De lo nacional a lo social a lo nacional

La audacia y la ambición de la política catalana son un desafío a la imaginación de la española, incapaz de otra alternativa que no sean negativas

La sociedad catalana ya no se asombra con cada nueva vuelta de tuerca, vive en el asombro desde hace cinco años y se queda atónita al verse en el espejo. Aquella imagen impostada de tranquilidad, aquel tiempo y aquel país no volverán. Cataluña ya no es ni volverá a ser nunca la que era hace cinco años, ni para ella misma ni para los españoles. La imagen de sentido común, astucia y mansedumbre mudó a la de rebeldía caótica y audaz.


Los poderes madrileños, que desencadenaron irresponsablemente hace unos años una furia inesperada, están con la boca abierta. No saben lo que pueden esperar de estos catalanes, es obvio que son capaces de cualquier cosa; incluso de cosas que ni ellos mismos se habían atrevido a soñar. A estas alturas, qué ridículos los fingimientos de la política y los medios españoles: quienes demonizaron y despreciaron a Mas todos estos años, quienes antes ridiculizaban a la CUP pero hace dos días celebraban que no invistiese a Mas, critican ahora su apoyo a Puigdemont como si fuesen votantes defraudados. Un torrente de quejas y lamentos desde la izquierda y desde la derecha españolas que revelan cómo les escuece ese acuerdo. Muestran la impotencia y desconcierto de una política que, ante la intrepidez de la catalana, resulta toda ella “vieja política”.


La sociedad catalana no está presa del miedo, como lo está el conjunto de la española, atrapada en la ansiedad de “la unidad de España” con su correlato de monarquía obligatoria y el ejército en el rabillo del ojo. Y lo que acaban de pactar esas dos candidaturas puede parecer razonable o no y se pueden compartir sus objetivos o no, pero el trabajo de los políticos es buscar soluciones y salidas para conseguir sus objetivos. Y lo han hecho. ¿Será capaz la política española de aprender la lección? ¿Será capaz de formar un gobierno progresista sobre alianzas? ¿O quedará atrapada en los límites impuestos, los miedos, las presiones? La audacia y la ambición de la política catalana son un desafío a la imaginación de la española, incapaz de otra alternativa que no sean negativas.


La decisión de Junts pel Sí y la CUP le devuelve al soberanismo la iniciativa política que había perdido desde que Podemos prometió que defendería un referéndum. El movimiento cívico y político catalán se levanta sobre la reclamación del “derecho a decidir”: la aceptación de un referéndum desde un partido estatal le quitó fuerza al argumento político del soberanismo, que se justifica en que el Estado y la política española no reconocen a la ciudadanía catalana. Impedir votar a una persona es negarle un derecho particular como ciudadano, pero negárselo a todos los habitantes de un territorio es una coacción a todo un país y crea un problema nacional. Que un partido con dirección en Madrid prometiese defender ese derecho debilitó el marco nacional catalán del problema y, de hecho, el triunfo electoral de En Comú Podem reinsertó a Cataluña, que parecía un espacio político independiente y soberano, dentro de los parámetros de la política española.

Se comprenden las insistentes críticas a Mas, a la política de Convergencia y a la corrupción de los Pujol y las alabanzas a la coherencia izquierdista de la CUP, porque ese proceso de carácter fundamentalmente nacional se detiene al pasar a un eje social o de clase que acepte el actual marco estatal.


El acuerdo para investir a un presidente es un triunfo político del soberanismo porque recupera el control del juego. Puede ser que la política española ofrezca un referéndum o no, se verá, pero no bastará con que la ciudadanía pueda acudir a las urnas un día: el empoderamiento de la sociedad catalana no tiene vuelta atrás. Me es imposible imaginar una Cataluña como la de hace cinco años, una comunidad autónoma española sin más.

El soberanismo no tiene bastante base social como para concluir su proyecto, pero sí tiene base legal y, en este momento, iniciativa política para seguir conduciéndolo. En algún momento tendrá que haber un diálogo y una negociación con algún gobierno español y se establecerá algún acuerdo que reconozca alguna forma de soberanía política a Cataluña. Y eso es deseable para una sociedad catalana que merece recoger algún fruto y no debe acabar frustrada y vencida, pero también para una España que no tendrá más remedio que afrontar que está sometida a poderes centralistas que utilizan su miedo, su falta de sentido cívico, su nacionalismo paralizante y su falta de amor por la libertad.


Algún día los españoles compdenderan que "la unidad de España" no sólo es una carcel de países sino también una trampa para las aspiraciones de justicia y libertad.

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