PANDÈMIA

Todos los colores del coronavirus : mutaciones, cepas y variantes

Todavía son necesarios muchos experimentos para saber cómo afectan las nuevas variantes

La mayoría de mutaciones que experimenta el coronavirus no tienen ningún efecto, pero las que varían las proteínas de la cápsula pueden hacerlo más peligroso. / GETTY

Desde que, la semana antes de Navidad, el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, anunció en una rueda de prensa que una nueva versión del SARS-CoV-2 se había convertido en predominante en el sur de Inglaterra, una de las principales preocupaciones ha sido cómo afectarán estos cambios del virus a la gestión de la pandemia. ¿Tenemos que temer un empeoramiento de la covid-19?

Para responder a esta pregunta primero hay que distinguir entre variante y cepa. A pesar de que son términos que a veces se usan indistintamente porque no hay una definición lo bastante clara, la mayoría de expertos reservan la calificación de cepa a un microorganismo que ha cambiado de forma bastante sustancial su genoma respecto a la forma original para presentar unas características funcionales propias y provocar una respuesta inmune diferente. La variante, en cambio, solo tendría algunas divergencias y se consideraría un subtipo de la misma cepa, con un comportamiento similar, si bien no necesariamente idéntico. Estos cambios genéticos, tanto los que llevan a una variante como a una cepa, se producen por las mutaciones, alteraciones aleatorias en un punto del genoma del virus.

Mutantes por naturaleza

Todos los virus mutan, pero algunos lo hacen más a menudo que otros. El de la gripe, por ejemplo, lo hace de manera importante cada año. El VIH es peor, porque muta constantemente, y este es uno de los motivos por los cuales todavía no se ha conseguido diseñar una vacuna para pararlo, a pesar de que hace décadas que se conoce. Al otro extremo estaría el virus del sarampión, que es de los más estables (por eso la vacuna solo hay que ponerla una vez en la vida). El SARS-CoV-2 no es tan estable, pero también es de los que cambian relativamente poco. Muchas de las mutaciones que sufre no provocan ninguno otro cambio en el virus, y solo alguna de vez en cuando tiene como resultado una pequeña variación en las proteínas que forman la cápsula. Estas sustancias son las que pueden alterar las propiedades y hacerlo más peligroso.

La nueva versión del coronavirus se considera que es una variante. Ha recibido el nombre de VOC-202012/01 y pertenece al linaje genético tipo B. 1. 1. 7. Es mejor usar estas etiquetas en lugar de llamarla “la variante inglesa”, puesto que se ha encontrado de momento en treinta y cinco países (y es muy posible que todavía esté más extendido). Además, todavía no hay ninguna certeza que surgiera en el Reino Unido: fue el primer país en detectarla (la descubrieron el 20 de septiembre), pero esto puede ser simplemente porque es uno de los que más estudios genéticos hace.

Esta no es la primera variante del SARS-CoV-2 que se detecta: se conocen miles (agrupadas en cinco familias principales, denominadas clades), y algunas ya se habían convertido en prevalentes antes. Por ejemplo, una con la mutación llamada D614G, que se vio primero en Europa en febrero y ahora es dominante en todo el mundo. O la variante conocida como 20a.eu1, que trae la mutación A222V y se esparció rápidamente por todo Europa en verano después de aparecer primero en España. No ha habido, en cambio, variaciones bastante importantes para que alguna de estas variaciones se pueda llamar cepa.

La mutación N501Y

La VOC-202012/01 presenta una veintena de mutaciones nuevas, pero el cambio principal es en la proteína que permite que el virus se una a las células humanas que invade. Una de estas mutaciones, la N501Y, podría hacer que el virus se enganchara más fácilmente a su diana (la proteína ACE-2) y por eso fuera más infeccioso. Pero la N501Y no es exclusiva de esta variante, puesto que se ha visto también en la variante 501Y.V2 detectada estos días en Suráfrica (un país que, como el Reino Unido, está en un momento crítico de descontrol de la pandemia). Esta mutación también se ha detectado en algunas otras variantes que circulan desde hace meses en Australia, los Estados Unidos y el Brasil.

Toda la información que tenemos sobre la VOC-202012/01 es preliminar. Los datos epidemiológicos del Reino Unido sugieren que se transmite más rápido (se ha calculado que es un 50% más efectiva a la hora de infectar, con una tasa de infección (R0 ) 0,4 puntos más alta), pero esto no se ha visto todavía en ninguno de los otros países donde se ha detectado. Podría, por lo tanto, haber otras explicaciones del aumento de su prevalencia. De hecho, otras variantes se han convertido en predominantes en una zona sin que necesariamente aumentara su infectividad, como la misma 20a.eu1 española. Probablemente harán falta meses de experimentos para saberlo con seguridad.

Lo que parece seguro es que la nueva variante no provoca más casos graves ni más mortalidad, la detectan fácilmente los tests disponibles y los análisis recientes indican que los anticuerpos que generan las vacunas que se están dando también la reconocerían (por suerte, si nunca apareciera una variante que se escapara de las vacunas, solo harían falta unas semanas para readaptarlas y empezar a producir nuevas).

El único problema, pues, sería este posible aumento de infectividad, que, si se confirma, podría complicar la gestión de esta fase final de la pandemia, puesto que habría que aplicar medidas más restrictivas y más prolongadas en el tiempo para poder allanar las curvas de contagios en los lugares donde la VOC-202012/01 fuera dominante y evitar así la temida saturación de los hospitales.

Salvador Macip es investigador de la Universidad de Leicester y de la UOC

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