Rosalía durante su primer concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

CRÓNICA

¡Madre mía, Rosalía!

El público aclama a la artista en el primero de sus dos conciertos en el Palau Sant Jordi

Rosalía durante su primer concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona. / MANOLO GARCÍA

Madre mía, Rosalía, con qué fe te proyectas como artista. Y qué fervor generas. "Ha sido el mejor año de mi vida y es gracias a vosotros. Os quiero mucho", dijiste el sábado en el Palau Sant Jordi, cuando el concierto entraba en la fase más caliente con Con altura. Aquí hay mucho trabajo detrás y, claro, una confianza absoluta en tu arte. Y atrevimiento, porque barajas ritmos y armonías que, bien lo sabes, no todo el mundo tiene el valor de poner en juego consiguiendo que la apariencia sea pop; porque esto no sólo va de reinterpretar tradiciones con códigos del presente, sino de crear desde el futuro con un profundo conocimiento de pasados varios. Madre mía, Rosalía, también por la cordura que demuestras, porque sabes que un concierto tiene un relato propio y que, como diría Clara Peya, experimentar por experimentar es una irresponsabilidad.

Que en el Palau Sant Jordi el sábado éramos más de 15.000 personas (y 15.000 más el domingo) predispuestas a escucharte y a admirarte, pero también a bailar y replicarte estos estribillos cubistas que en un tiempo récord has insertado en la cultura popular. Que nos tenías allí, gritando "tra-tra" al final del concierto, esperando el ritmo roto para proclamar "con altura" y pidiendo que nos “tanquin el Louvre així com el Macba”. Que tus conciertos no son de mirar, escuchar y suficiente. Bueno, que ya lo sabes, como sabes que sí, que somos conscientes de que lo que estás consiguiendo es incomparable. ¡Madre mía, Rosalía! "Gracias por todo el apoyo que recibo desde aquí, desde mi tierra", dijiste. Y el público respondió: "¡Rosalía, Rosalía, Rosalía!"

Hace ya meses que sabes cómo manejar multitudes y emociones en el escenario. Lo has hecho en la gira de festivales, y sobre todo en citas tan señaladas como el Primavera Sound. Y aun así, a pesar de saber que estás haciendo lo que quieres y como quieres, a pesar de tener el control de la situación y saberte acompañada de quien nunca te ha fallado, debe removerte mucho ver como todo un Palau Sant Jordi canta Como el agua de Camarón justo antes de que salgas al escenario, y sobre todo como estalla con una ovación cuando saludas, "¡Barcelona!", y haces sonar los primeros compases de Pienso en ti mirá. No debe ser fácil aceptar el compromiso que ello implica: no puedes decepcionar unas expectativas expresadas con tanta contundencia, y menos en casa. Estuviste a punto de llorar, ¿verdad, Rosalía?

Tu grosor artístico te lo da la estructura que has elegido para el directo y que has ido perfeccionando desde que presentaste El mal querer en Madrid hace un año. Dos discos, una veintena de temas en directo y ninguno sobra. Cantas, bailas, cantas y bailas, y respiras para no quedarte sin aire. Ya no das pie ni a la más tímida de las indulgencias: ahora dominas de principio a final. Mandas porque tienes que mandar, porque, como decía Rubén Blades por boca de Héctor Lavoe, estás aquí para dedicarnos los mejores pregones.

El sábado empezaste luciendote en el cuerpo de baile de Pienso en tu mirá, la coreografía de la tribu de las rosas que es toda desafío, sororidad y poder; como la de De madrugá, que las siete bailaís con la intensidad de una liturgia antigua.

Con A palé, antes de decir que estabas "muy contenta" de estar en tu ciudad, nos enseñaste cómo se aprovecha una escenografía, proyectando contenedores en la pantalla, nada más. Esto también es saber administrar los recursos. Por cierto, muy bien tirado esto de empezar el show proyectando tu nombre escrito en muchas tipografías diferentes: que no eres de una sola estética sino el fruto de muchas estéticas diferentes, y todas son Rosalía.

Nos acunaste con una Barefoot in the park que defiendes sola, diva de paisajes melancólicos, dando pausa a las bailarinas y a ti misma. Y de pronto nos tenías siguiendo el loop de la guitarra por bulería de Que no salga la luna y manteniendo el ritmo del fandango en Maldición, durante la cual agradeciste a Chiqui de la Línea, tu maestro de canto flamenco, todo lo que te ha enseñando. Rosalía, que para ti el flamenco es como el soul para Beyoncé: el contexto que te alimentarà hasta el final de los días. "El flamenco me gusta más que la pizza", dijiste. ¿Notaste el silencio del Sant Jordi cuando lamentabas a cappella la suerte de Catalina? ¿Y la liberación del grito cuando la terminaste? Aquí te gustas, y te permites viajar a otra dimensión cantando lo que Manuel Vallejo cantaba por tangos hace casi un siglo, y luego recuerdas todo lo que significa Enrique Morente despegando el vibrato en Aunque es de noche: como subes el nivel, Rosalía, que haces que El Guincho se sienta organista de una catedral digital. Y como te acompañan toda la noche Los Makarines y Anna Colom y Claudia La Chispa Gómez.

Sigue funcionando colocar a Las Grecas como bisagra entre la parte más flamenca y las palabras mayores de El mal querer, las de Di mi nombre, De aquí no sales y Bagdad, dolor y gloria en la oscuridad de los amores tóxicos. Cuando tocaste en el Primavera Sound aún no habías estrenado Milionària, y ahora ya la tienes entre las preferidas del público y es imprescindible para rebajar el drama y abrir el grifo de la alegría con que después vas salpicando el último tercio del concierto. Te diviertes con Brillo, que cantas con gafas oscuras y la pose chulesca propia de J Balvin, y con Como Ali. Y entonces tiras del hilo con Lo presiento, buscando una sensualidad que anticipe el reggaeton de Yo x ti, tú x mí, que El Guincho hace sonar más duro, Con altura. Aquí, claro, ya no hay marcha atrás. Cantas A ningún hombre, haces maravillas con Aute cuture, como si saludaras a J-LO, y acabas una hora y veinte de concierto con Malamente, tan arriba que no hay que alargar lo que ya funciona así. ¡Madre mía, Rosalía!

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