FUTBOL

Muere Paolo Rossi, el hombre que tocó el cielo e hizo llorar a millones de personas en Sarrià

Máximo goleador del Mundial del 1982, el toscano simboliza toda una época en Italia

Paolo Rossi levantando la Copa del Mundo en España 82

Paolo Rossi no era un hombre atractivo. Tampoco era feo, pero ningún italiano ha roto tantos corazones como él. En Barcelona hablar de Rossi todavía es recordar a adultos llorando. El 5 de julio de 1982 tres goles suyos permitieron a Italia derrotar a Brasil en el viejo estadio de Sarrià, donde centenares de catalanes intentaban imitar el ritmo de los forofos brasileños. Esa selección brasileña simbolizaba el fútbol más bonito. Nadie dudaba de que además de jugar bien ganarían el Mundial con hombres como Sócrates y Zico. Pero Italia los derrotó con tres goles de Rossi, ese delantero un poco desgarbado y con cara de pasar hambre. Y millones de personas, por todo el continente, lloraron.

Paolo Rossi ha muerto a los 64 años y ahora quien llora es todo el mundo del fútbol. También en Brasil, donde se ha producido ese extraño fenómeno de acabar simpatizando con el verdugo, ya que te recuerda viejas batallas. Hacía años que sufría una enfermedad y ha muerto en el Hospital de Siena, en su Toscana natal. Su palmarés es brillante, a pesar de que también protagonizó escándalos. Unos cuantos, aunque los goles siempre pesaron más. Pablito, como era conocido, había nacido para gritar  gol. Con ese empuje de quien no es el más rápido ni el más fuerte ni el más técnico pero tiene más corazón que los demás. Un espíritu competitivo muy toscano, esta tierra donde existen competiciones centenarias entre los barrios de las grandes ciudades en las que no se acepta perder. Como decía Curzio Malaparte, el toscano puede llegar a ser poco deseable, siempre irónico, siempre competitivo. Y Rossi, como Malaparte, había nacido en Prato, una ciudad industrial a pocos kilómetros de Florencia.

Rossi era hijo de los campos de fútbol de los oratorios, la gran escuela deportiva italiana durante décadas. "Ahora los niños ya no juegan en la calle, ya no juegan detrás del  oratorio", se quejaba él mismo no hace tanto. Los primeros goles se hacían en el patio de atrás de la iglesia, manchando los muros sagrados a golpes de pelota, asustando a abuelos y abuelas vestidos de negro con sus gritos. Rossi era hijo del fútbol de calle, en un pequeño barrio más agrícola que industrial de Prato, donde su padre ya había sido un buen futbolista en un equipo denominado Santa Lucia. Y él acabó destacando tanto que lo fichó el Cattolica Virtus de Florencia. Siempre el peso de la Iglesia, que quería controlar a los jóvenes, por el miedo de que se volvieran comunistas en esa Italia dividida.

Rossi fue fichado de joven por la Juve en contra de la oposición familiar, puesto que su hermano mayor ya había sido reclutado por la Juve pero lo habían mandado de vuelta a casa con el corazón roto. Paolo pudo debutar con 16 años con la Juve, pero entre las lesiones y el peso de los veteranos acabó convertido en moneda de cambio en un fútbol cada vez más agresivo en los despachos. La Juve lo mandó al Lanerossi Vicenza, un club de Segunda, con un contrato compartido. Fue todo un éxito. El primer año ya fue máximo goleador en Segunda y el equipo consiguió el ascenso. Y la segunda temporada, la 1977/78, el modesto Vicenza acabó segundo de Primera, compitiendo hasta el final por el título con la Juve. Rossi marcó los dos goles en la derrota 3-2 contra la Juve en la que se decidió el torneo, acabó como máximo goleador de la Serie A por primera vez y se ganó un lugar en la lista de Enzo Bearzot para el Mundial de Argentina. Ese mismo año, Juve y Vicenza acabaron en los juzgados enfrentados por Rossi. Al final, el Vicenza sacó dinero de debajo de las piedras para pagar la cifra más alta de la historia entonces por un futbolista. Farina, presidente del club, afirmó que "Rossi es la Gioconda del fútbol". Rossi se quedaría en el club del Véneto, pero se lesionó de gravedad y el equipo bajó.

