ARTES ESCÉNICAS

Así son las jóvenes actrices que están marcando el paso del teatro catalán

Una nueva generación de actrices catalanas está cogiendo cada vez más protagonismo en el 'star system' por sus apariciones en el teatro, el cine o la televisión. Conversamos con Elisabet Casanovas, Laia Manzanares, Tamara Ndong y Elena Tarrats para saber qué las mueve en el mundo de la interpretación

Así son las jóvenes actrices que están marcando el paso del teatro catalán

Mientras rodaba Cleopatra, Laurence Olivier le espetó a Richard Burton: “Decídete, querido. ¿Quieres ser un gran actor o una palabra popular?” Esta es, seguramente, la dicotomía a la que se enfrentan la mayoría de grandes actores y actrices de todo el mundo cuando empiezan y las cosas les van bien. ¿Aprendizaje o fama? ¿Ir por tu cuenta o dejarte llevar por la corriente? Si eres una mujer, la situación todavía se complica más. Si eres catalán, el riesgo crece. Y si, encima, una pandemia bíblica te pasa por encima, más vale que tengas donde agarrarte fuerte.

Ser joven y actriz, en el terreno de la interpretación, es un valor en sí mismo. Elisabet Casanovas se quejaba en una entrevista reciente de que fueran encasilladas con estos adjetivos. Pero es difícil huir de la edad y del momento, y más en un país, el nuestro, con una cultura débil, muy abocado al descubrimiento, donde lo  nuevo compite de igual a igual con lo bueno. Lo que cuenta, seguramente, es la capacidad de cada cual de trazarse un camino, buscar y encontrar a fieles compañeros de viaje que te ayuden a crecer.

Laia Manzanares, Tamara Ndong, Elena Tarrats y Elisabet Casanovas no tienen mucho que ver entre ellas. Algunas han coincidido en las aulas del Institut del Teatre, en algún proyecto audiovisual. Las cuatro, sin embargo, tienen alrededor de 26 años y ya han andado bastante, hasta el punto de que podríamos afirmar que tienen una carrera. Y todas han querido ir o han ido a Madrid, o al final la han dejado, una ciudad con muchas más oportunidades que Barcelona. Hay más teatro y, sobre todo, un mercado audiovisual que aquí siempre hemos soñado... Ellas también han descartado papeles y se han enamorado de un personaje. Han disfrutado de su momento estelar, han podido aprender y han sabido salir adelante, quitándose de encima, si era necesario, clichés. Hace unos años, antes de una visita al Festival Grec, la gran directora británica Katie Mitchell me dijo una frase que me ha hecho pensar mucho desde entonces: “Mis obras son actos políticos que se dirigen a las mujeres jóvenes que vienen detrás mío”. ¿Piensan, ellas, en esto?

Lo mejor es saber quiénes son, de dónde vienen, hacia dónde quieren ir. Les han pasado muchas cosas. Manzanares se ha instalado en Madrid, Ndong ha empezado a trabajar con La Fura dels Baus, Tarrats ha grabado dos discos y Casanovas ha aprendido a cargar la mochila de Tània Illa de Merlí.

La fuerza: Elisabet Casanovas

Cuando le preguntas a Elisabet Casanovas sobre la serie  Merlí, en la que fue Tània Illa, una de las protagonistas durante 40 capítulos, frunce la nariz. Dice que le cuesta hablar de ella misma con perspectiva, pero es consciente de que la serie de TV3 fue “una ventana”. La cuestión es que cuando se estrenó en el TNC en 2017 como la criada de la señora Florentina en La senyora Florentina i el seu amor Homer, con 22 años, y todavía estudiando en el Institut del Teatro, ya era toda una estrella del audiovisual catalán.

