¿Aprenderá a pactar, España?

Lo que nos espera en los próximos meses es impredecible

Una cosa es segura, Rajoy se va y con ese personaje pasarán a segundo plano muchos otros protagonistas de la política de estos años. Pero después de darle muchas vueltas a los resultados, cifras y combinaciones, sigue sin resolverse el motivo de la crisis de estado que pretendían solventar en estas elecciones generales: acabar con la demanda de la sociedad catalana.

La pasada campaña fue un bombardeo mediático por tierra, mar y aire en el espacio comunicacional español. Los televidentes de TVE, Cuatro, A3 y LaSexta disfrutaron de un empacho de cuatripartidismo. Los medios de comunicación que emiten desde Madrid, con la complicidad de la Junta Electoral Central, barrieron del escenario no solo a formaciones canarias, navarras, vascas, gallegas y catalanas que tenían representación parlamentaria sino también a dos partidos que molestaban a la “Operación Emergente”, IU y UPyD. Esa racionalización drástica del sistema de partidos pretendía garantizar dos objetivos: un gobierno que aceptase seguir las políticas indicadas desde la Comisión Europea y anular la demanda catalana de soberanía o independencia.

La demostración de fuerza de los poderes que están detrás de esos medios fue aplastante. Sin embargo, ningún proceso es completamente predecible. Afortunadamente la vida se sigue colando en la máquina a través del azar, y la votación les resultó un desastre.

Ante este espectáculo no sólo la Comisión Europea está preocupada, también la Casa Real. Al considerar el escenario político inminente, los comentaristas españoles parecen olvidar o desconocer que el jefe del estado no es un Presidente sino el Rey. Pero ésa es una peculiaridad de la democracia española, el fingimiento de la libertad simulando olvidos y cegueras.

El caso es que el nuevo Rey se verá obligado inmediatamente a jugar un papel activo en el proceso de formar Gobierno. Y será tarea bien complicada, porque el gobierno de “gran coalición”, una posibilidad que ya sondearon desde el aparato del estado hace un año y que ahora volverán a considerar, será imposible. Por un lado no es creíble porque representa justo lo contrario de lo que expresa la votación, una crítica a esos dos partidos y un deseo de cambio. Sería percibido como una traición al sentido del voto y conduciría a una desautorización de la misma jefatura del estado. Por otro lado acarrearía la desaparición del PSOE, puesto que ahora existe otro partido, Podemos, que ya le ha comido las piernas y recogería inmediatamente el voto descontento.

Un gobierno alternativo formado por el PSOE pactando mayoría con otros grupos también es imposible. La condición de celebrar un referéndum que pone Podemos es rechazada por algunos de sus barones o baronesas. El PSOE presumía hasta hace unos años de representar bastante bien la diversidad territorial española, pero hoy es un partido que representa fundamentalmente a la mitad sur del territorio español: Andalucía, Extremadura, la Castilla manchega...Buena parte de su electorado ha sido educado estos años, también por dirigentes socialistas, en un españolismo anticatalán que lo incapacita para tener alguna iniciativa hacia Cataluña, mucho menos ofrecer un referéndum verdadero. Por otra parte, de esa incapacidad obtiene provecho Podemos, que ya se ofrece como el único partido español capaz de ofrecer una salida.

Claro que para que todos los poderes del estado, y por tanto también el Rey, acepten eso faltan semanas, meses, fracasos en la formación de gobierno... y unas nuevas elecciones que vuelvan a confirmar que Cataluña no era un souflé de crema catalana que se iban a merendar en Madrid. Pero para que el estado haga una propuesta de referéndum es preciso confirmar que cuando España despierte de su sueño los catalanes sigan ahí.

Por ahora el resultado electoral confirma que la mayor parte del electorado catalán mantiene su demanda de soberanía, el llamado derecho a decidir, en la medida en que En Comú Podem, que resultó la fuerza más votada, y otras fuerzas también la mantienen. El crecimiento de esa candidatura no es sorprendente, lo pasmoso es que haya habido tanto voto fiel a las candidaturas que llevan adelante el proceso de crear instituciones de estado propias. Resulta difícil de explicar que les hayan mantenido el apoyo ante el largo y penoso espectáculo para conseguir investir un presidente de la Generalitat.

Hay cuatro fuerzas políticas que pueden coincidir en un acuerdo nacional catalán básico, pues Esquerra, Convergència y la CUP, aunque prosigan su camino de institucionalizar un estado catalán, no podrían rechazar la oferta de un referéndum que defiende En Comú Podem. Si ninguna rompe ese acuerdo, Cataluña encontraría una salida, la que fuese, a su coyuntura histórica con el respaldo democrático claro de la sociedad.

Pero lo que nos espera en las semanas y meses próximos es impredecible, porque la cultura nacional española es enemiga del diálogo y el pacto. Aun suponiendo que los partidos españoles aprendan a negociar y pactar, lo que no pueden digerir es el pacto de soberanías, pactar España con Cataluña. Es un escenario que crea gran ansiedad a una parte de la población, pero que sobre todo no interesa nada a los poderes del estado. Solo el fracaso de cualquier otra fórmula y las presiones exteriores obligarían a ceder a los poderes de la corte.

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