boxeador grogui. Rajoy no tuvo el coraje moral de dimitir cuando estalló el caso Bárcenas y llevará marcado este estigma siempre. Desde entonces su credibilidad es nula, especialmente en materia de corrupción. Sánchez lo intentó explotar. Un debate aburrido a más no poder, en un marco estético y musical propio del antiguo régimen, derivó hacia una bronca que podría quedar como símbolo del entierro del régimen bipartidista. Fue la expresión de dos impotencias. El PP no tendría que haber vuelto a presentar nunca a un líder marcado de esta manera. Su candidatura sólo se explica por el carácter absolutamente jerárquico de los partidos políticos -“el que se mueve no sale en la foto”-, a imagen y semejanza de un régimen montado sobre la hegemonía absoluta del poder ejecutivo. Y el PSOE, incapaz de anticipar la crisis del bipartidismo y dar un paso adelante, sigue obsesionado en la defensa del statu quo, mientras su posición merma inexorablemente de una elección a otra. Ambos han aceptado resignadamente la política del vacío: la sumisión a los expertos y a las instituciones contramayoritarias y la renuncia al proyecto político. Y sin política no hay democracia.

En el funeral del bipartidismo del lunes Pedro Sánchez no ofreció ningún proyecto político diferenciado porque no lo tiene, y Mariano Rajoy lo tiene -la sumisión a la ortodoxia que emana de poderes superiores- pero lo camufla bajo un arsenal numérico porque no se atreve a explicarlo en su cruda realidad: desigualdad, desocialización, desamparo. La incapacidad de transmitir proyectos políticos en los que los ciudadanos se sientan incluidos y representados ha abierto grandes brechas en las murallas protectoras del bipartidismo. La renuncia a la política es tal que Rajoy y Sánchez pasaron de puntillas sobre la cuestión catalana. Si no tienen coraje para debatir sobre un conflicto de tanta envergadura, ni propuestas para afrontarlo, ¿qué hacen en política? La política de la renuncia a la política conduce inexorablemente al autoritarismo posdemocrático, que confunde la ley con la realidad y la convierte en jaula de hierro, y no en un sistema convencional de normas compartidas. El aire casposo del cara a cara es la más rotunda expresión de un régimen gripado. Es probable que uno de los dos -seguramente Rajoy- gobierne, pero sólo será un cadáver político para alargar la agonía de un régimen que se resiste a evolucionar. Se las quisieron arreglar ellos dos solos y fue evidente que no estaban todos, y que aquel duelo correspondía a otro momento. Ganaron los que quedaron fuera del debate.

2. LA DESATENCIÓN. “Para ellos ya estamos muertos, no existimos”. “Ellos” eran Los Republicanos y los socialistas franceses. Con estas palabras justificaba su voto un nuevo elector del Frente Nacional. Esta es la cuestión sobre la que deberían reflexionar Valls, Sarkozy y compañía, pero también Rajoy, Sánchez y el resto de defensores del establishment bipartidista cuando se sorprenden del ascenso de los partidos llamados emergentes o populistas. Se ha desatendido a la gente, se la ha dejado de la mano de Dios. No sólo se les niega la atención, sino incluso el reconocimiento y la palabra. Se habla de personas y se contesta con estadísticas, como hizo Rajoy cuando Sánchez le leyó la carta de una señora que había perdido las ayudas públicas. En Francia el vacío dejado por la autosuficiencia de la clase dirigente, que ha olvidado que la política es el único poder de los que no tienen poder, ha dado a la extrema derecha la oportunidad de amenazar la República. En España el duopolio del PP y del PSOE, con una concepción patrimonial de las instituciones, ha convertido el régimen político en un búnker que ahora empieza a tambalearse ante movimientos democráticos de derechas (Ciudadanos), de izquierdas (Podemos) o independentistas. En ambos casos la crisis de los sistemas de gobierno instalados tienen un mismo fundamento: los ciudadanos perciben que no cuentan con ellos. La derecha y la izquierda francesas dicen que tienen que rectificar. Ahora falta que lo hagan. El PP y el PSOE ni siquiera eso. Siguen convencidos de que sólo ellos pueden gobernar.

Más contenidos de

El + vist

El + comentat