El público teatral, en el Nacional, descubrió a una actriz joven con una vis cómica de un potencial estratosférico. “Fue un proceso muy intenso, muy divertido, para mí: las primeras veces siempre son muy intensas”, asegura. Ahí pudo trabajar con actrices veteranas a las que admira como Mercè Sampietro y con un director, Sergi Belbel, que la ha acompañado en todas sus aventuras en el TNC, en la Kassandra de Sergio Blanco y ahora en Monroe-Lamarr de Carles Batlle. “Es un muy buen capitán de barco, un director que te deja crecer”, afirma.

Kassandra fue el trueno: puso toda la carne en el asador y demostró poseer una fuerza, un ímpetu vital, sin medida. Sobre todo porque interpretaba un monólogo que bebía del clásico griego, pero que iba mucho más allá: una prostituta que nos dejaba clavados en la silla gracias a una poética cruda apabullante. Con La tendresa, de Alfredo Sanzol, en el Poliorama llegó a otro público. “La historia, en el fondo, me da igual, tanto si es clásica como contemporánea: por encima de todo está la motivación que me lleva a hacer una obra u otra”, afirma.

Por si no había tenido suficiente, con tantos retos cuando todavía no ha cumplido los 26, este otoño, si la pandemia lo permite, será Marilyn Monroe. “Si pienso mucho que soy Marilyn, me pongo a temblar”, exclama. Esta obra, dice, le ha servido para hacer una inmersión en la figura histórica y darse cuenta, a través de la lectura de dos biografías, de que tuvo “una vida muy dura”. Monroe-Lamarr, aun así, no habla de divismo, sino de una cosa muy diferente: de la cara oculta de muchas mujeres. Batlle recrea un encuentro entre Marilyn y Hedy Lamarr, una actriz del Hollywood clásico que trabajó con Cecil B. DeMille y King Vidor, pero que también fue una importante inventora: creó el spread spectrum o espectro ensanchado por salto de frecuencia, en 1941, el precursor del wifi. “Si por algo me gusta esta obra es porque permite visibilizar cómo ha tratado el patriarcado a las mujeres”, apunta Casanovas.

El confinamiento de la primavera pasada obligó al TNC a cancelar la pieza de Batlle. Hace muchos meses que la ensayan. “Cuando haya público, será un acontecimiento, porque ¡hemos llegado a pensar que solo la hacíamos para los técnicos!”, ríe. Monroe-Lamarr se tenía que estrenar el 19 de noviembre, y si el Govern no abre pronto las plateas se convertirá en un mito.

Este 2020 está siendo de locos para la actriz. Cuando hablamos con ella está en Madrid, grabando para Netflix Fuimos canciones, película de Juana Macías en la cual comparte reparto con María Valverde. También ha estrenado la serie Drama (TVE) y ha rodado Chavalas, de Carol Rodríguez Colás, en Cornellà. “No sé si los actores jóvenes tienen que pasar por Madrid, pero la verdad es que ahí se hacen más cosas”, dice. Ella deja claro que no se establecería en Madrid a lo loco, sin trabajo. “Aprendo mucho rodando en castellano”, añade.

La osadía: Laia Manzanares

Hace cinco años, gracias al videoclip de Tame Impala The less I know the better, hecho por la barcelonesa Canada, Laia Manzanares pasó a ser para muchos la animadora de culto. Tenía 21 años y todavía estudiaba. Más tarde, entraría en la segunda temporada de Merlí como Oksana, la alumna ucraniana, y nos dejaría aturdidos como Ivana en  Temps salvatge de Josep Maria Miró en el TNC. Con 26 años, ahora, ya es todo un mito generacional, conocida en la profesión porque trabaja fuerte, con una carrera importante tanto en la televisión como en el teatro. “Me gusta poder hacer las dos cosas, pero no podría renunciar al teatro, donde disfruto como una bestia”, nos confiesa.

En poco tiempo, desde que se puso el maillot multicolor, la vida artística de Manzanares dio un giro. “Fue la primera vez que me vio la gente”, reconoce. Formó parte de la primera generación de Els Malnascuts, el proyecto joven de Sala Beckett, salió en un capítulo de Cites, llegó Merlí, fue la Clara de Heavies tendres, protagonizó la obra Amanda T... y ha acabado viviendo en Madrid, cosa que le sale más a cuenta, puesto que forma parte del cast de Estoy vivo, una serie de TVE.

