BARÇA

¿Por qué el Barça y el Madrid han dejado de dominar la Liga?

El torneo se olvida de los dos clubes y premia la solidez de proyectos como los de la Real y el Atlético

Real Sociedad, Atlético de Madrid y Vila-real. Los tres primeros lugares de la clasificación de la Liga son una reivindicación sincera del fútbol español. El campeonato estatal más potente del planeta fútbol ya no es una marca registrada que se reparten Barça y Real Madrid. Los timings de la pandemia de coronavirus han exagerado las carencias de los dos transatlánticos, distraídos, cada vez más volátiles. La fugacidad de las tardes de portadas de diario se impone a la regularidad que asegura rendimiento. Las comparaciones con la fiabilidad del Cholo Simeone, con solo dos goles encajados, o la propuesta combinativa de Imanol Alguacil en Anoeta son irritantes por el techo de expectativas.

El leitmotiv es el mismo. El Barça sufre desde la novedad. La llegada de Ronald Koeman ha supuesto un cambio en la concepción del juego colectivo, el once, la política de rotaciones y el filtraje de quién suma o quién forma el fondo de armario. La evolución es lenta. El equipo, maltratado por las lesiones, sigue esperando la oleada definitiva que lo acerque a su versión tipo. De momento hay casos aislados, como el del domingo contra Osasuna (4-0). El proyecto se juega su credibilidad en las próximas semanas por el balance de 4 victorias en 9 partidos ligueros. El sistema de jornada a jornada es prioritario, y más si se acepta (como así es) que los azulgranas no están en el grupo de favoritos para ganar la Champions.

Las plasticidades, aparcadas

El resultadismo es el primer paso, más o menos brillante. El Barça ha aparcado las plasticidades del ADN porque no tiene alternativa. Tiene que limitarse a intentar que la balanza entre errores y aciertos salga positiva. Falta fiabilidad en el gol y no tiene a ningún futbolista en el top-10 de finalizadores del torneo estatal. Ansu Fati es su primer representante, y estará de baja prácticamente lo que queda de temporada. El siguiente es Leo Messi, el vigesimosegundo, con tres dianas. En el apartado de creación se repite el diagnóstico: Jordi Alba es el azulgrana que más pasadas finales ha completado, tres, una más que Sergi Roberto. Que dos defensas se dediquen a asegurar la efectividad de la línea ofensiva es un toque de atención al medio del campo, que tiene que ganar más peso en el modelo del doble pívot y cuatro jugadores con libertad de movimientos ante la portería rival.

La solución la tienen los futbolistas, porque Koeman no cambiará de premisas. El inmovilismo es compartido. Parece que Zinedine Zidane también vive con una única carta. El Madrid mantiene la esencia que lo hizo campeón de la Champions a pesar de las obviedades de la plantilla. "Es más difícil ganar una Liga que una Champions. Siempre lo he dicho. No cambia nada. Lo he dicho de toda la vida", decía el entrenador francés en rueda de prensa en 2018, dando valor a los resultados históricos del eterno rival. Los registros de esta edición del torneo parecen darle la razón. Los blancos han pasado de recuperar el trono estatal en verano a acercarse a la reestructuración sin convicción. Acumulan las mismas derrotas que el año pasado (3) contra equipos de menos entidad (Cádiz, el actual Valencia y Alabès), firman el peor registro de goles encajados de la era Zidane y el más discreto en tareas atacantes desde el 2009. El once de gala se ha perdido. La distancia entre la condición de líder de Eden Hazard y los roles residuales de Isco Alarcón y Nacho Fernández es cada vez más pequeña. Los cromos se repiten a la baja. Sintomático.

La diferencia de realidades

La diferencia con el Camp Nou es el contexto. Los blancos asumen que la plantilla se ha debilitado. Florentino Pérez ha priorizado la remodelación del Santiago Bernabéu y el mercado de fichajes del 2021 para dar un golpe sobre la mesa. Será una de las ventanas que marcarán la próxima década de la élite, con Kylian Mbappé, Erling Haaland y Eduardo Camavinga jugando a falsos agentes libres. El Madrid espera su oportunidad porque tendrá espacio salarial y posiciones que pedirán un primera espada. Que haya que sacrificar a Zidane por los males resultados de este curso parece un mal menor. El Barça ni tiene ni tendrá este lujo por muchas promesas electorales que hagan los precandidatos a la presidencia de la institución con el fantasma de Neymar.

Su hipoteca económica a raíz de las apuestas por Dembélé, Coutinho y por números Antoine Griezmann (con Frenkie De Jong agotando el beneficio de la duda por el proceso de adaptación) ahoga los movimientos deportivos. Han sido más de 400 millones que no han generado un retorno real y que difícilmente se amortizarán. Recuperarlos es una empresa imposible con las nuevas normas de la era coronavirus. Gastar por gastar ahora es una temeridad. El Barça no puede luchar para convencer a cracs y tiene que hacer malabares para confeccionar la cuota de suplentes: darle confianza sí o sí a Carles Aleñá, ficha de primer equipo a Riqui Puig a pesar de que no tendrá minutos, mantener a Junior Firpo porque no hay oferta y demanda, y hacer buena la opción de Martin Braithwaite. No tiene más y la Liga no espera. Es la nueva ley del fútbol estatal. Ni la omnipresencia de Leo Messi puede mantener las opciones al título durante el tramo caliente de la segunda vuelta.