OPINIÓ

Insistiendo en la nostalgia

Las elecciones del Barça entran en el estadio definitivo. Si bien está por ver que los indicadores de la pandemia permitan poner las urnas para que el club pueda tener por fin un gobierno, la batalla de las firmas ha reforzado el papel de favorito de Joan Laporta. La demostración de fuerza del ex mandatario (2003-2010) es incuestionable. Ha presentado 8.000 avales más de los que hacían falta para pasar el corte y dobla en apoyo a su principal rival, Víctor Font, con quien seguramente se pondría de acuerdo en la mayoría de los puntos de un hipotético programa conjunto.

Esta es una de las particularidades de este proceso. Laporta y Font, favorito y alternativa, comparten discurso en muchos sentidos. Los dos se declaran independentistas, cruyffistas sin cláusulas, no intervencionistas en la parcela deportiva y 100% críticos con la deriva que ha sufrido el Barça en los últimos diez años, víctima primero del cariz revanchista del mandato de Rosell y después del gobierno errático y falto de liderazgo de Bartomeu.

A falta de grandes diferencias, y descartada desde hace tiempo una suma de fuerzas que habría sido imbatible, los dos aspirantes entran en la fase final después de unas semanas de precampaña que han sido más suaves de lo que indica el pulso en las redes sociales. Twitter es un termómetro clave para entender hoy el entorno culé, además de un canal sin el cual el voto de censura contra Bartomeu no habría prosperado. Pero tiene una tendencia polarizadora que se impone incluso en escenarios como el actual, en el que el debate entre las dos vías que más adeptos tienen a las puertas de la votación es más ruidoso que sustancial.

Los laportistas hacen mofa porque Xavi y Jordi Cruyff –dos figuras que no les generan dudas– no se han tatuat el logotipo de Sí al Futur a pesar de salir en los organigramas de Font. Y los fontistas critican a Laporta porque lo fía casi todo a un carisma que seguro que ellos también han aplaudido.

Ahora bien, el mejor ejemplo de esta discusión (todavía) vacía es el uso de la palabra nostalgia. Font, que va por detrás en intención de voto, la usa con cierto tono peyorativo, pero con el legítimo objetivo de desmarcarse de su oponente. Y Laporta, a través de su entorno (porque él por ahora no confronta), la interpreta como una ofensa cuando, en el fondo, significa que el Barça iba bien y era un motor de orgullo cuando él –y parte de la que sería su junta– lo gobernaban. ¿Qué problema hay en reconocer que muchos votantes le harán confianza porque tienen nostalgia de unos tiempos que, con él de presidente, eran mejores? Espero que la campaña lleve el debate hacia terrenos más provechosos. Hay más punta para sacar en temas capitales para el futuro del club.

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