El caso Totonero y la caída a los infiernos

Rossi se iría al Perusa, que entonces tenía buen equipo, donde volvería a ser máximo goleador de la Serie A. Otra vez con cierto escándalo, puesto que para pagar su fichaje este club fue el primero de la historia en Italia en llevar publicidad en las camisetas. Pero el escándalo más grande llegaría la temporada 1979/80, cuando al final de una jornada liguera centenares de policías detuvieron a futbolistas en los estadios, acusados de pactar resultados en una red ilegal de apuestas. Rossi, detenido después de marcar dos goles en un Avellino-Perusa, sería uno de los futbolistas condenados a dos años sin poder jugar. Rossi aceptó haber pactado el resultado del partido, pero aseguró que pensaba que los pactos entre directivas eran habituales cuando repartirse un punto para cada equipo les iba bien a los dos. Siempre defendió que no sabía nada de las apuestas, pero admitió que se pactaban resultados, como siempre se había hecho. Ese caso llevó ante un juez a grandes futbolistas, mandó a Segunda al Lazio y al Milan. El caso Totonero sacudió a todo un país, que vio en directo por televisión en el programa de los resúmenes deportivos, la Domenica Sportiva, cómo Rossi entraba en una comisaría.

Rossi jugaría brevemente en los Estados Unidos, sancionado como estaba en casa, y a pesar de que se planteó abandonar el fútbol con 26 años, la Juve lo fichó para cuando pudiera volver a los terrenos de juego. La Juve siempre veía negocios donde otros veían problemas. Y la apuesta le salió bien. En abril de 1982 la federación levantó el castigo a los jugadores condenados por el escándalo y Rossi pudo volver a los terrenos de juego con la Juve a tiempo para hacerse un lugar en la lista de Bearzot para el Mundial de España. La gente estaba en contra. Rossi parecía salido de un campo de prisioneros, más delgado que nunca. Parecía triste. 

Los goles de Pablito

En Italia lo conocían como Pablito, tal como lo había bautizado un periodista de Vicenza por sus goles en el Mundial de 1978, en Argentina. Así, en castellano, sin imaginar que cuatro años más tarde sería el máximo goleador del Mundial de España en la gran historia de redención. La prensa no lo quería en el Mundial. Por falta de ritmo, por corrupto. Y la primera fase de los italianos fue un desastre, con empates contra Polonia, Perú y Camerún. La redención llegaría en Sarrià, cuando Rossi empezó a marcar goles. Tres contra Brasil, en el partido de su vida. Dos en las semifinales del Camp Nou contra Polonia y un sexto en la final contra los alemanes en Madrid. Con seis goles fue el máximo goleador de un Mundial que levantó la moral de una Italia afectada por la violencia política. Sandro Pertini, el primer ministro italiano, acabó jugando a las cartas con Dino Zoff, el portero de la selección, y Rossi en el vuelo de vuelta a Roma. Justo cuando el fútbol italiano parecía más hundido que nunca, había salido del purgatorio con los goles de Pablito.

Rossi jugaría hasta el 1985 en la Juve, con la cual ganaría una liga, una Copa, una Copa de Europa, una Recopa y una Supercopa. Seria titular en la final de la Copa de Europa de Heysel, cuando la Juve por fin se coronó campeona en un día triste en el que más de 30 forofos italianos perdieron la vida en un alud humano huyendo de los hooligans del Liverpool. En 1985 jugó en el Milan, pero ya sin ritmo, no funcionó y se retiró al Verona, donde marcó goles hasta el 1987, cuando se retiró definitivamente. A diferencia de otros jugadores, no quiso entrenar. Como si prefiriera vivir en el pasado, en ese día de verano de Barcelona en el que tocó el cielo con tres goles de pícaro. Ninguno de ellos especialmente bonito. Pero con esos ojos tan vivos siempre supo dónde había que estar para poder marcar. Para poder gritar con la misma cara con la que lo hacía cuando marcaba goles contra una iglesia en Prato, de pequeño.

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