A finales de noviembre, estrena en la sala Cuarta Pared Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra, una pieza de María Velasco, una de las directoras más osadas de la escena madrileña. El año pasado ya hizo, en Madrid, una versión del clásico de Miguel Mihura Tres sombreros de copa. “No tenemos que olvidar que el 80% de la producción teatral de España se hace en Madrid”, recuerda la actriz.

“En Barcelona hay más calidad y quizás el teatro es más endogámico; en Madrid, también, pero pasa que hay más lugar, porque hay más producción”, afirma. “Yo, sin embargo, no me quiero casar con nadie”, exclama. Ha trabajado con gente de todo tipo, desde Àlex Mañas hasta Xavier Albertí, de Juanjo Sáez a Eduard Cortés. Y no deja de aprender. “Ha sido un lujo, por ejemplo, poder trabajar con Míriam Iscla en Temps salvatge, puesto que la admiro mucho”, asegura.

Manzanares, formada en la Nancy Tuñón y en el Col·legi de Teatre, siente un poco de vértigo cuando mira atrás, del 2015 hacia aquí. “Estoy muy contenta con todo lo que he hecho, puesto que curro con cosas que me gustan y no he dejado de trabajar”, apunta. Ni la pandemia la ha afectado. Ha podido retomar la serie y solo ha tenido que renunciar a un montaje importante que cambió de fechas a raíz del confinamiento de la primavera. Sabe, aun así, que ser joven y dedicarse al teatro es una actividad de riesgo. “Ser joven y actriz es siempre complicado, puesto que no cabe mucha gente en este mundo”, se lamenta.

La voz: Elena Tarrats

Un buen día de hace muchos años, Elena Tarrats se preguntó: “¿Qué hago en Madrid?” Hacía una temporada que estaba en la ciudad, en el mundo de las series, como muchos jóvenes intérpretes catalanes, que prueban suerte en la capital española para abrirse camino. “¿Tenemos que pasar por aquí? Quizás no”, se dice ahora. Lo cierto es que es actriz desde los 13 años. A los 15 ya salía en la serie Ventdelplà de TV3, a los 18 en Gran Hotel y a los 19 en Cuéntame cómo pasó. Una vida que mira ahora como un recuerdo remoto, centrada como está en el teatro y en su música.

Tarrats no ha pasado, de adulta, por ninguna escuela de teatro. De pequeña había estudiado en Memory y en el Taller de Músics. “A épocas, querría haber hecho algo más ordenado”, dice. Ella ha aprendido en la sala de ensayo, en los platós y en los sets de rodaje. Julio Manrique, con quien en diciembre estrena Les tres germanes en el Lliure, ha sido uno de sus maestros: “Ha sido mi escuela teatral, pero no la única, porque primero trabajé con Dagoll Dagom. Pero Julio mima mucho la llegada de los actores jóvenes: sabe dirigir muy bien, entiende las situaciones”.

Además del Chéjov que ya está ensayando, con Manrique hizo de Heda en el multipremiado  L'ànec salvatge (2017) y de Fedra en el Jerusalem (2019). Dos obras mayores en las que la hemos podido ver explotar. El papel de Irina en Les tres germanes es, quizás, subir un escalón más, puesto que nos encontramos ante un personaje que todas las actrices de su edad aspiran a hacer, una chica que “empieza con una luz muy grande que acaba siendo muy pequeña”.

Si Tarrats le pide algo a la profesión es que haya “ilusión”, “conexión con la alegría de hacer, que no haya sufrimiento por demostrar nada, por competir”, un cierto sentimiento de “comunidad”. “Si así fuera, no habría ni desigualdad de género, ni estigmas raciales”, dispara. Dice que, aun así, no es muy “activista” y que, en el fondo, el estado de la profesión es “un reflejo de la sociedad”. Asegura evitar el individualismo propio de su trabajo: “Hay mucha gente que se dedica a esto y si tú acaparas muchos trabajos en un año, tienes que saber que los habrá que no tendrán”.

