El lector accidental

Sobre los libros más vendidos y sobre ganarse el pan

¿Son indiscutibles las cifras de ventas de libros? Varían según el medio que las publica

De tarde en tarde algún editor de confianza me sorprende publicando un libro que se me cae de las manos. Cuando lo interrogo, el editor me responde: “Se vende bien”. Este criterio también es esgrimido por algunos autores, especialmente si han recibido críticas negativas. Y es que, junto a las críticas y los premios, las ventas son el tercer criterio para juzgar una obra, y de hecho el único cuantificable. Un crítico o un miembro del jurado pueden ponerse en entredicho, pero las cifras de ventas son indiscutibles. Cuando la autoridad está en crisis, el mercado ocupa su lugar.

Ahora bien: ¿son indiscutibles las cifras de ventas? Las listas de los más vendidos varían según el medio que las publica, con un criterio parecido al de las intenciones de voto, puesto que a menudo obedecen a un wishful thinking. La web del Gremio de Editores hace públicas las cifras cada semana, pero quedan zonas muertas, como los libros de lectura obligatoria en la enseñanza. Sea como fuere, esta obsesión por las listas de más vendidos no la encontramos en otros ámbitos. En una publicación sobre cocina, por ejemplo, predomina el interés por la calidad y el sabor de los productos, en vez de podios construidos a partir del consumo (donde probablemente destacarían las pizzas cuatro estaciones y las hamburguesas con doble ración de queso).

Éxito comercial y excelencia

¿Hasta qué punto podemos vincular la calidad de un libro con el número de ejemplares vendidos? El éxito comercial no siempre es indicativo de excelencia, pero sí de ganarse el pan, que es un tema relevante, ciertamente, pero relacionado con el cálculo de viabilidad y no con la literatura. Borges empezó pagándose las ediciones, pero esto no significa que todos los autores sin editor hayan escrito El Aleph. La cosa se complica si tenemos en cuenta que vender muchos libros tampoco tiene un significado inequívoco: lo han hecho Agatha Christie y Salinger, Cervantes y Coelho, Corín Tellado y Charles Dickens.

Una de las características de la literatura catalana es la fiesta de Sant Jordi, una anomalía que concentra las ventas en un solo día del año, convierte los libreros en meteorólogos y a menudo es el único acto literario que organizan escuelas e institutos, de forma que acabamos vinculando la literatura con la minoría de edad. En el último Sant Jordi los más vendidos fueron Irene Solà y Pilar Rahola, como otros años lo han sido Jaume Cabré y Albert Espinosa. ¿Sant Jordi tiene dos almas? Quizás sí. Antes del 23 de abril, los diarios publican recomendaciones; después, listas de los más vendidos. Entremedias, grupos de alumnos, de boy scouts y de asociaciones diversas llenan las paradas de novelas de fórmula como las de Sánchez Piñol y de obras comerciales de calidad como las que firman Xavier Bosch, Sílvia Soler, Rafel Nadal o Care Santos. Si dejamos aparte la ficción, resulta que los más vendidos de Sant Jordi están firmados por “autores” como Carles Reixach (2008), Eduard Punset (2010) o Jordi Pujol (2012). Tampoco es tan extraño, puesto que lo que predomina el 23 de abril son los lectores ocasionales y los regalos de compromiso. Y, no obstante, el día siguiente los libros más vendidos continúan abriendo las secciones de cultura, y no las de economía o de sociedad.

Años atrás, las cifras eran misteriosas. A finales del siglo XX, anunciar ventas fenomenales era la mejor campaña de marketing, puesto que abría las puertas de los medios y de las librerías en una espiral que acababa nutriéndose de sí misma. Hablo de libros que hoy sólo recuerdan los nostálgicos, como el Amorrada al piló de Maria Jaén o el Mossèn Tronxo de Josep M. Ballarín. Todavía más arriba, a tocar del cielo, se ensartaban obras de lectura obligatoria que hoy cubrimos con un silencio piadoso: el Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo o El zoo d'en Pitus de Sebastià Sorribas (he conocido ciudadanos que sólo habían leído uno de estos dos libros, y nunca más ningún otro; ¿quién se lo puede reprochar?).

La fiabilidad de la crítica

Una de las preguntas más habituales de los talleres de escritura es: ¿cómo puedo saber que una obra es buena? De los tres criterios que hemos mencionado, el más fiable es el de la crítica. Si lo fueran los premios, el narrador más relevante del siglo XX seria Baltasar Porcel, que obtuvo los más suculentos: Ciutat de Palma, Josep Pla, Prudenci Bertrana (dos veces), Ramon Llull, Sant Joan y Sant Jordi. Ni Jesús Moncada ni Sergi Pàmies ganaron ninguno de estos premios, y hoy en día son mucho más respetados que Porcel, a quienes hoy en día recordamos (o no) como cargo de confianza de CiU. La plaza del Diamante ha tenido una vida mucho más larga y llena que la novela que ganó el premio Sant Jordi el año que Mercè Rodoreda lo presentó. En cuanto a las ventas, no solo no tienen una relación directa con la calidad, sino que ni siquiera representan una parte importante de los ingresos: un autor que quiera comer caliente cada día tiene que elegir entre espabilarse para encontrar otro trabajo o convertirse en artista del hambre. Como dijo Terenci Moix, “Aquí solo se puede vivir de la pluma con el morro que tengo yo”.

Para saber si un libro es bueno no hay ningún criterio irrefutable. La respuesta la encontrará cada cual si lee, compara y edifica, a lo largo de años, un gusto propio, discutible pero innegociable. Esta tarea individual ha tenido en contra un largo malentendido denominado Normalización, del cual hablaremos en el artículo siguiente.

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