Cuando enfermar es un lujo

Millones de personas en el mundo morirán de hambre si sobreviven al coronavirus

El vídeo muestra gente que se desploma en plena calle, asfixiándose bajo la mascarilla. Hombres y mujeres en chanclas acarreando cadáveres envueltos en mantas, cuerpos amortajados en habitáculos que esperan desde hace días ser llevados a un depósito y muertos abandonados a su suerte, algunos en rústicos féretros y otros enrollados en sábanas. Los cadáveres ya no caben en las morgues, ni en los cementerios. Lo más preocupante es que son imágenes de Guayaquil, la segunda ciudad de Ecuador, un país que ni siquiera figura entre los diez más pobres de América Latina. La peor cara del coronavirus se dejará ver en lugares como Haití, Nicaragua u Honduras, en Yemen o Bangladesh, en Africa o en el Sureste Asiático, en esa ingente mayoría del planeta donde no hay medios, personal, información o ni siquiera jabón para contener la pandemia. 

Para la mayoría, dejar temporalmente el trabajo es un lujo inalcanzable. También lo sería aislarse en lugares tan densamente poblados como Africa, con 1.200 millones, India, con 1.300 millones, u Oriente Próximo, donde las familias comparten baño, cuando éste existe. 

Mientras los occidentales nos lamentamos por nuestro encierro de oro, con streaming y palomitas, millones son condenados por una enfermedad que les matará de hambre o de neumonía. Los confinamientos funcionan en poblaciones educadas y con acceso a la información, que conocen los motivos y acatan las medidas de forma consciente e interesada. Pero esa no es la situación de buena parte del mundo, donde la falta de recursos -desde Internet a agua potable- son tan preocupantes como la ausencia de un Estado creíble y estructurado, capaz de implantar decisiones y carente de un sistema sanitario sólido.  

En Bangladesh, hace pocos días se concentraron 25.000 personas para rezar por el final del coronavirus; en Afganistán, a donde han regresado 140.000 emigrantes procedentes de Irán (uno de los focos mundiales de la pandemia), sólo hay 12 respiradores en los dos hospitales designados para tratar el covid-19; en India cientos de millones de personas se debaten entre morir de inanición en sus casas y ser infectados trabajando en las calles; en Brasil, las bandas de traficantes que controlan las favelas en Río de Janeiro han decretado el confinamiento obligatorio en sus territorios ante la desidia de un Gobierno, el del populista Jair Bolsonaro, que quita hierro a la plaga que ha contagiado a un millón en el mundo. 

Confinados como reos

Buena parte de los 3,900 millones de personas bajo confinamiento sufren condiciones que más se parecen a las de los reos, hacinados y desamparados, que a nuestra jaula de oro. A eso se suma la aporofobia: Tailandia expulsó a 60.000 trabajadores asiáticos acusados de portar el virus: si alguno estaba contagiado, lo llevó a su país de origen. En Birmania, dictadura que presumía de estar libre de coronavirus, el primer fallecido por covid-19 hace pensar que la enfermedad se ha expandido durante semanas sin control: los expertos hablan de una “catástrofe” en ciernes, como ocurre con tantos lugares olvidados como Gaza, con una de las tasas de densidad de población más altas del mundo. 

La idea de un brote de coronavirus en lugares donde el hacinamiento es lo habitual, convirtiendo en una entelequia el confinamiento -Asia Central, el Subcontinente Indio, el Sureste Asiático, el Africa subsahariana o en los conflictos y campos de refugiados- genera escalofríos por la magnitud potencial del desastre en número de muertos, como también preocupa cómo se alimentarán los países más vulnerables, ahora que la demanda de manufactura barata desde Occidente se ha paralizado: sólo en el Africa subsahariana, el 85% de los empleos dependen de la economía informal. Si sobreviven al covid-19, les matará el hambre.