A pesar de haber participado en musicales como Mar i cel y Maremar, este no es el género que le gusta más. Prefiere “la pulsión” de Manrique que provoca que “música, texto y movimiento” se acerquen, vayan de la mano. “La música está ahí, en sus obras”, dice. Por eso, en lugar de aspirar a ponerse en la piel de Velma Kelly o de Roxie Hart (las protagonistas de Chicago), lo que querría es revisitar Hedda Gabler o trabajar con Jordi Oriol, que “está muy conectado con la belleza de las cosas”.

“No es que vaya sin timón, sino que cojo los caminos que me encuentro”, asegura Tarrats. La pandemia ha hecho que aplace el lanzamiento de su tercer disco, que tendría que salir el año que viene. ¿Teatro o música? “Todo tiene que ver con lo mismo”, dice. Por ahora, descarta ponerse el sombrero de directora o dramaturga. “Creo que algún día me apetecerá, pero todavía no”, afirma.

La voluntad: Tamara Ndong

De pequeña, lo que más le gustaba a Tamara Ndong era disfrazarse. Por eso, en casa, encaminaron su formación hacia el teatro, con el bachillerato escénico en Granollers, cursos de formación en la Nancy Tuñón y, más tarde, en el Institut del Teatre. Quizás que su prima sea Vicenta Ndongo también ayudó a trazarle el camino.

Con 26 años, la trayectoria de Ndong tiene poco a ver con la de sus compañeras de generación más célebres. Ha trabajado bastante, pero en otros circuitos. Hizo Una bruixa de Barcelona con Lucrecia en el Victòria o Pell de llarinté, cua de tiré en el Temporada Alta, uno de los últimos espectáculos del añorado Moisès Maicas, a quien está muy agradecida porque fue “el primero” que le ofreció una oportunidad de verdad. Pero, por encima de todo, se ha convertido en una actriz de La Fura dels Baus. A primeros de año, estrenó Pastoral for the planet en el Grand Théâtre de Provence d'Aix-en-Provence y, en julio, en plena salida del confinamiento, estuvo en  NN en el Recinte Modernista de l'Hospital de Sant Pau.

“Con La Fura he aprendido a hacer de todo, he aprendido a ser actriz y escenografía a la vez, he podido actuar en grandes teatros de Europa y trabajar con gente impresionante”, explica Ndong. Y, especialmente, ha podido hacer de actriz sin tener que hacer de negra. “He decidido no ir a castings donde se pide explícitamente que la actriz sea negra”, asegura. Si se trata de una ficción ambientada en un tiempo antiguo, dice, sí va, porque “antes las prostitutas eran negras”, como el papel que interpreta en la serie creada alrededor de la novela de Ildefonso Falcones La catedral del mar. Si se trata de ficción contemporánea, pasa.

“¿Por qué tengo que hacer personajes negros?”, se pregunta. ¿Por qué no puede hacer de Ofelia?, añadimos nosotros. Ndong reconoce que todavía no se ha podido quitar de encima “el papel”. Pero no duda de que lo conseguirá. Quizás por eso sigue caminos perpendiculares a los tradicionales, como el teatro físico. “Me he formado y quiero ser polifacética”, señala. La Fura es una buena escuela. No obstante, no quiere abandonar el teatro de texto. “Quizás los clichés hacen que no me acabe de salir”, se lamenta.

A ella, lo que le gustaría es vestir tragedias griegas. “Me gusta mucho el drama, esos personajes esenciales que te llegan al corazón”, dice. Sabe, por desgracia, que hay lugares bastante inaccesibles para una actriz como ella, especialmente cuando los directores no son capaces de derrumbar algunas barreras mentales que hacen que los intérpretes no blancos no puedan hacer de Antígona, Electra o Clitemnestra. O, simplemente, de una chica que se enamora en una calle de Barcelona. 

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